Sep 30 2015

La tortuga y el escorpión.

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Érase una vez una tortuga que estaba en la orilla de un pequeño río disfrutando de una estupenda mañana de sol. En un momento dado escuchó una voz suave que la llamaba.

— “Tortuga, ¿puedes venir por favor?” – La bonachona tortuga se acercó guiada por la curiosidad.

En cuanto vio de quién procedía retrocedió todo lo rápido que sus lentas patitas le permitían. Se trataba de un escorpión que la miraba entre expectante y seguro de sí mismo.

“¡Espera por favor tortuga, no tengo intención de hacerte daño!” – Dijo con gran aplomo el escorpión.

“¿Qué quieres escorpión?”.

“Necesito cruzar el río urgentemente y como sabes soy incapaz de nadar. Por mis propios medios puedo tardar mucho tiempo. Te he visto y he recordado lo bien que nadas. Se me ha ocurrido que podrías transportarme en lo alto de tu caparazón”.

“Debes estar de broma escorpión, en cuanto me acerque a ti me picarás para matarme, ¡eres un escorpión!” – Contestó nerviosa la tortuga.

El escorpión empezó a llorar y entre lágrimas y lamentos le suplicó a la tortuga, argumentando que tenía un asunto familiar muy urgente que resolver.

“Tortuga, yo no tengo la culpa de haber nacido escorpión. Además, ¿no crees que sería bastante estúpido por mi parte picarte mientras cruzamos el río? ¡Moriríamos los dos!”

— “Cuando hayamos cruzado me picarás.” – Replicó la tortuga.

“Como te he dicho, sólo me interesa llegar al otro lado. Se me ocurre que podrías acercarte lo suficiente a la orilla para que yo pueda saltar y así te quedas en el agua donde no puedo hacerte daño. ¡Por favor! Es muy importante para mí llegar al otro lado de la orilla lo antes posible…” – Argumentó el escorpión desplegando todo su poder de convicción. – “Sabes que si te pico mientras me llevas encima pierdo tanto como tú porque moriría, ¿verdad?”

“Sí.” – Contestó la tortuga.

“¿Entonces me acercas al otro lado del río?”

La tortuga se quedó pensativa. Sabía que tenía razón el escorpión en sus argumentos. Si la picaba morirían los dos en el río y los escorpiones no destacan precisamente por ser tontos o estar locos. Decidió aprovechar este gran favor que le iba a hacer al arácnido y negoció con él que si le ayudaba jamás la atacaría en el futuro.

“Acepto tu condición.” – Respondió sonriente el escorpión.

Entonces la tortuga se dirigió al río y una vez sumergida en el agua de la orilla le dijo al escorpión que se subiera a su caparazón.

El escorpión saltó encima de la tortuga con un gesto de agradecimiento y ella comenzó a nadar hacia el otro lado del río.

Más o menos a mitad del recorrido la tortuga sintió un enorme dolor punzante en su cuello: el escorpión le había insertado profundamente su afilado y venenoso aguijón.

El efecto del veneno era tan fuerte que la tortuga apenas podía pensar en lo sorprendida que estaba por la acción suicida que acababa de realizar el escorpión. Sólo le dio tiempo a preguntarle:

“¿Por qué… me has… picado? Ahora… moriremos los dos…”.

— “Lo siento tortuga, no lo he podido evitar… Es mi naturaleza: soy un escorpión…”.

Mi versión de la fábula “La tortuga y el escorpión”.

. . . . . . . .

La moraleja que se puede extraer de esta fábula nos habla de que nuestros actos, especialmente los que realizamos en situaciones límite, están íntimamente relacionados con nuestra verdadera naturaleza. Y así es, ciertamente, es en los momentos de máxima presión donde aflora nuestros auténtico modo de ser. Cualquier máscara generada por las experiencias, las relaciones o los intereses se desvanece dejando al desnudo nuestro yo más primordial.

En cualquier caso no siempre aflora nuestra auténtica naturaleza y sin embargo, actitudes aprendidas en momentos negativos o en circunstancias positivas, las etiquetamos como parte de nuestra naturaleza y tan sólo son anclajes en nuestra personalidad.

Al final estoy seguro de que sea una actitud aprendida o sea “nuestra naturaleza”, podemos ser escultores de nuestros esquemas mentales, de nuestra alma.

Siempre está en nuestras manos trabajarnos para alcanzar la mejor versión posible de nosotros mismos.

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