María siempre había creído que algunas personas se reconocían antes de conocerse.
No solía decirlo porque sabía cómo sonaba. Si alguien le preguntaba directamente, hablaba de afinidades, de intuición, de esa extraña familiaridad que a veces aparecía con alguien a quien acabas de conocer. Pero, en el fondo, su idea era bastante más sencilla y menos razonable: creía que había personas que llegaban a nuestra vida pero que ya habían estado antes… No sabía exactamente por qué o cómo.
Había leído mucho sobre almas gemelas, vidas pasadas y otras teorías que unas veces le parecían fascinantes y otras demasiado fáciles. Con los años había aprendido a desconfiar de quienes parecían tener respuestas para todo. Pero la sensación seguía allí. Si algún día aparecía alguien verdaderamente importante, estaba segura de que lo sabría o tendría la certeza.
A Álvaro lo conoció vaciando la casa de su madre. No era exactamente la clase de lugar donde esperaba encontrarse con nadie.
Su madre se mudaba a una casa mucho más pequeña y había decidido que no quería llevarse casi nada. Aquello había convertido el piso familiar en una sucesión de cajas abiertas, bolsas para donar, objetos cuyo destino nadie sabía decidir y discusiones absurdas acerca de vajillas que llevaban quince años sin utilizarse.
Álvaro era amigo de su cuñada y apareció un sábado por la mañana con una furgoneta.
—Me han dicho que hay que bajar media casa.
María miró detrás de él.
—¿Solo has venido tú?
—Gracias por la confianza.
—No era eso.
—Sí era eso.
No le cayó especialmente bien.
Durante la primera hora apenas hablaron. Él hacía comentarios sobre el peso incomprensible de determinadas cajas y María le decía qué podía tocar y qué no. Cuando Álvaro intentó tirar una caja llena de revistas viejas, ella casi se la arrancó de las manos.
—Eso no.
—¿Las has leído en los últimos veinte años?
—No importa.
—Perfecto. Estamos conservando objetos por motivos religiosos.
María lo miró con expresión seria. Álvaro levantó las manos.
—Las revistas se quedan.
A mediodía estaban cansados. Todavía quedaba mucho por hacer, así que su hermano pidió comida y continuaron después.
En uno de los armarios apareció un reproductor de CD que María recordaba vagamente.
—No puede funcionar —dijo.
—Eso se arregla rápido.
Álvaro lo enchufó. Funcionaba.
María encontró algunos discos en un cajón y metió el primero que vio. Durante unos segundos se oyó el mecanismo girando y después comenzó una música lenta, casi flotante.
Álvaro dejó de cerrar una caja.
—Vaya.
María reconoció la canción enseguida.
—Caribbean Blue, de Enya.
Él permaneció quieto un momento.

—Hacía muchísimo que no la escuchaba.
—¿Te gusta?
—Sí… aunque no especialmente. Parece más un vals con pretensiones de parecer moderno.
María se volvió hacia él.
—Pues has puesto una cara bastante dramática.
Álvaro sonrió.
—Es que más que gustarme… me gusta dónde me lleva.
—¿Y dónde te lleva?
—A casa de mis padres. Por las tardes. Mi madre la ponía mucho cuando yo era bastante más joven.
María tardó unos segundos en contestar.
—La mía también.
Álvaro señaló las cajas.
—Bueno, teniendo en cuenta que estamos en casa de tu madre, quizá no sea una coincidencia extraordinaria.
Ella soltó una carcajada.
—Qué manera de estropear un momento.
—Intento ser útil.
Aquello fue todo.
Sin embargo, cuando volvió a casa aquella noche, María recordó la conversación. No porque tuviera importancia, se dijo. Simplemente porque le había resultado curioso.
Volvieron a coincidir el fin de semana siguiente. Después otro.
Cuando finalmente terminaron de vaciar el piso, ya tenían la costumbre de tomar algo al acabar. Álvaro resultó ser bastante menos «insoportable» de lo que le había parecido al principio. María descubrió además que su ironía desaparecía cuando hablaban de algo importante.
Discutían a veces.
Sobre libros. Sobre educación. Sobre si las personas cambiaban realmente o simplemente aprendían a contener mejor ciertas partes de sí mismas. También sobre las coincidencias.
—Tú necesitas explicarlo todo —le dijo María una tarde.
—No todo.
—Casi todo.
—No es verdad.
—El otro día te conté que había pensado en una amiga a la que llevaba años sin ver y me la encontré dos horas después.
—Y yo dije que era curioso.
—Dijiste que era estadísticamente o… matemáticamente posible.
—También.
—Eso es justo lo que digo.
Álvaro sonrió.
—¿Qué querías que dijera?
—No sé. Algo como «el universo te la puso delante».
—¿Y si fue ella la que se puso delante?
María negó con la cabeza.
—Eres un caso perdido.
Sin embargo, había momentos en los que Álvaro decía cosas que la desconcertaban.
Una tarde María estaba intentando explicarle una sensación que había tenido de niña durante algunos veranos. Se detuvo buscando una palabra.
—Era como…
—Como echar de menos algo que no había ocurrido.
María lo miró.
Álvaro tardó un instante en darse cuenta.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Eso qué?
—Eso era exactamente lo que iba a decir.
Él se encogió de hombros.
—Pues tampoco era tan difícil.
María no contestó.
Empezaron a ocurrir pequeñas cosas parecidas. Nada extraordinario. Nada que pudiera contarse a otra persona sin que pareciera insignificante. Pensaban en la misma película. Uno mencionaba un lugar que el otro llevaba varios días pensando en visitar. Álvaro encontraba palabras para algunas sensaciones de María antes de que ella terminara de explicarlas.
Y, sobre todo, estaba aquella extraña facilidad. No tenía que proteger demasiado lo que decía cuando estaba con él.
Un día se descubrió observándolo mientras él hablaba con el camarero. Sintió algo conocido. Aquello la inquietó. No porque no le gustara. Precisamente por lo contrario. Durante años había imaginado que, si algún día sentía algo parecido, estaría segura. Y ahora que empezaba a sentirlo, no estaba segura de nada.
Pasaron algunos meses.
La madre de María tenía que someterse a una pequeña intervención. No era grave, pero María estaba nerviosa. Se lo había contado a Álvaro varias veces.
—Es el jueves —le recordó la noche anterior.
—Va a salir bien.
—Ya.
—Y tú vas a pasarte toda la noche imaginando posibilidades absurdas.
—Probablemente.
—Intenta dormir.
María sonrió.
—Sí, doctor.
A la mañana siguiente llevó a su madre al hospital. A las nueve miró el teléfono.
Nada.
A las diez y media volvió a mirarlo.
Nada.

La intervención comenzó cerca del mediodía. María permaneció en una sala esperando junto a su hermano. Cada vez que el teléfono vibraba, lo miraba. Ninguno de los mensajes era de Álvaro.
Todo salió bien.
A media tarde, cuando ya estaba tranquila y su madre dormía, Álvaro escribió.
¿Qué tal ha ido?
María observó la pantalla durante unos segundos.
Contestó:
Bien.
Álvaro escribió casi inmediatamente.
¿Solo bien?
Sí. Todo bien.
Él llamó.
María dudó antes de cogerlo.
—¿Qué pasa?
—Precisamente eso quiero saber yo.
—Estoy cansada.
—Ya lo noto. ¿Tu madre está bien?
—Sí.
Hubo un silencio.
—María, ¿ha pasado algo? O… ¿he hecho algo?
—No.
—No sabes mentir.
Ella cerró los ojos. No quería discutir. Mucho menos por aquello. Precisamente por eso terminó diciéndolo.
—Pensaba que te acordarías.
Álvaro guardó silencio.
—Me he acordado.
—Sí… a las cuatro y media de la tarde.
—He estado toda la mañana trabajando y…
—No pasa nada.
—Sí pasa.
María respiró hondo.
—No quería tener que decirte que necesitaba que me preguntaras cómo estaba.
—Podías habérmelo dicho.
En cuanto lo dijo, Álvaro supo que aquella frase no había sido muy afortunada.
María permaneció callada.
—No quería decir…
—Sí. Podía habértelo dicho.
—María…
—Tengo que volver con mi madre.
Colgó.
Durante varios días apenas hablaron. María estaba enfadada con él, pero estaba todavía más enfadada consigo misma. Había pensado que Álvaro era diferente.
No sabía explicar exactamente qué significaba aquello. Quizá esperaba que ciertas cosas no hubiera que pedirlas. Que alguien verdaderamente conectado contigo supiera cuándo necesitabas que estuviera.
Le parecía una tontería formulado así. Pero seguía sintiéndolo.
Una semana después volvió al piso de su madre. Quedaban algunas cosas pequeñas. Objetos que nadie quería pero que tampoco habían sido capaces de tirar. Abrió un cajón. Allí estaba el CD. Lo tomó entre las manos. Durante un momento pensó en Álvaro, aunque intentó no hacerlo. Conectó el viejo reproductor. La canción empezó a sonar.
María se sentó en el suelo.
Recordó la primera vez que la habían escuchado juntos. Aquella coincidencia tonta con sus madres. Recordó también otras cosas…
El día en que Álvaro apareció en su casa con comida porque ella llevaba toda la tarde trabajando.
La vez que condujo cuarenta minutos para ayudarla con una avería que podía haber solucionado al día siguiente.
Una conversación de casi tres horas porque ella estaba preocupada por algo que ahora ni siquiera recordaba.
Detalles que no había pedido. También recordó otras cosas.
Las veces que Álvaro no había entendido lo que quería decir.
Un comentario que la había molestado.
Dos mensajes que había contestado tarde.
La mañana del hospital.
Entonces se dio cuenta de algo que le resultó incómodo: durante años había imaginado cómo sería una conexión perfecta con alguien. Y aquella persona imaginada tenía una ventaja enorme sobre Álvaro.
Nunca se equivocaba. Sabía cuándo llamar. Comprendía los silencios. Recordaba cada fecha. Distinguía siempre cuándo María quería estar sola y cuándo esperaba que alguien insistiera. No necesitaba explicaciones. La conocía a la perfección.
María miró el reproductor. Quizá ese era el problema. La conocía sin haber tenido que conocerla. Y ninguna persona real podía competir contra eso.
Escribió a Álvaro dos días después.
¿Tienes un rato esta tarde?
Él contestó unos minutos más tarde.
Sí.
Quedaron en una terraza. Álvaro llegó primero. María se sentó frente a él.

—Pensé que seguirías enfadada.
—Lo estaba.
—¿Ya no?
—Un poco.
Álvaro sonrió.
—Eso parece más razonable.
María jugueteó con la cucharilla.
—El otro día dijiste que podía habértelo pedido.
Él bajó la mirada.
—Sí. Y sonó fatal.
—Un poco.
—Lo siento.
María asintió.
—Pero tenías razón.
Álvaro levantó la cabeza.
—Eso no me lo esperaba.
—No te acostumbres.
Él sonrió. María tardó unos segundos en continuar.
—Creo que llevo mucho tiempo esperando reconocer a alguien.
—¿Reconocer?
—Sí. No sé cómo explicarlo sin que te rías.
—Prometo reírme discretamente.
Ella lo miró.
—Siempre he pensado que hay personas que, cuando aparecen, de alguna manera ya las conoces y sabes que tienen que ver con tu propia alma.
Álvaro no dijo nada.
—Como si existiera algo anterior —continuó María—. No necesariamente un recuerdo. Una familiaridad.
—Almas gemelas.
María arqueó las cejas.
—Mira quién sabe cosas.
—Tengo internet.
Ella sonrió.
—Algo así, aunque mucho más profundo, más íntimo.
—¿Y?
—Pues que me he dado cuenta de que hay una trampa.
Álvaro esperó.
—Si creo que alguien me conoce de antes, que tenemos una conexión profunda porque formamos parte de un mismo «todo», puedo acabar esperando que me conozca antes de conocerme.
Él frunció ligeramente el ceño.
—Eso tiene sentido.
—Ya. Lo fastidioso es que lo tenga.
Permanecieron unos segundos en silencio.
—Entonces —dijo Álvaro—, ¿ya no crees en esas cosas?
María negó despacio.
—No he dicho eso.
—Pensaba que acababas de cargarte las almas gemelas.
—No. Estoy convencida de que todos la tenemos.
—Tal vez…
—De lo que me he dado cuenta es que no vienen con manual de instrucciones…
Álvaro se rio.
—Eso explicaría bastante.
María lo observó.
Volvió a sentir aquella extraña familiaridad. La misma de otras veces. Pero ahora había algo diferente. No necesitaba decidir qué significaba.
—¿Sabes qué creo que confundía? —dijo.
—¿Qué?
—«Reconocer» a alguien y conocerlo, creer que ya lo sabía todo de él.
Álvaro permaneció callado.
—Sí, creía que todo encajaría a la primera por ese mismo conocimiento.
—¿Y ahora?
María se encogió ligeramente de hombros.
—Ahora sé que a veces idealizamos demasiado las cosas en un mundo que no siempre es sencillo.
Terminaron de vaciar el piso unas semanas después.
Cuando ya no quedaba prácticamente nada, Álvaro encontró el viejo CD encima de una caja.
—Te lo has dejado.
—No. Llévatelo tú.
—Es de tu madre.
—Tengo la canción en el móvil.
Álvaro sostuvo el disco entre los dedos.
—No es lo mismo.
María lo miró.
—¿Bailas?
Álvaro miró alrededor del piso vacío.
—¿Aquí?
—Es un vals, ¿no?
—Un vals con pretensiones de parecer moderno.
—Pues venga.
Álvaro sonrió y le tendió la mano.

Bailaron torpemente entre las últimas cajas mientras la música llenaba el piso vacío.
Durante años María había imaginado que, cuando apareciera aquella persona, sentiría que ya la conocía, que tendría una certeza absoluta.
Miró a Álvaro.
La sensación seguía allí. Solo que ahora ya no le parecía una respuesta. Le parecía una pregunta.
Y por primera vez no tuvo ninguna prisa por contestarla.
Había pasado demasiado tiempo esperando reconocer a alguien.
Y nunca se había preguntado cuánto más hermoso podía ser llegar a conocerlo.
Historia original de Javier Martín












Encendió una cerilla. La llama apareció pequeña, viva, casi tímida. Bianca la sostuvo cerca de la mecha, pero no la tocó todavía.



































