La mariposa y la estrella

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Una joven y bella mariposa se encontraba durante un atardecer jugando, volando de un lugar a otro, cuando de repente, miró a lo alto y se quedó paralizada al ver la más hermosa y brillante estrella que había visto en su corta vida. Nunca había sentido nada igual.

Como ya era muy tarde, se fue a su casa muy emocionada y contenta, y le contó a su madre que se había enamorado. Le enseñó la estrella, que brillaba aún más que antes.

La madre la miró con ternura y le dijo que era un amor imposible, ya que la estrella estaba mucho más alta de lo que ella jamás podría alcanzar.

Con todo el tacto del que fue capaz, le explicó a su hija que las estrellas no estaban para que las mariposas volaran en torno a ellas, que su objetivo era iluminar y embellecer las noches.

Es mejor que busques algo alcanzable, busca y enamórate de alguna farola del pueblo, como hacemos todas las mariposas. Así serás feliz.

La tristeza que le produjeron las palabras de su madre le duraron muy poco, porque pensó que ella no podía entender ni saber los sentimientos que le provocaban la estrella.

No paraba de dar las gracias a la vida por haberle permitido conocer a tan maravillosa estrella. Esperó impaciente al atardecer del día siguiente para volar más alto y alcanzarla. Pronto se dio cuenta de que estaba mucho más alto de lo que ella estaba acostumbrada a alcanzar, así que decidió volver cada atardecer a volar cada vez un poco más alto, hasta poder llegar a ella y demostrarle su amor.

Casi se convirtió en una obsesión. Cada vez que llegaba a la altura máxima que podía alcanzar, mirar la cálida luz de la estrella le daba fuerzas para seguir intentándolo un poco más… Hasta que finalmente le abandonaban todas sus fuerzas y no le quedaba más remedio que planear hasta posarse.

Como cada noche llegaba exhausta y triste, su madre estaba muy preocupada. No entendía por qué su hija se había empeñado en un imposible, cuando toda la familia, todas sus hermanas, todas sus hijas y todas las mariposas que conocía, se habían enamorado de alguna bombilla, de alguna farola, y así eran felices. Exhibían con orgullo las quemaduras de sus alas provocadas por volar en torno a las farolas de las que se habían enamorado. Ellas eran felices no tratando de perseguir un sueño absurdo que jamás podrían alcanzar.

Un día le dijo: – Hija mía, cuándo comprenderás que el calor de una farola puede llenar de dicha el corazón de cualquier mariposa. Por favor, abandona ese sueño inútil que tienes de alcanzar la estrella, y procura conseguir un amor que esté a tu alcance.

Los actos de la joven mariposa se volvieron la comidilla de todas las mariposas del lugar. Se burlaban de ella, y en el mejor de los casos, la compadecían sin entenderla o sin tratar de comprender su sueño.

Finalmente, después de miles de infructuosos intentos, terminaron por calar en ella las palabras de su madre, y llegó a la conclusión de que tal vez tenía razón.

A partir de entonces, trató por todos los medios de olvidar a su amada estrella y buscó enamorarse de alguna farola, fijándose bien en las bombillas de su interior, en el color de su luz, su brillo, su calidez…

No obstante, el tiempo pasó, y su corazón no conseguía olvidar a la estrella. Se dio cuenta de que su vida no tenía sentido sin el amor verdadero que sentía por ella, así que decidió volver a intentar alcanzarla. Desplegó sus alas en dirección a ella y voló todo lo alto que pudo, una vez más.

Cada atardecer intentaba volar más alto, pasaba las noches enteras intentándolo, hasta que el sol asomaba y la estrella desaparecía. Cada mañana volvía a su casa llena de tristeza y cansancio.

Y así fue pasando su vida. Emprendió un largo viaje para ir a sitios cada vez más altos y así acercarse cada vez más a su amor. De este modo conoció lugares que de otro modo jamás hubiera conocido. Desde zonas tan altas, pudo conocer ciudades llenas de luces, donde probablemente sus familiares y amigas habrían encontrado el amor.

Conoció muchos parajes, bosques, montañas… Pero nunca lograba alcanzar su estrella. Aún así, ella sentía que cada vez la amaba más, porque gracias a ella estaba conociendo el mundo, lleno de cosas bellas y no tan bellas, y esa aventura en la que se había convertido su vida por tratar de alcanzarla, la estaba llevando a un profundo conocimiento de sí misma. Se estaba convirtiendo en una mariposa llena de sabiduría.

Después de mucho tiempo la mariposa decidió volver a su casa.

Al volver, se enteró de que su madre, sus hermanas y amigas, habían muerto quemadas volando alrededor de las farolas, lámparas y otras fuentes de luz de las que se habían enamorado. Se consolaba pensando que habían muerto felices, aunque no podía evitar pensar también que habían fallecido al buscar un amor fácil.

EPÍLOGO

La mariposa siguió intentando llegar a la estrella, aunque nunca lo consiguió. Pero, persiguiendo su sueño, su amor, vivió muchos más años que su madre y sus hermanas, y descubrió muchísimas cosas que de otro modo jamás hubiera conocido.

No alcanzó su sueño, pero el camino que emprendió en su búsqueda, fue quizá mucho más enriquecedor, y le llenó de una inesperada felicidad y autoconocimiento.

Tal vez la perseverancia en conseguir un sueño o un amor, aun siendo “imposible”, sea en realidad una manifestación de nuestra alma que utiliza ese sueño o meta como excusa para vivir lo que realmente necesitamos vivir. Tal vez, las situaciones a las que lleva perseguir ese sueño, nos lleve a conocer a otra persona mucho mejor para nosotros, que represente un amor puro y auténtico.

Artabán, el cuarto Rey Mago.

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Los cuatro Reyes Magos estaban eufóricos. Habían descubierto una estrella nueva en el firmamento muy especial. Nunca antes una estrella había brillado tanto. Con los conocimientos de astrología que poseían y realizando muchísimos cálculos, llegaron a la conclusión de que anunciaba el inminente nacimiento del niño Dios que auguraron los antiguos profetas.

Aunque los cuatro reyes vivían muy lejos entre sí, mantenían un contacto todo lo fluido que podía permitir una organizada red de mensajeros. Gracias a los continuos mensajes que se enviaban, concluyeron que los cuatro viajarían a conocer al Hijo de Dios. Acordaron encontrarse al lado del monumento con forma de pirámide que había en la ciudad de Borsippa, el zigurat.

Melchor era el rey de más edad y su reino estaba en la zona más oriental de Europa. Baltasar era el más joven y procedía de la zona norte de África. Gaspar, de edad media, era de Asia. Y Artabán también de treinta y tantos años, era persa.

Los cuatro llevaban regalos para el niño Dios. Melchor, llevaba oro. Gaspar, incienso. Baltasar, mirra. Artabán no estaba seguro de qué podía regalar al niño Dios, así que decidió no llevar un sólo regalo, sino tres: un diamante de Méroe, que neutraliza cualquier veneno y repele los golpes del hierro, un jaspe de Chipre, que otorga el don de la oratoria, y un rubí de las Sirtes, que elimina las tinieblas del espíritu.

A punto de llegar a Borsippa, Artabán se encontró con un vagabundo desnudo al que le habían pegado una paliza casi mortal. Se detuvo y fue en su auxilio. Averiguó que se trataba de un comerciante al que habían robado todas sus pertenencias. Artabán impresionado y apesadumbrado por la desgracia que acababa de sufrir ese hombre, decide darle el diamante de Méroe que iba a regalar al niño Dios. De repente tuvo un dilema, partir de inmediato para poder llegar a tiempo dejando al malherido hombre, o curarle las heridas y permanecer con él hasta que pudiera valerse por sí mismo. Se dejó guiar por su corazón, y dedicó el tiempo necesario a ayudar a ese pobre hombre.

Unos días después, Artabán llega al punto de encuentro. Allí estaba esperándole uno de los sirvientes de los reyes para darle una nota. En la misma decía:

«Hemos estado esperándote mucho tiempo, pero no podemos dilatar más la espera. Debemos proseguir el viaje para poder llegar a tiempo. Sigue nuestra senda por el desierto y que la estrella guíe tus pasos. Buena suerte hermano.»

Artabán, desesperado, cabalga a toda prisa y sin descanso para tratar de alcanzarlos hasta que su caballo no puede más y muere. Prosigue a pié el camino por el desierto, poniendo a prueba su resistencia física y psíquica. No puede ver las huellas de los otros reyes, ya que las tormentas de arena las borran, pero gracias a la estrella consigue guiarse.

Finalmente, muy débil y delgado, llega a Belén, pero las penurias por las que ha pasado parecen haber sido en vano: Altabán no encuentra al niño Dios, ni a los otros reyes. Sin embargo, sí es testigo de la crueldad de Herodes que ha dado la orden a sus soldados de que maten a todos los niños varones recién nacidos. En su camino se cruza un soldado que se abalanza sobre una mujer en la puerta de su casa y le quita a su bebé. Justo cuando el soldado iba a asesinar al niño a sangre fría con su espada, Altabán se lanza sobre él para tratar de impedírselo a pesar de su mal estado físico. Al ver que no puede con él, le ofrece el rubí de Sirtes para que deje vivir al niño. Sin embargo, el capitán del soldado ve la escena y ordena que le apresen y le lleven a una cárcel en Jerusalén.

Durante su cautiverio llega a escuchar a sus carceleros hablando sobre un galileo que sana enfermos y alivia los espíritus afligidos. En cierto modo, también alivia su propio espíritu el conocimiento de estos rumores, porque intuye que se trata del niño Dios que no tuvo la fortuna de conocer.

Algo más de tres décadas después, en una noche de luna llena, sus carceleros deciden sacarle de la mazmorra y dejarle en la calle, tal vez por compasión, ya que le veían muy viejo, débil y enfermo. Esa misma mañana, Altabán se despierta por el ruido ensordecedor de una muchedumbre que se dirigía al Gólgota a presenciar la crucifixión de un profeta. Entre todo el bullicio pudo escuchar diversos comentarios que aseguraban que dicho profeta había blasfemado contra Dios, que se había proclamado a sí mismo como el Hijo de Dios, y que por la condena del Sanedrín y la complicidad de los romanos, lo habían condenado a morir en la cruz.

Artabán es arrastrado entre empujones por la multitud que se dirige a presenciar la crucifixión de Jesús. En un momento dado, se detiene en una plaza en la que hay menos afluencia, y entonces es testigo de la subasta de una bella y joven muchacha. Entre los hombres que estaban pujando, comentaban que su padre quería subastarla para pagar sus numerosas deudas, y que le habían amenazado con matar a su mujer y sus hijos si no las saldaba. Artabán, profundamente apenado por lo que estaba a punto de suceder, comenzó a buscar entre los andrajos que una vez fueron lujosos ropajes llenos de bolsillos y encuentra el jaspe de Chipre que ha conseguido conservar durante su largo cautiverio. Con la piedra preciosa compra la libertad de la chica.

Artabán prosiguió el camino para ir donde estaba Jesús, pero no llegó a tiempo de conocerle con vida. Acababa de morir. Horas después, unos soldados cogieron el cuerpo para llevarlo a un sepulcro. Él los siguió a duras penas por lo débil que estaba, lleno de tristeza por lo que había sucedido y por no haber podido conocerle en vida.

Tres días después, la enorme piedra que cerraba la entrada del sepulcro se movió bruscamente al tiempo que salía un enorme destello de luz. Los soldados que custodiaban la entrada huyeron despavoridos.

Una figura apareció entre los destellos de luz. Era Jesús.

Artabán, te estaba esperando. – le dijo Jesús.

¿Sabes quién soy? – preguntó Artabán con voz débil y muy aturdido por lo que estaba sucediendo.

Sé quién eres. Sé lo que has hecho. Estoy muy orgulloso de ti. Me has ayudado muchísimo.

¿Cómo te he ayudado? No logré conocerte en el alba de tu existencia y he pasado muchos años privado de libertad, sin poder hacer nada. – respondió apesadumbrado Artabán.

Entonces Jesús le contestó: – Cuando ayudaste y curaste sus heridas al vagabundo, me ayudaste y curaste a mí. Cuando salvaste la vida al niño, salvaste la mía. Cuando ayudaste a la muchacha a recuperar su libertad, me ayudaste a recuperar la mía. Artabán, ven conmigo. Tienes un lugar reservado junto a mí en el Reino de los Cielos.

El espíritu de Artabán se llenó de dicha y de paz, y una lágrima acarició la comisura de sus labios, que estaban dibujando una gran sonrisa.

Segundos después, cerró los ojos. Se quedó dormido para no despertar…

Y ambos se elevaron al Reino de los Cielos.

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Versión de la historia de Artabán de Javier Martín.

La historia de Artabán al parecer está basada en unos relatos muy antiguos en los que se asegura que no eran sólo tres los Reyes Magos que fueron a Belén a conocer al niño Dios, sino que fueron cuatro. Con este fascinante dato, el teólogo estadounidense Henry Van Dyke escribió un cuento navideño sobre este cuarto Rey Mago.

Esta historia, ficticia o no, nos habla sobre algunos de los valores humanos más sublimes: la empatía, la compasión, la generosidad, la bondad, el amor… En definitiva, nos habla de la nobleza de espíritu.

Tal vez vivir procurando tener como guías de nuestras vidas estos valores no nos lleve siempre por los caminos más cómodos, pero a buen seguro que nos proporcionarán paz en el espíritu y las consecuencias de tratar a los demás con la misma compasión, bondad y amor con las que nos gustaría ser tratados, nos lleve a vivir una vida mucho, pero mucho más amable, más agradable, y sobre todo, hará que valga la pena.

Uno de los mejores propósitos que se puede tener en esta vida es tratar de ser mejores personas, no por «buenismo» o porque lo recomiende ninguna religión o un gurú en un libro de superación personal, sino porque es lo que realmente hace nos sintamos bien y alineados con nosotros mismos y con nuestros semejantes, seamos felices, y lleguemos al final de nuestros días sintiéndonos en plenitud y amor.

Que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente os traigan todas las cosas buenas que habéis pedido, y también, lo que necesitéis para prosperar y ser felices, pero sobre todo, lo que necesitéis para ser las mejores personas que podáis ser.

¡Qué tengáis el mejor año de vuestras vidas!

 

Kintsugi: convertir lo roto en algo más fuerte y bello

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A finales del siglo XV, cuenta la leyenda que se rompió en varios pedazos el cuenco de té favorito del sogún Ashikaga Yoshimasa, un hombre muy poderoso y peculiar.

Él sólo contemplaba rendirse cuando había agotado toda posibilidad de conseguir sus objetivos, así que lejos de deshacerse de su cuenco, creyó que era posible su reparación, por lo que lo envió al lugar de China donde lo habían fabricado para que lo arreglasen. Tiempo después, le devolvieron el cuenco de una pieza, pero lo habían reparado utilizando unas grapas de metal que le daba un aspecto feo y, además, el té se salía por las grietas porque no estaban selladas.

Naturalmente esta reparación era inadmisible para él, así que pidió explicaciones. Le contestaron que era imposible arreglarlo mejor, que habían hecho lo que habían podido. Cualquier otra persona hubiera dado por perdido el cuenco, pero Ashikaga buscó otros artesanos esta vez en Japón, su país, por cuestiones de cercanía y rapidez, y les encargó que encontraran una forma de reparar el cuenco de la mejor manera posible y que fuera totalmente funcional.

La técnica que inventaron, consistió en utilizar un pegamento muy fuerte de resina, mezclado con polvo de plata u oro para unir sus partes, y posteriormente pulirlo para dejar un buen acabado. De esta manera, arreglaron el cuenco del sogún, que volvía a ser funcional y las grietas que se habían reparado uniéndolas fuertemente con oro, lejos de desagradarle, le parecieron hermosas. Acababa de nacer el Kintsugi.

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Kintsugikintsukuroi, se puede traducir de varias maneras: “carpintería de oro”, «reparación o unión en oro», «cicatriz dorada»…  Forma parte del arte tradicional japonés como técnica para arreglar cerámicas rotas. Es también una filosofía que plantea que las roturas de los objetos son acontecimientos importantes de su historia, que pueden y deben repararse, y que lejos de disimular u ocultar las grietas, han de mostrarse y aprovecharlas para embellecerlos y hacerlos más fuertes.

Llegó a convertirse en una técnica tan popular, que se rompieron a propósito muchas cerámicas para repararlas de esta manera porque la transformación estética de las piezas arregladas les daba más valor; de hecho, hay casos de piezas antiguas reparadas con este método que están más valoradas que otras intactas.

En la actualidad, en lugar de despreciar y tirar los objetos de porcelana rotos, los japoneses los reparan rellenando las grietas con oro. Conservan el paradigma de que el daño sufrido por un objeto forma parte de su historia y esto lo convierte, o lo puede convertir, en un objeto más fuerte y bonito. En lugar de disimular u ocultar los defectos provocados por las grietas o roturas, se acentúan con el color de los materiales nobles empleados, se ensalzan y valoran estos defectos que se han convertido en la parte más fuerte del objeto.

Es una preciosa metáfora para nosotros. En el día a día, nuestras relaciones conllevan todo tipo de situaciones. No importa lo mucho que nos amemos, a veces, inevitablemente, nos hacemos daño.

El Kintsugi pone de manifiesto que con la creencia de que todo o casi todo se puede arreglar, cabe la posibilidad de solucionar o arreglar relaciones deterioradas, o problemas de otra índole que a primera vista no parecen tener arreglo, y que tal vez la causa de esas desavenencias sean posteriormente el motivo en el que se basen para arreglarlas.

Los vínculos dañados entre dos o más personas, posiblemente se puedan reparar con paciencia, comprensión y amor (que serían los equivalentes a la resina y los materiales nobles que juntan los pedazos de los objetos usando la técnica Kintsugi), y volverse más fuertes que nunca.

Y cuando no parece tener arreglo, al menos queda la posibilidad de arreglarlo dentro de nosotros mismos, perdonando las ofensas de los demás, pero, sobre todo, perdonándonos a nosotros mismos, lo que a la larga hace que todo sea posible…

El cuervo y la Muerte.

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Esta fábula es la continuación y conclusión de «El lobo y la rosa» (presiona aquí para leerla primero).

Una vez más, el invierno se apoderó del precioso bosque de al lado del pueblo.

Como cada amanecer, el cuervo estaba de visita en el lugar donde su amigo el lobo había fallecido. Ya había pasado un año desde el fatal desenlace y cada día iba allí a rendirle tributo. Aún no entendía por qué su amigo se había sacrificado por una flor que acababa de conocer. Se lamentaba profundamente por no haber estado más pendiente de él porque pensaba que tal vez hubiera podido evitar que perdiera la vida.

Igual que los demás inviernos, casi todos los animales se habían marchado del bosque y a otros la Muerte había puesto fin a sus vidas. Como cuando el lobo vivía, cada día el cuervo se reunía con ella y la acompañaba. Entre ambos había una extraña pero bonita relación. Hablaban mucho, y por supuesto se hacían mucha compañía. El cuervo intentaba muchas veces sonsacar a la Muerte acerca de cómo era la vida después de fallecer, pero ella sonreía y le decía que no podía contárselo, que lo tenía que descubrir por sí mismo llegado el momento.

La Muerte no podía ayudar al cuervo a conseguir comida como hacía el lobo, pero le alentaba a seguir adelante. En todo ese tiempo que compartían, muchas veces el cuervo era testigo de cuando la Muerte ponía fin a la vida de los animales moribundos por el frío o los que simplemente les había llegado su hora.

El cuervo era consciente de que ya era muy viejo y le aquejaban diversas dolencias debido a su edad. Con frecuencia imaginaba que cuando falleciese su amigo el lobo le estaría esperando. Estaba seguro de que sería así.

Dama oscura, te conozco desde hace bastante tiempo, y sé que a pesar de las apariencias eres un ser de gran belleza. He sido testigo incontables veces del momento en el que quitas la vida, y sé que lo haces con un respeto absoluto, pero sobre todo con una bondad y amor inconmensurables. – Le dijo el cuervo a la Muerte. – Desde que tuviste que poner fin a la vida de mi amigo, he sido más consciente de que mi hora cada vez está más cerca, porque además ya soy muy viejo y me siento bastante débil. ¿Me podrías decir cuándo…?

Antes de que el cuervo pudiera continuar, le interrumpió la Muerte.

Mi labor es esencial porque alimenta el eterno ciclo de la Vida, es así desde que este universo nació. El tiempo que hemos compartido es apenas un parpadeo en mi larguísima existencia, pero… desde que Soy, nunca había tenido unos amigos como el lobo y tú. Especialmente tú, cuervo. Lo que siento por ti me hace temblar cada vez que pienso en el instante en el que he de quitarte tu aliento de vida en este plano de la existencia… Gracias al lobo, pero en especial a ti, me he sentido apreciada, comprendida… querida. Sin duda es una ironía del Destino que me preguntes ahora por tu muerte, porque hoy, hace unas horas, debí hacer que partieses al otro lado, porque es tu hora… Pero no puedo… no quiero… quitarte la vida…

Los instantes de silencio tras estas palabras parecieron eternos. El cuervo se estremeció al notar el enorme sufrimiento de su amiga la Muerte y sintió compasión por ella. De repente, se dio cuenta de que él también la amaba.

Nunca estuve seguro de lo que significa amar, ni siquiera cuando mi amigo el lobo se sacrificó por aquella rosa. Ahora gracias a ti, lo he podido entender… Me has regalado un poco más de tiempo de vida, y lo que es más importante, gracias a ti he comprendido lo que significa el amor, he tomado conciencia de que en realidad sí he amado y he sido correspondido. Precisamente por eso no puedo ser yo quien provoque que vayas en contra de tu propia naturaleza, no puedo permitir que vayas en contra del ciclo de la Vida por mí. La Vida y tú sois las dos partes de un todo…

Por primera vez en su eterna existencia, brotó una lágrima de los ojos negros azulados de la Muerte.

Creo que tú mejor que nadie sabes que de alguna manera mi esencia siempre estará contigo. Por favor, haz tu labor conmigo para que puedas ser fiel a tu naturaleza y a la Vida.

El cuervo se acercó lentamente a la Muerte, consciente de que su más mínimo roce pondría fin a su vida. Ella lo abrazó por primera y última vez…

Cuando su alma salió de su cuerpo, el cuervo sonrió al comprobar que tenía razón en sus suposiciones: el lobo estaba esperándole con una gran sonrisa.

Epílogo

Al día siguiente, al amanecer, la Muerte fue al lugar donde todos los días el cuervo iba a rendir tributo a su amigo el lobo. Por primera vez en su larguísima existencia y aunque ella encarna el fin de todos los ciclos de vida, había tomado conciencia de la importancia de la aceptación y de dejar ir…

Historia original de Javier Martín. 

Los hermanos.

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Se cuenta que había dos hermanos que decidieron trabajar las tierras que habían heredado de sus padres. Dividieron el terreno en partes iguales y construyeron sus casas allí. Poco después comenzaron a sembrar y cosechar. Así se ganaban la vida.

El hermano más joven se casó, tuvo muchos hijos y vivía muy feliz con ellos y su mujer. El hermano mayor vivía solo, aunque a su manera también estaba muy bien.

Un día el hermano mayor se encontraba disfrutando de una magnífica comida con su hermano, su cuñada y sus numerosos sobrinos, a los cuales adoraba.

Esto le dio qué pensar al hermano mayor. Se repartían los frutos de su trabajo a partes iguales, y aunque esto en principio fue justo, llegó a la conclusión de que su hermano ahora tenía mujer e hijos que mantener, mientras que él vivía solo y podía arreglarse con mucho menos, así que decidió comenzar a darle a su hermano parte de sus cosechas, pero lo haría por la noche, cuando su hermano no se diera cuenta porque estaba seguro de que no le permitiría hacer eso, ya que ambos tenían una excelente relación y se querían mucho.

Curiosamente, ese mismo día, viendo como su querido hermano jugaba con sus hijos, el hermano más joven pensó que era muy probable que su hermano siguiera viviendo solo y sin hijos cuando fuera viejo, así que llegó a la conclusión de que lo justo era que se quedase con más cantidad de las cosechas para que así pudiera vender más y juntar más dinero para su jubilación por si se confirmaban sus sospechas y no tuviera a nadie que le cuidase para entonces. También tenía la certeza de que no le dejaría hacerlo, así que empezó a llevar parte de su trabajo al almacén de su hermano también por la noche para que no se diera cuenta.

Pronto ambos comenzaron a constatar que la cantidad de sus cosechas almacenadas no variaba aunque le daban al otro parte de su trabajo, y aunque intuían lo que podía estar pasando, fue una noche en la que ambos coincidieron haciendo lo mismo cuando quedó completamente claro: los dos estaban tratando de ayudarse.

Entonces se dieron un gran abrazo y no pronunciaron palabra alguna. Los hechos eran mucho más elocuentes…

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En Navidad siempre se ensalzan los valores como la fraternidad, la amistad, el amor… porque estas fechas son sinónimo de ello.

Para muchas personas el mundo no es siempre un lugar amable ni amoroso. Pueden argumentar que suceden cosas crueles y de difícil justificación desde un punto de vista puramente terrenal, y tienen su razón.

Para los que creen que la bondad o el amor no abundan,  para los que creen que la fraternidad es una «tontería», cosas que no tienen que ver con el «mundo real», es necesario recordarles que este tipo de actitudes, o mejor dicho, sentimientos, son absolutamente necesarios para que podamos prosperar y crecer, tanto a nivel individual como global. Es una obviedad: sólo desde sentimientos elevados generaremos actitudes del mismo signo y conviviremos mejor.

La mezquindad y similares son “lujos” que no nos podemos permitir si queremos vivir plenamente y de la mejor manera posible. Que el espíritu navideño perdure cada día del año en cada uno de nosotros.

¡Felices Fiestas! 🙂

El lobo y la rosa

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El invierno más crudo e intenso se apoderó del precioso bosque de al lado del pueblo.

De nuevo el frío propició que se convirtieran en aliados y amigos. Como cada invierno, no quedaban apenas animales en el bosque excepto ellos. Los demás se marchaban o morían ante el frío, pero el lobo era capaz de estar mucho tiempo sin comer y el cuervo encontraba comida en sus numerosos vuelos. Además, ambos se ayudaban mutuamente para robar comida a los humanos que pasaban por allí.

Una vez más, el lobo y el cuervo eran testigos de los primeros rayos del sol que auguraban otro espectacular amanecer.

El lobo caminaba silenciosamente, sus patas se hundían en la nieve mientras apenas se escuchaba el revoloteo del cuervo al pasar de una rama a otra. No permitían que el frío les venciera a diferencia de los otros animales. Ellos creían que podían sobrevivir y por eso siempre encontraban el modo de burlar el frío y alimentarse. Mantenían conversaciones que mitigaban su soledad y les hacía olvidarse de tan precaria situación.

Qué raro, a esta hora ya debería haber aparecido la Muerte. – Comentó el cuervo observando el alba.

Seguramente estará cerca, a punto de llevarse el alma de algún desdichado. – Respondió el lobo.

Unos minutos después vieron a la Muerte con un conejo que no podía moverse.

¡Os suplico que me ayudéis! ¡Salvadme de la muerte y os ayudaré a encontrar comida cada día! – Gritó el conejo.

Es una buena oferta, pero sabemos cómo sobrevivir al invierno y encontrar comida. Además, no podríamos ayudarte de ninguna manera, está fuera de nuestro alcance. Lo siento mucho… – Respondió el lobo.

El conejo les miró con tristeza mientras la Muerte le tocaba para quitarle la vida.

Poco después, el lobo, el cuervo y la Muerte caminaron sin rumbo por el bosque. Al anochecer, como todos los días, la Muerte se despidió de ellos y desapareció.

A la mañana siguiente, el lobo y el cuervo volvieron a caminar juntos a través del bosque helado.

Parece que hoy también se retrasa la Dama oscura. – Dijo el cuervo.

Tal vez esté con algún moribundo. – Respondió el lobo.

Un poco más adelante encontraron a la Muerte junto a un viejo ciervo tumbado en la nieve. Al verlos llegar, el ciervo les observó sin decir nada. El lobo, extrañado, le preguntó:

¿No nos vas a pedir que te ayudemos a vivir?

— Soy demasiado viejo y estoy enfermo. Es mi hora. No hay motivo para intentar escapar de lo que a todos nos alcanza.

El lobo lo miró con compasión a la vez que asintió con la cabeza.

Es la hora. – Dijo la Muerte tocando con delicadeza la cabeza del ciervo, que cayó suavemente sobre la nieve como si se hubiera quedado dormido plácidamente.

Instantes después, los tres se alejaron caminando lentamente. Al anochecer, como cada día, la Muerte se despidió de ellos y desapareció.

A la mañana siguiente, el cuervo hizo notar nuevamente que no había aparecido la Muerte a la hora acostumbrada.

Habrá vuelto a encontrar otro animal al que llevarse. – Respondió el lobo.

Me extrañaría, creo que aparte de nosotros no quedan más animales en el bosque.

Unos pasos después vieron a lo lejos en un claro del bosque algo de color rojo muy llamativo. Se acercaron para indagar y descubrieron una preciosa flor entre la nieve. Les extrañó mucho porque no es natural que crezca una flor en esas condiciones. Se acercaron y se quedaron maravillados con su belleza.

¿Qué eres? Es la primera vez que veo una flor como tú. – Dijo el lobo.

— Soy una rosa. Las de mi especie no crecemos en el bosque. Una niña me trajo aquí hace un rato y me plantó.

Una ocurrencia tan inocente como mala para ti. Este lugar, con este clima tan frío… Siento decirte que es difícil que sobrevivas. Espero que la niña vuelva a por ti. – Dijo el cuervo con tono serio.

El lobo la miró con compasión y admiración por su inusitada belleza, al tiempo que dio media vuelta y se marchó con el cuervo.

Al finalizar la jornada, el lobo y el cuervo comentaron lo raro que había sido que no apareciera la Muerte. Después se despidieron y el cuervo se marchó volando hacia su rama preferida para pasar la noche. El lobo se quedó pensativo, no paraba de pensar en la rosa.

Entonces fue hasta donde la habían encontrado. Seguía allí, preciosa, y la luz de la luna llena parecía hacerla brillar. Ella se dio cuenta de la presencia del lobo.

¿Qué haces lobo? – Preguntó con gran curiosidad la rosa.

He venido a mirarte.

—  ¿A mirarme?

—  Eres muy bonita. Eres lo más bello que he visto en el bosque, que además ahora está casi todo cubierto de nieve.

Hay muchas cosas bellas en este bosque y algunas se ven más bonitas con la nieve.

—  Tal vez… Pero hay algo en ti que me atrae. Y siento mucha tristeza porque estás sola y no creo que sobrevivas mucho tiempo… He venido porque quería volver a verte por última vez. – Dijo con sentimiento el lobo.

La rosa pensó contarle al lobo que ella también se sintió atraída por él cuando le conoció, pero no quiso ante la petición que estaba a punto de hacerle.

Sálvame por favor. Llévame de regreso a la casa donde pertenezco.

El lobo sintió que algo se desgarraba dentro de él y retrocedió unos pasos, asustado.

No puedo. – Respondió con tristeza.

Sí que puedes… Llévame al lugar del que me trajeron, donde nací y vivía, la casa más grande del pueblo.

Mientras hablaba al lobo, la rosa lo miraba emocionada. Él, conmovido completamente por lo triste e injusta que era su situación, comenzó a pensar en el modo de salvarla. Pronto se dio cuenta de que no importaba cómo lo pensara hacer, era un plan extremadamente peligroso para él. Si se metía en el pueblo, le intentarían matar en cuanto le vieran.

Entonces comenzó a nevar. Los copos de nieve caían despacio y en círculos. Parecían bailar en torno a la rosa, que temblaba ante el intenso frío y brillaba con la luz de la luna. Aunque el lobo nunca había sentido algo así por nadie, estaba seguro de que jamás volvería a sentir algo parecido…

Sálvame por favor. – Le susurró la rosa.

En ese momento, el lobo sintió una presencia. Se giró y vio a la Muerte observando entre los árboles cercanos. Ella se acercó y se quedó mirando a la rosa, que perdió el conocimiento antes de que pudiera ver quien acababa de llegar, probablemente a causa del gélido viento que comenzó a soplar.

¿Has venido a por ella? – Preguntó el lobo muy triste.

La Muerte tardó unos instantes en responder, como si le costase encontrar la respuesta.

Depende de ti.

¿Por qué? ¿Puedo salvarla?

El viento dejó de soplar repentinamente, quedando un silencio casi total. Segundos después, la Muerte dio una respuesta afirmativa inclinando muy despacio su cabeza.

Lobo, he venido a avisarte de que si llevas a la rosa de regreso al pueblo y consigues salvarla, morirás. – Sentenció la Muerte hablando muy despacio – Hoy tengo que hacer que se vaya un alma al otro lado y es el turno de la rosa. Si no fuera ella, otro ha de ocupar su lugar…

El lobo se giró hacia la luna y aulló con todas sus fuerzas como tratando de deshacerse de un gran sentimiento de pena. Luego miró con dulzura a la rosa y se acercó a ella tratando de darle un poco de calor. Cerró los ojos y respiró profundamente tomando una decisión. Cuando los abrió, vio que ella le estaba devolviendo la mirada.

Epílogo

Cuentan que un día un lobo entró al pueblo atravesándolo hasta llegar a la casa más grande, que durante su carrera le provocaron profundas heridas, pero que siguió corriendo con todas sus fuerzas y entró por la ventana principal de la casa.

Cuentan que llevaba una rosa roja en su boca y que la dejó caer en las manos de una niña antes de seguir huyendo.

Cuentan que llegó hasta donde comienza el bosque y que entonces se desplomó sobre el suelo en su último aliento.

Cuentan que cuando los cazadores se acercaron a recoger el cuerpo del lobo vieron una especie de silueta oscura que se alejaba y se fundía entre las sombras del bosque.

Cuentan que desde ese día, cada amanecer, un cuervo baja volando y se posa en el lugar donde el lobo murió.

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Tiempo después, el cuervo seguía su periplo invernal por el bosque. Al final del invierno, no quedaba nadie vivo, excepto él. Todos los animales morían o se marchaban, pero el cuervo sabía encontrar comida observando mientras volaba y también sabía cómo robársela a los humanos.

Sí, el cuervo sobrevivía. No cometía errores. No se enamoraba. Estaba vivo, pero estaba solo.

Una vez más, el cuervo era testigo de los primeros rayos del sol que auguraban otro espectacular amanecer…

Versión de Javier Martín de la fábula «La rosa y el lobo».  Puedes leer la continuación y conclusión en
«El cuervo y la Muerte» (presiona aquí para leerla).

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