Premio a toda una vida de trabajo excelente…

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Una mañana más, el anciano salió de la ducha y se puso enfrente del espejo para afeitarse. Una vez más, se fijaba en cada arruga de su curtida piel, y como ya era costumbre en los últimos años, se lamentaba de lo mucho que le dolía el cuerpo y de lo viejo que estaba. Cada día su voz interior le reprochaba con más fuerza haberse aferrado a un trabajo que se le da muy bien, el de carpintero, pero que dejó hace mucho tiempo de darle satisfacciones. El reciente fallecimiento de su pareja también le daba mucho que pensar. Lamentaba profundamente no haber pasado más tiempo con su amada esposa.

Su situación personal, ahora más que nunca, le empujaba a que dejara brotar de una vez por todas la idea que tiempo atrás, cuando aún vivía su mujer, había planeado realizar.  Sus prejuicios y sus miedos le impidieron reunir el valor suficiente para hacerla realidad. Pero ahora sí, estaba decidido: hablaría con el gerente de la empresa y le diría que quiere jubilarse.

A pesar de sus años y de que la Vida le mostrase una y otra vez que es mucho mejor actuar que dudar, aún tardó unos días más en hacer acopio de valor para dirigirse al “gran jefe”. Cerca de una semana después de haber tomado la decisión, por fin reunió el valor suficiente para visitar al gerente.

Llamó a la puerta y, abrumado por los nervios, entró casi sin esperar a que le invitaran a pasar. El gerente, nada más verle entrar, esbozó una amable sonrisa y le dijo: – “Buenos días señor Roble. ¿En qué puedo ayudarle?”

El señor Roble no esperaba un recibimiendo tan cálido, así que apenas acertó a sonreir levemente. Se aclaró la garganta, y tímidamente, comenzó a exponer el motivo de su visita.

“Señor, he venido para decirle que deseo jubilarme. Llevo casi toda mi vida trabajando en esta empresa dedicándole largas jornadas de trabajo. Como sabrá, he comenzado a disfrutar de periodos vacacionales cuando usted tomó el mando, ya que los anteriores gerentes apenas nos permitían vacaciones. Me siento viejo y cansado. Quiero disponer de tiempo para tratar de disfrutar lo que me queda de vida”.

El carpintero hizo una pausa y escondió las manos para que el gerente no notara el ligero temblor que tenía, debido a los nervios. Unos segundos después, prosiguió.

“Señor, ¿sería posible que pudiera jubilarme ya?” – dijo para finalizar su exposición.

El gerente, que observaba con atención cada uno de los gestos del señor Roble, cambió la expresión de su cara mientras se levantaba de su sillón y se dirigía a la ventana.  De pié y tocándose ligeramente la barbilla, observaba el horizonte pensativo y con semblante serio, tal vez triste.

El señor Roble, temía lo peor. En los siguientes segundos tuvo tiempo para sentir todo tipo de miedos provocados por sus prejuicios. Empezaba a lamentar amargamente su osadía cuando el gerente, se giró, se acercó a él, y en un tono aparentemente frío, aunque amable, le dijo:

“Señor Roble, precisamente quería hablar con usted sobre este tema porque, como ya sabe, estamos en tiempo difíciles y necesitamos hacer ajustes en la plantilla. Estamos barajando la posibilidad de no despedir a nadie ajustando gastos o llegar a acuerdos con todo aquel que quiera marcharse de la empresa. A pesar de su edad, dada su valía, yo preferiría que trabajase con nosotros más tiempo, pero comprendo sus necesidades, y opino que merece lo que pide”.

El señor Roble, escuchaba con gran atención las amables y consideradas palabras del gerente. Pero no estaba seguro de adonde quería llegar.

“Le confieso que sabía de usted y de su excelente trabajo y dedicación… Pero hasta que no he tenido la oportunidad de verle y escucharle no he comprendido la magnitud de su sacrificio personal e implicación con la empresa. Así que, por supuesto… naturalmente que usted merece jubilarse ya.” – El gerente hizo una breve pausa y miró hacia abajo pensativo. De repente, miró fíjamente al señor Roble, esbozó una amable sonrisa y continuó hablando.

– “Sólo le voy a pedir un último favor. Muy recientemente me han hecho un encargo muy especial. Se trata de construir una casa de madera para alguien al que apreciamos enormemente. Sé que usted tiene una gran experiencia en este tipo de trabajos, y quiero que nuestro mejor carpintero se haga cargo. No nos han especificado cómo quieren la casa porque confían en nuestro criterio y buen hacer, y yo confío plenamente en usted. Por lo tanto, he pensado que usted es el mejor candidato para construirla. Tiene libertad para hacerla en el tiempo que necesite, no hay plazo de entrega. Una vez que finalice este proyecto, tiene mi palabra de que le facilitaremos la jubilación y me aseguraré de que le den una generosa indemnización por todas las vacaciones que en su momento debió haber disfrutado. ¿Acepta?”.

Se dibujó tal expresión de sorpresa en la cara del señor Roble, que el gerente no pudo evitar reir moderadamente. – “No se preocupe” – Le dijo al señor Roble, deduciendo sus pensamientos. – “Acepte o no, le voy a ayudar con su jubilación y le voy a premiar generosamente porque usted lo merece. ¿Qué me dice?”.

Naturalmente que el señor Roble no pudo negarse. Aceptó sin ganas el encargo, y al día siguiente se puso manos a la obra.

Curiosamente, por primera vez en toda su trayectoria profesional, agobiado por la prisa por jubilarse y empezar una nueva vida, adoptó una actitud en su trabajo impropia de él. Adquirió el primer material que le ofrecieron sin verificar su calidad, el diseño de la casa no lo cuidó con el cariño y precisión acostumbrados, y trabajó mucho más deprisa de como solía hacerlo, lo cual procuró que los acabados de la casa no tuvieran la gran calidad de todos sus trabajos anteriores.

En tiempo récord, fue a ver al gerente para entregarle las llaves de la casa de madera. Éste le miró muy serio, y comenzó a girar la cabeza, diciéndole “no”. Entonces el señor Roble pensó que tendría un problema porque el gerente se había dado cuenta de la prisa en acabarla y de que no había seguido las directrices de calidad que eran habituales en sus trabajos.

Entonces, el gerente sonrió, y con gran entusiasmo, le dijo:

“¡No, señor Roble! ¡Quédese las llaves, son suyas! Esa casa, es un regalo de la empresa para usted, para premiarle merecidamente por todos estos años de trabajo excelente con nosotros…”.

2 comentarios

    • Alberto on sábado, 4, febrero, 2012 at 14:29
    • Responder

    Gran historia-moraleja. A mi entender, lo que viene a decir es que, hasta el último momento, hagas las cosas como mejor sepas hacerlas. Como al señor Roble, la Vida da lecciones siempre.

    1. Sí, desde luego, esa puede ser la principal moraleja.

      Seguro que te has percatado de que la historia también plantea otras cuestiones de una forma muy sutil, de las cuales también se pueden extraer otras moralejas.

      ¡Muchas gracias por tu opinión Alberto! Un abrazo.

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