Calor mutuo.

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En un intensísimo invierno en el que las bajas temperaturas rivalizaban con las de la última glaciación, pocos animales del bosque sobrevivieron.

Entre ellos había un grupo de puercoespines que decidieron inteligentemente resguardarse en la medida de lo posible y juntarse, arrimándose fuertemente unos con otros para conservar su calor corporal y tratar de generar más.

No obstante, aunque la idea era buena, pronto comprobaron que debido a su peculiar cuerpo lleno de púas, se provocaban heridas considerables, así que al poco tiempo se separaron, lo que provocó que las gélidas temperaturas les afectaran y murieran algunos.

De este modo, retornaron a la situación inicial. Tenían que hacer algo rápido para evitar la muerte. La encrucijada era terrible: tratar de sobrevivir al frío por sí solos o juntarse de nuevo aunque esto conllevara herirse, en algunos casos gravemente.

La sabia esencia de la decisión final, vino de la mano de su ansia por sobrevivir. Era obvio que necesitaban calor para soportar el frío extremo, así que optaron por juntarse de nuevo, aceptando que debían adoptar posturas que provocaran menos heridas y menos intensas, y, en cualquier caso, a convivir con las que se pudieran ocasionar con sus púas aunque tuvieran el máximo cuidado.

Al fin y al cabo, el calor que generaban juntos era mucho más importante que las heridas…

. . . . . .

Los seres humanos hemos conseguido nuestros mayores logros cuando hemos “arrimado el hombro”, cuando nos hemos acercado, cuando hemos aunado esfuerzos y capacidades dejando de lado nuestras diferencias.

En la actualidad, pese a que vivimos más conectados que nunca gracias a Internet, aunque tenemos más acceso que nunca a todo tipo de información y a pesar de que tenemos la posibilidad de conocer e interactuar con cualquier persona del mundo en tiempo real y sin movernos del sitio, aún nos cuesta trabajar al unísono, unificar fuerzas, ir todos a una. Y esto sucede en más ocasiones de las que estamos dispuestos a reconocer. ¿Cuestión de ego? ¿De ignorancia? ¿De estupidez? ¿O tal vez es que no somos conscientes de que nos necesitamos los unos a los otros para prosperar y evolucionar?

Afortunadamente, las personas somos cada vez más conscientes como individuos, y por extensión, a nivel global. La única manera real de cambiar el mundo, es cambiar nosotros mismos. Cuando aprendemos a amarnos podemos amar coherente y verdaderamente a los demás, y es entonces cuando aprendemos, y más importante aún, interiorizamos, que la convivencia sana y evolutiva conlleva convivir con las “heridas” que las relaciones con otras personas cercanas pueden ocasionar a veces. Lo aquí expuesto no es “buenismo”, es ser inteligentes: apoyarnos, estar unidos, comprendernos y aceptarnos es la única forma de que esta sociedad, este mundo, prospere y evolucione cada vez más y mejor.

Esperemos que no sea necesario que, al igual que los puercoespines del relato, tengamos que pasar por una situación desesperada para que de una manera forzosa recordemos que, al final, lo más importante es que nos demos “calor mutuo”…

1 comentario

    • Isabel on jueves, 13, abril, 2017 at 0:02
    • Responder

    Cuantas veces olvidamos esto por mirar a nuestro ombligo… Sabia reflexión, Javier 🙂

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