La biblioteca se quedó sin luz a las siete y veinte de la tarde.
No fue un apagón limpio, de esos que caen de golpe y dejan una oscuridad perfecta. Primero parpadearon los fluorescentes, luego tembló la lámpara verde de la mesa central, después se apagaron los ordenadores como si suspirasen. Durante unos segundos todavía quedó una claridad gris en los ventanales, pero la lluvia la fue borrando lentamente.
Afuera, la procesión seguía avanzando. Aquello era lo extraño. Era miércoles, no festivo todavía, y por eso la biblioteca municipal seguía abierta aunque la ciudad ya pareciera haber entregado la tarde a la procesión.
Llovía con terquedad. El agua bajaba por la calle como si se hubiera abierto una compuerta en lo alto del pueblo. Los paraguas se doblaban, los cirios se apagaban y volvían a encenderse bajo manos obstinadas, y aun así la gente permanecía allí, quieta o caminando, formando una presencia compacta alrededor del Cristo con la cruz a cuestas, cubierto por un plástico transparente que la lluvia golpeaba sin piedad. No parecía devoción, o no solo devoción, parecía una forma de no rendirse.
Dioni estaba junto a la sección de poesía cuando se fue la luz. Había entrado para refugiarse de la tormenta, aunque eso no era del todo cierto: buscaba algo parecido a estar en un sitio tranquilo, pero acompañado.
Llevaba bastante tiempo con una tristeza sutil, un vacío interior que le iba drenando poco a poco su alegría natural. No era una desgracia, ni siquiera un drama, era la sensación de que la vida había pasado por delante de él con los bolsillos llenos de promesas que nunca llegaron a cumplirse.
Había querido una mujer buena. No perfecta, buena. Una mujer a la que amar sin traicionarse, con la que quizás formar una familia, tener hijos, discutir por tonterías y envejecer sin sentir que todo era una concesión. Pero los años habían seguido su camino, a veces amables, a veces crueles, siempre inexorables, y él seguía allí: entero por fuera, no tanto por dentro.
Entonces la vio.

Ariadna estaba sentada junto al ventanal, con un libro cerrado entre las manos. No leía, miraba la procesión como quien mira algo que no acaba de comprender.
Tenía el pelo algo revuelto por la humedad y una elegancia que no era evidente, de mujer que no necesita esforzarse para llamar la atención y, sin embargo, parece harta de haberla llamado de la manera equivocada. No era tristeza lo que había en su rostro, o no solo tristeza. Tal vez era defensa afinada con los años.
Cuando se fue la luz, alguien murmuró una queja. La bibliotecaria pidió calma, un niño se rio. En la calle, un tambor siguió marcando el paso bajo la lluvia.
Ariadna giró la cabeza y miró a Dioni, quizás porque él era el único que no había sacado el móvil.
—Pareces tranquilo —dijo ella.
—Tal vez sea porque todavía no he entendido la gravedad de la situación.
—La gente interesante suele decir cosas así antes de decepcionar.
Dioni hizo una breve mueca que apenas dibujaba una sonrisa.
—Entonces procuraré decepcionar con elegancia.
Ariadna lo miró por un segundo. No era una mirada ingenua, era una mirada que sabía encontrar grietas.
—Eso también lo dicen mucho los hombres que quieren parecer inofensivos.
—No soy inofensivo.
—Ah…
—Pero tampoco estoy de caza.
Ella bajó la vista al libro, como si hubiera encontrado una errata.
—Qué frase tan cuidadosamente construida.
—Me ha salido sin pensar.
—Peor todavía.
La bibliotecaria apareció con unas velas pequeñas y una linterna. Las fue dejando sobre las mesas. La llama de la vela más cercana a Ariadna tembló al nacer, luego se quedó firme, rodeada por un círculo pequeño aunque cálido de luz.
Dioni no se acercó del todo. Se quedó a una distancia que permitía hablar sin invadir. Ariadna pareció notarlo.
—¿Siempre calculas así las distancias?
—Solo cuando no conozco la casa.
—Esto es una biblioteca.
—Por eso mismo.

Ella soltó una risa breve. No fue abierta, pero tampoco falsa.
Fuera, la procesión se detuvo ante la fachada. El Cristo, cubierto por un plástico transparente que la lluvia golpeaba sin piedad, parecía avanzar y no avanzar al mismo tiempo. Los hombres que cargaban el paso tenían los hombros vencidos, pero nadie lo dejó en el suelo. La banda, empapada, tocó una marcha lenta que sonó como si viniera de otra época.
La biblioteca, sin luz, llena de desconocidos que fingían no mirar por los cristales, se volvió un lugar aún más tranquilo de lo habitual. Afuera, la lluvia se había hecho aún más protagonista, y se podía ver a una mujer que intentaba proteger con su cuerpo la llama de uno de los cirios, pero la lluvia se la apagaba una y otra vez. Volvía a encenderlo, y volvía a perderlo. Ariadna la observó divertida aunque con cierto cansancio.
—Hay gente que no sabe retirarse —dijo Ariadna.
—También hay gente que se retira demasiado pronto.
—Eso suena a experiencia.
—A edad.
—No pareces tan mayor.
—Lo bastante para saber que uno puede llegar tarde incluso antes de que sea tarde.
Ariadna dejó el libro sobre la mesa.
—Eso sí ha sido bueno.
—Me alegra haber superado una prueba.
—No te confíes. Solo era la primera.
Dioni se apoyó en el respaldo de una silla cercana.
—¿Siempre examinas a los desconocidos?
—Solo a los que se acercan sin decir para qué.
—Me he acercado porque se fue la luz.
—Eso es mentira.
Él no respondió enseguida. Ella ladeó la cabeza, satisfecha por haberlo atrapado.
—¿Ves? No era tan difícil.
—No —admitió Dioni—. Me he acercado porque parecía que mirabas la procesión como si estuvieras viendo algo que te molestaba reconocer.
Ariadna perdió un poco la sonrisa. Solo un poco.
—Qué peligro tienen los hombres sensibles.
—Menos que los hombres seguros de sí mismos.
—No estés tan seguro.
—No lo estoy.
Aquella respuesta la dejó sin un lugar claro desde el que atacar. Ariadna conocía bien a los hombres que confundían atención con hambre, y también a los que hablaban de respeto sin tenerlo. Dioni, en cambio, parecía tener deseo, tal vez, pero no prisa. Eso era más difícil de manejar.
—¿Estás casado? —preguntó ella.
—No.
—¿Separado?
—Tampoco.
—Qué raro.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo he recibido como he podido.
Ella sonrió otra vez. Esta vez, de forma más auténtica.
—¿Y tú? —preguntó él.
Ariadna miró la vela.
—Yo estuve muchos años con un hombre muy constante.
—¿Constante?
—Me fue infiel varias veces. Hay que reconocerle la perseverancia.
Dioni no respondió. Ella alzó los ojos, preparada para detectar compasión, sorpresa o ese falso interés con el que algunas personas intentan quedarse con el dolor ajeno en una conversación.
Pero él solo la miraba.
—No vas a decir “lo siento”? —preguntó ella.
—No sé si lo quieres oír.
Ariadna se quedó quieta.
La lluvia golpeó los cristales con más fuerza.
—No —dijo al fin—. No lo quiero oír.
—Entonces no.
No hubo consuelo. Y por eso fue un instante más auténtico.
Ariadna pasó un dedo por el borde del libro.
—Al final me dejó por otra mujer. Supongo que ella sí supo ganar.
—O quizás aceptó un «premio» que ya no podías perder.
Ella lo miró con ironía.
—Eso casi parece amable.
—No era casi.
Un trueno apagó durante un instante la marcha de la procesión. Algunas personas se acercaron más a los ventanales. Un anciano se santiguó. Un adolescente grababa con el móvil y reía hasta que su madre le tocó el brazo para que dejara de grabar.
Ariadna observó la escena.
—Míralos. Empapados. Aferrados a un símbolo que ni siquiera puede protegerse de la lluvia.
—Quizás no esperan que los proteja.
—¿Y entonces?
—Quizás solo lo acompañan.
Ella no contestó.
Dioni pensó que Ariadna era una mujer atractiva, pero esa palabra le pareció insuficiente y tal vez algo vulgar. Atractiva podía serlo cualquiera a ciertas horas y con cierta luz. Ella tenía otra cosa: una manera de estar rota sin derrumbarse, de levantar la barbilla como si el mundo aún tuviera que darle explicaciones.
Tuvo ganas de acercarse más, pero no lo hizo. Ariadna lo notó.
—Tienes una forma muy medida de no hacer nada.
—¿Sí? Tal vez sea una habilidad que estoy descubriendo ahora.
—¿Y qué estás intentando evitar?
—Ser uno más.
Ariadna tragó saliva. Fue un gesto mínimo, casi invisible. Pero él lo vio.
—Eso también lo traías preparado —dijo ella.
—Sí.
—Al menos ya no mientes.
—No he mentido antes.
—Todos mentimos al principio.
—Puede ser.
—Sobre todo cuando alguien nos gusta.
La soltó como si fuera inocente, pero cambió el ambiente.
Dioni sintió una punzada de calor en el pecho, una alegría breve, casi juvenil, y detrás de ella una tristeza antigua: la de todos los caminos que no habían llevado a ningún hogar.
—Entonces habrá que tener cuidado —dijo.
Ariadna apoyó la espalda en la silla.
—¿Cuidado? Qué palabra más triste.
—A veces es una palabra limpia.
—A veces es cobardía con buena educación.
—Puede ser.
Ella lo miró con más atención.
—¿Y en tu caso?
Dioni bajó la vista. Pudo haber dicho muchas cosas: que estaba cansado de llegar tarde… que deseaba encontrar a alguien y temía conformarse por hambre… que le habría gustado sentarse frente a ella durante horas y descubrir si su dureza era una muralla o solo un abrigo… Pero dijo menos.
—En mi caso es una manera de no aprovecharme de las circunstancias.
Ariadna no respondió.
La procesión comenzó a moverse de nuevo muy despacio, como si cada paso costara un precio que nadie había pactado. La lluvia seguía cayendo, terca, intensa, casi bíblica, y, sin embargo la gente permanecía allí. Algunos miraban desde los portales, otros caminaban con los zapatos llenos de agua. Una niña sostenía un cirio apagado como si siguiera ardiendo.
Ariadna se levantó y fue hasta el ventanal. Dioni se quedó donde estaba. Ella habló de espaldas.
—Yo no estoy rota.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
—He pensado que te han hecho daño.
—A todo el mundo le hacen daño.
—No todo el mundo aprende a defenderse tan bien.
Ariadna giró el rostro hacia él.
—¿Y tú? ¿De qué te defiendes?
Dioni miró la procesión. La pregunta era justa, demasiado justa.
—De la posibilidad de haber esperado tanto que ya no sepa reconocer lo que buscaba.
Ariadna no dijo nada. Fue una de esas pausas en las que algo podría empezar, o terminar, o no llegar a ninguna parte.
La luz volvió de golpe.
Los fluorescentes parpadearon, los ordenadores reiniciaron, alguien aplaudió, un niño protestó porque prefería las velas, la bibliotecaria empezó a recogerlas, una a una, como quien deshace un hechizo antes de que cause problemas.
Ariadna regresó a la mesa y cerró el libro, aunque ya estaba cerrado.
—Supongo que ahora cada uno vuelve a su vida —dijo.
—Eso parece.
—Qué poca épica.
Dioni miró hacia la calle. La procesión seguía allí, empapada y solemne, avanzando bajo una lluvia que no pensaba conceder nada.
—No estés tan segura.
Ariadna tomó su bolso.
—¿Vas a acompañarme hasta la puerta?
—Sí.
Caminaron juntos entre las mesas. No se tocaron. No hacía falta y, quizás, tampoco convenía. Al pasar junto al mostrador, la bibliotecaria les deseó buenas noches con una voz que sonó demasiado normal para todo lo que había ocurrido.
En la entrada, la lluvia era una cortina espesa. Ariadna abrió su paraguas. Era negro, pequeño, insuficiente.
—No cabemos los dos —dijo.
—No.
—Podríamos intentarlo.
—Podríamos.
Ella esperó. Dioni también.
La procesión doblaba la esquina. Los tambores se alejaban poco a poco, pero dejaban en el aire una vibración obstinada. Ariadna tenía una gota de lluvia en la mejilla, aunque aún no había salido.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
Dioni la miró…
Esa era la frase.
La frase donde la historia pedía una respuesta hermosa. Una de esas respuestas que justifican todo lo anterior y hacen que el lector crea que la vida, a veces, sabe componer sus escenas.
Pude haberle hecho decir:
“Ahora abres tú.”
O incluso:
“Ahora espero al otro lado, si quieres salir.”
Pero no. Eso no ocurrió así.
No sé si Ariadna preguntó “¿y ahora qué?”. Tal vez lo pregunté yo muchos meses después, sentado ante una página en blanco, intentando dar forma a una mujer que apenas conocí y que, sin embargo, se quedó conmigo de un modo extraño.
La biblioteca sí existió. La lluvia también. La procesión siguió adelante contra todo sentido común, y aún recuerdo aquella niña con el cirio apagado. Recuerdo el olor de los libros, el golpe de los tambores, la luz volviendo de pronto con su torpeza eléctrica.
Recuerdo a Ariadna. Pero no estoy seguro de si se llamaba así.
Ese nombre se lo di yo porque ningún otro me parecía capaz de sostenerla sin cerrarla del todo. Su nombre verdadero… lo oí una vez, o dos… ¿Rocío, tal vez? No sé si la lluvia me lo devolvió o si lo inventó por mí. La certeza la perdí como se pierden algunas cosas importantes: no por descuido, sino porque llegan antes de que uno sepa que debe guardarlas.
Hablamos, sí, pero… no tanto como he escrito.
Ella dijo algo sobre los hombres tranquilos. Yo dije alguna cosa que probablemente fue menos hábil de lo que me gustaría recordar. Me contó, o quizás dejó entrever, que un hombre la había engañado durante años y luego la había cambiado por otra mujer con la naturalidad cruel de quien cambia de habitación. Yo le conté, o quizás solo pensé contárselo, que llevaba demasiado tiempo deseando un hogar que no existía.
No hubo una gran escena. No hubo beso. No hubo promesa.
Creo que compartimos el umbral de la biblioteca durante unos segundos. Creo que ella abrió un paraguas negro. Creo que yo estuve a punto de ofrecerle el mío, pero no lo hice porque hubiera sonado a principio, y ninguno de los dos parecía tener fuerzas para fingir principios.
O quizás sí se lo ofrecí. No lo recuerdo bien… No lo sé.
La memoria también escribe, y lo hace sin pedir permiso.
Lo que sí recuerdo es que, antes de marcharse, me miró como si hubiera visto en mí algo que no le servía para defenderse. No sé si eso le gustó o le molestó. Tal vez ambas cosas. Luego salió a la lluvia y se mezcló con la gente que volvía de la procesión.
Durante un instante quise seguirla. Pero no lo hice…
En aquel momento me pareció respeto, hoy no estoy tan seguro. A veces la delicadeza se parece demasiado al miedo cuando uno la mira desde lejos.
Pero quiero creer que hubo algo limpio, tal vez puro, en no perseguirla. Algo torpe, quizás, pero limpio. Ella ya había conocido hombres que entraban por cualquier grieta, y yo no quería ser otro. Tampoco quería ser su salvador, ni su juez, ni el hombre sensible que transforma la herida de una mujer en una oportunidad para sentirse necesario.
Quería verla. Solo eso. Y quizás no supe hacerlo.
Por eso escribo esta escena y la corrijo una y otra vez. Le pongo velas donde tal vez solo hubo linternas, le doy frases mejores o más elaboradas que las originales. Ordeno la lluvia, la procesión, el apagón, como si la vida hubiera tenido entonces una arquitectura precisa.
Pero al llegar a la puerta, siempre me detengo…
Ahí no puedo inventarla.
No puedo escribir que se giró para mirarme. No puedo escribir que sonrió. No puedo escribir que me esperó. No puedo escribir que abrió algo dentro de sí y que yo, noble y exacto, supe quedarme a la distancia justa.
Sería bonito. Pero no contaría verdad.
Ojalá hubiera podido conocerte más, Ariadna.
Ojalá supiera quién eras cuando no estabas defendiéndote, qué música ponías al llegar a casa, a quién llamabas cuando no querías admitir que necesitabas hablar, si sonreiste pensando en mí al cruzar la esquina o si olvidaste mi cara antes de cerrar el paraguas.
Solo tengo una biblioteca sin apenas luz, una procesión bajo la lluvia y la sospecha de que, durante unos minutos, dos desconocidos dejaron de actuar del todo.
Y tal vez la única forma decente de quererte en esta historia sea dejar de imaginarte…
Historia original de Javier Martín.


Encendió una cerilla. La llama apareció pequeña, viva, casi tímida. Bianca la sostuvo cerca de la mecha, pero no la tocó todavía.




Cada día iban un poco más lejos. Unos días después, coronaron la cuesta que tanto le costaba recorrer hasta el final. No hubo aplausos, ni testigos, ni música. Solo él, Atlas, y el viento de la cumbre acariciándole la cara como una sutil bendición. Ese día entendió algo: la auténtica épica muchas veces ocurre sin testigos.




































