Soy un convencido y firme defensor de los mal llamados «libros de autoayuda». Algunas personas los menosprecian o se burlan alegando que no sirven para nada. Curiosamente, opinan y juzgan sin conocer este tipo de literatura.
Yo los denomino libros de Superación Personal, porque efectivamente ayudan a sacar lo mejor de las personas. Leyéndolos atentamente y poniendo en práctica sus consejos, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro potencial.
No obstante, en varias ocasiones, nos encontramos con que aún esforzándonos en hacer lo que nos plantean, no conseguimos los resultados esperados.
También sin leer ningún tipo de libro, sucede que cuando nos proponemos alcanzar una meta incluso haciendo un plan detallado para llegar a ella, no lo conseguimos.
Creo que esto se debe a que no podemos mantener la energía necesaria para manifestar, crear o alcanzar lo que queremos cuando no estamos preparados. ¿Y qué es estar «preparados»?
De pequeños desarrollamos muchas capacidades en muy poco tiempo. Solemos atribuirlo a que el ordenador de nuestro cuerpo, el cerebro, es mucho más activo en nuestra infancia, a que en esa época de nuestra vida absorbe y procesa mucha más información, y es cierto. Pero, además, cuando éramos pequeños estábamos preparados porque aceptábamos las cosas tal cual son, y no estábamos pre-ocupados por si nos equivocábamos, no teníamos prejuicios ni esquemas mentales limitantes.
Queríamos aprender y desarrollarnos. Aún no había dado tiempo para que circunstancias protagonizadas principalmente por personas adultas nos empezaran a grabar límites en nuestros esquemas mentales, límites sobre lo que «podemos» o no hacer, con prejuicios, con críticas, con manipulaciones, y otras muchas cuestiones. Antes de todo eso, antes de que nos minaran, aprendíamos cualquier cosa fácilmente: a caminar sin importar las veces que nos cayéramos, a hablar sin importarnos si pronunciábamos bien o si nuestra gramática era correcta, etc.
No es que tuviéramos fe, es que simplemente no cuestionábamos nada y no teníamos esquemas mentales negativos subyacentes, y aún éramos demasiado jóvenes como para sentir rencor, odio hacia los demás o incluso hacia nosotros mismos. Por eso, estábamos preparados para conseguir lo que quisiéramos, para desarrollarnos, para adquirir dones, porque estábamos limpios en todos los sentidos y no llevábamos pesadas cargas como el rencor, la culpa o prejucios de cómo deben ser las cosas.
Por eso, aprendíamos, hacíamos cualquier cosa y perseverábamos sin miedos y por tanto, con éxito. No contemplabas si te equivocabas o hacías el ridículo. Sólo tenías un objetivo y lo perseguías. De un modo puro y alegre. Como lo hacen los niños.
Debemos por tanto limpiar el inconsciente, dejarlo como el de los niños. Purificar mente, corazón y espíritu. Porque ahí están los bloqueos. Ahí está todo aquello que nos impide alcanzar nuestro potencial, ser lo que somos en realidad.
Existe una técnica extraordinaria que nos puede ayudar en este cometido: el Ho’ oponopono.





































ÚLTIMOS COMENTARIOS