El deseo que parecía imposible

A las once y media del 24 de diciembre, el Rastro de Madrid estaba a rebosar. La gente se apretaba ante los puestos, levantando objetos como si alguno fuese a responderles con una historia.

Daniel caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Hacía años que no bajaba por esa zona, y aquella mañana le sirvió como excusa para salir de casa sin tener que admitir que lo hacía por no pasarla entera a solas.

En un puesto estrecho, entre medallas ennegrecidas y cuberterías incompletas, vio un recipiente pequeño de cobre, del tamaño de un termo corto, con el cuello envuelto en una faja de plomo oscurecido. No era bonito, pero era exacto. Había símbolos grabados que no reconocía y, aun así, le resultaban extrañamente familiares, como si su mano ya hubiese pasado por allí en otro tiempo.

—Eso viene de fuera —dijo el vendedor, sin levantar la vista del móvil—. De los que traen cosas de casas antiguas. Once euros.

Daniel lo sostuvo y lo giró con cuidado. Pesaba demasiado para ser solo metal y aire. El plomo estaba trabajado como una mordaza: no decoraba; impedía su apertura.

Lo compró sin regatear. Le sorprendió hacerlo: no coleccionaba nada, y menos algo tan raro. Pero lo guardó en la bolsa como quien guarda una decisión.

Esa noche, el piso de Daniel tenía la alegría prestada de la decoración: luces de colores parpadeando en el árbol artificial, una guirnalda sobre la estantería y, de fondo, la televisión encendida para que el silencio no fuese tan evidente. A esa hora, el mensaje de Navidad del Rey empezaba a sonar en miles de salones con la misma naturalidad que el turrón.

Daniel cenó solo. Pavo recalentado. Un par de trozos de dulce que crujieron como piedra dulce. Se sirvió una copa de vino y colocó el recipiente delante de él. Lo miró como quien mira una caja con un regalo sin etiqueta, con la sospecha de que quizá no debería abrirse.

Cuando el Rey apareció en pantalla, Daniel ya tenía un cuchillo entre los dedos.

El plomo cedió con un chasquido seco. Debajo apareció un sello viejo, oscuro, cosido con resina endurecida. Al romperlo, no salió humo al principio, sino un olor: aire caliente, arena, algo mineral y antiguo. Y, después, como si el salón inspirara y expulsara de golpe, la habitación se llenó de una bruma rojiza que giró sobre sí misma.

En medio de la bruma empezó a dibujarse una figura.

Al principio no parecía humana del todo. Luego se definieron los detalles: cabello negro, largo, como humo compacto; piel con un brillo de brasa bajo la superficie; ojos claros, no por color, sino por intensidad, como dos puntos de luz fija que no parpadeaban.

A Daniel se le secó la boca. No gritó. No por valentía, sino por incredulidad. Tampoco se movió. Fue como si el cuerpo hubiera decidido quedarse quieto por él.

La figura exhaló y el aire del salón se calentó un grado.

Entonces dijo algo que Daniel no podía entender. La extraña mujer pareció darse cuenta de que él no la comprendía; cerró los ojos y frunció el ceño, como concentrándose.

—A-ho-ra… sí-sí… ¿me-en-en-tiendes?

Daniel, muy nervioso, asintió deprisa.

—¿Dón-de…? —dijo ella. Su voz sonaba muy femenina, aunque fuerte, era como la textura de un torrente de fuego—. ¿Qué… templo… es este…?

Miró alrededor con un gesto rápido, como quien espera encontrarse en un entorno hostil. Lo que se encontró fue un sofá, una mesa baja, algunos cuadros, un mueble con libros y una televisión encendida. Y el árbol iluminado.

Se quedó mirando fijamente las luces.

—Fuego frío —susurró, y dio un paso hacia el árbol—. Lo habéis aprendido.

Daniel tragó saliva.

—Son luces. Navidad.

Ella extendió la mano hacia un cable. No lo tocó; lo olió, como si el olor fuese una forma de leer.

—Encerráis espíritus en hilos —dijo—. Los obligáis a parpadear. ¿Quién os dio esa autoridad?

En la televisión, el Rey seguía hablando. La palabra “Rey” se repitió. Dos veces en pocos segundos.

Ella giró la cabeza. Un músculo invisible le tensó la mandíbula.

—¿Rey? —dijo, y el aire se volvió más seco—. No. No me volverá a encerrar un rey otra vez.

Daniel levantó una mano, sin saber si era una paz o una defensa.

—Es una tradición. Un discurso. No tiene nada que ver contigo.

Ella lo miró por primera vez con atención real. No había hostilidad abierta; había evaluación, como si la hostilidad fuese un lujo reservado para cuando no quedara duda.

—Has roto el sello —dijo—. Me has llamado.
—No sabía… Lo he encontrado.
—Nadie encuentra lo que no busca —respondió ella, y sonó a sentencia antigua.

Se enderezó, y el salón pareció encogerse un poco.

—Tres mil años —dijo, como quien escupe una cifra amarga—. Tres mil años encerrada en cobre, mordida por plomo. Y ahora… —señaló el árbol, la guirnalda, la pantalla— …esto.

Daniel cogió aire.

—¿Eres… un genio?

Ella no sonrió. Pero algo en su mirada indicó que la palabra le resultaba útil, aunque no la describiera bien del todo.

—Me llamaron Nara cuando el mundo era joven —dijo, y su voz tuvo el peso de algo antiguo—. Soy de fuego, y he estado demasiado tiempo con la boca cerrada. Has pagado por abrirla. Ahora… —se acercó, y Daniel sintió el calor que manaba de ella— …dime tu deseo.

Ahí estaba. La frase que en otras historias era una promesa y, a veces… una amenaza.

A Daniel se le cruzaron ideas fáciles: dinero, prestigio, poder. Lo fácil que sería pedir algo material y fingir que con eso se arreglaba el vacío en su vida. Se vio reflejado en el cristal de la televisión: un hombre de mediana edad, con algo de ojeras, con las tragedias típicas; con esa fatiga de quien ya no espera milagros, pero todavía no se ha resignado del todo.

—No quiero dinero —dijo.

Ella ladeó la cabeza, como si no entendiera el idioma.

—Todos queréis dinero.
—No —insistió Daniel—. Ni poder. Tampoco… No disfrutaría vengándome de nadie.

Un destello de irritación le cruzó el rostro de Nara.

—No juegues conmigo. He escuchado juramentos, plegarias y mentiras durante siglos.

Daniel apretó el cuchillo hasta notarlo de verdad. Luego lo dejó sobre la mesa, lejos de ambos.

—Quiero… —se quedó sin palabras. Le sorprendió lo difícil que era decirlo en voz alta—. Quiero recuperar la ilusión que tenía de niño. Aunque sea un rato. Quiero… volver a creer.

Ella se quedó inmóvil.

El árbol siguió parpadeando. La televisión siguió hablando de futuro, esperanza, unidad; palabras repetidas en miles de salones esa noche.

—Eso no es un deseo —respondió ella—. Es una herida.
—Llámalo como quieras.

—Puedo levantar piedras que no se han movido desde antes de vuestra memoria. Puedo secar mares. Puedo poner un palacio en cualquier lugar —su voz bajó—. Pero no puedo fabricar una emoción. No puedo meterte dentro lo que ya no está.

Daniel notó una punzada extraña.

—Entonces no hay trato —dijo, más para escucharse que por desafiarla.

Nara lo miró con una dureza nueva.

—Hay trato porque yo lo digo. Tú has abierto. Yo concedo. Esa es la ley.

Daniel negó con la cabeza.

—No me sirve una mentira bonita.

Por primera vez, en el rostro de ella apareció algo parecido a desconcierto.

—Los humanos pedís mentiras bonitas todo el tiempo.

Daniel casi rió. Casi.

—Puede ser. Pero ya ves que no es el caso.

Ella se apartó y recorrió el salón como si explorara una trampa. Se detuvo ante un altavoz negro en la estantería.

—¿Qué es eso?
—Alexa —dijo Daniel, con un pudor sin sentido—. Es como una asistente.

Ella se inclinó, como si escuchara dentro.

—¿Otra como yo? ¿Encerrada?
—No. Es… una máquina. Verás. ¡Alexa! ¿Qué día es hoy?

Una voz neutra respondió desde la caja:

—Hoy es 24 de diciembre.

Nara retiró la mano del altavoz.

—Tenéis bocas que hablan sin alma —dijo—. Peor.

Daniel levantó las manos.

—No es un esclavo. Es una herramienta.
—Las herramientas son lo que usáis para no mirar vuestro propio vacío.

Daniel no supo responder. Porque, aun siendo injusta, la frase rozaba algo verdadero.

La noche siguió sin amenaza. No hubo humo devorando el salón. Hubo, en cambio, intentos.

Ella materializó una naranja perfecta sobre la mesa. Luego un tren de madera como el que Daniel recordaba vagamente de una foto de cuando era pequeño. También hizo caer nieve dentro del salón sin que el suelo se mojara: copos que descendían despacio, como si bailaran en círculos, y se deshacían en luz antes de tocar nada. Hizo que oliera a pino de bosque profundo y, durante un segundo, a la cocina de su abuela. Puso en el aire un villancico viejo sin altavoz, como si el sonido naciera de las paredes.

Daniel lo miró todo con atención tranquila. Sonrió una o dos veces, como se sonríe a un regalo bien elegido. Pero el gesto no cuajó. Algo en el pecho seguía sin encenderse.

—No… —dijo él, con cuidado—. Es precioso. Pero no… no es eso.

Ella apretó los labios. Su orgullo no era teatral, era parte de su estructura.

—Eres el primero en tres mil años que rechaza lo que le doy.
—No lo rechazo. Solo… no es lo que pedí.

Daniel se quedó callado un momento. Luego, como quien deja algo frágil sobre una mesa, dijo:

—Quizá lo que pedí no se puede traer…

Ella lo miró y Daniel vio en sus ojos una sombra que no era maldad: era cansancio.

Pasaron los días entre Navidad y Año Nuevo con una extraña rutina doméstica. Nara se movía por el piso como una llama que aprende a no quemar. Daniel hizo cosas pequeñas: ordenar libros, tirar papeles viejos, limpiar un cajón que no abría desde hacía años.

Una tarde, ella señaló el móvil de Daniel.

—Esa cosa te llama aunque no la mires —dijo—. Te ata.
—Es… parte del mundo actual—respondió él.

—Quieres desaparecer —dijo ella, como si lo oliera.

Daniel se quedó quieto.

—A veces —admitió—. A veces pienso que sería más fácil si nadie supiera de mí.

Ella sonrió por primera vez, pero fue una sonrisa peligrosa.

—Eso sí puedo hacerlo. Quemar tu rastro. Borrar tu nombre. Convertirte en nadie.

Daniel imaginó su vida sin mensajes, sin fotos, sin huellas. No solo su vida: la forma en que los demás lo guardaban. Vio, de golpe, la consecuencia real: no libertad, sino vacío total.

—No —dijo, sorprendido por su propia firmeza—. No quiero ser nadie. Lo que quiero… es dejar de sentirme al margen.

La sonrisa de Nara se apagó. La decepción en ella fue casi humana.

—Siempre volvéis a lo mismo —dijo—. Queréis cambiar la jaula, no salir del animal.

Daniel respiró.

—Quizá no se sale. Quizá solo se aprende a vivir dentro sin pudrirse.

Ella lo miró durante un buen rato. Daniel esperó el castigo. Había un momento, suspendido en el aire, en el que ella podría devolverle cada egoísmo visto en otros hombres, como si Daniel fuese representante de todos. Se notaba que lo deseaba: que necesitaba que el mundo fuese simple, que un humano fuese culpable de algo para justificar su dureza.

Pero Daniel no había pedido nada para ganar a costa de nadie. Ni siquiera pedía olvidar.

Ella abrió la boca… y la cerró.

Ese fue el desarme: no un abrazo, no una declaración, sino una renuncia mínima al golpe fácil.

El 5 de enero de 2026, Madrid se preparó para la Cabalgata de Reyes como quien prepara una escena repetida mil veces que, sin embargo, sigue funcionando. Daniel bajó a la calle sin saber muy bien por qué. No tenía hijos, tampoco sobrinos, pero su vecina, una mujer con dos críos, le pidió que le sujetara un rato las mochilas mientras ajustaba bufandas y rescataba guantes perdidos.

—Si quieres, ven —le dijo—. Así no me peleo sola con ellos.

Daniel dijo que sí antes de pensarlo.

Nara lo siguió. Modificó ligeramente su apariencia para parecer completamente humana, aunque seguía conservando sus exóticos rasgos, pelo negro, ojos miel claros y brillantes, piel morena. Parecía una extranjera muy exótica de no se sabe qué lejano país. Aún así, curiosamente, no llamaba demasiado la atención.

La calle estaba llena. Olor a algodón de azúcar, a castañas, a humo de puestos. Música y gritos de entusiasmo. Luces por todas partes: iluminación navideña, farolas, pantallas de móviles. Nara se tensó al principio, como si aquel “fuego frío” fuese una amenaza.

—¡Aquí viene el rey! —gritó un niño detrás de Daniel, con convicción absoluta.

Ella giró la cabeza, alerta. Daniel vio cómo se le endurecía la mirada.

—No es el rey Salomón que te encerró, claro —susurró él—. Son los Reyes Magos. Es un juego para que los niños disfruten… bueno, y los mayores también.

—Los juegos son juramentos disfrazados —respondió ella.

Entonces aparecieron las carrozas. Melchor, Gaspar, Baltasar: coronas, capas, luces, música, caramelos volando como una lluvia absurda y feliz. Los niños gritaban nombres como si invocaran dioses domésticos. Los adultos levantaban los móviles, pero en los rostros había una suavidad distinta, una tregua.

Nara observó. Ella no miraba las carrozas como espectáculo, miraba a los niños. Miraba manos extendidas, fe pura, sin malicia. Miraba cómo la alegría se contagiaba sin exigencias, como una llama que no consume.

—No temen —dijo ella, casi para sí misma.
—No —dijo Daniel—. Por eso funciona.

Un caramelo golpeó el abrigo de Daniel. Un niño se agachó, lo recogió y se lo dio a su hermana sin pensarlo. Daniel, sin saber por qué, sintió algo en el pecho: no tristeza, sino un calor que, de tan cálido, casi resultaba incómodo, como si algo que llevaba años dormido quisiera moverse.

Ella notó lo que le estaba pasando.

—Eso —dijo—. ¿Lo sientes?

Daniel no contestó al principio. Tenía miedo de que se terminara si lo nombraba.

—Un poco —admitió.
—No lo he hecho yo —dijo ella, y en su voz hubo algo nuevo: sorpresa y respeto.

Daniel miró alrededor: la vecina riendo cansada, los niños pegados a la valla, la ciudad entera sosteniendo, por un rato, una mentira compartida que no dañaba a nadie. Una mentira que, curiosamente y de algún modo, decía verdad.

—Quizá no era cuestión de que alguien me lo diera —dijo—. Quizá era cuestión de estar aquí.

Nara observó la escena como si fuese un rito incomprensible aunque muy agradable.

—Vuestro poder no está en vuestra tecnología —dijo, y ya no sonó al desprecio que al principio mostró hacia los humanos—. Está en esto que sostenéis sin verlo.

Daniel la miró dibujando una leve sonrisa.

Volvieron tarde. Subieron en silencio. Daniel sintió, sin entender del todo, que el salón estaba menos vacío.

En la chimenea vieja, apagada desde hacía años, quedaba el recuerdo del hollín y del frío. Daniel se agachó y buscó lo poco que tenía: un par de troncos que había comprado sin intención, unas pastillas de encendido olvidadas en un cajón. La primera llama prendió con dificultad y tosió humo.

—Déjalo —dijo ella.

No hizo un gesto grande. No quiso dominar. Solo ofreció calor.

Extendió la mano hacia la boca de la chimenea. La llama cambió. Se volvió azul, estable, silenciosa. No una hoguera, sino una presencia.

Daniel se sentó en el suelo frente a ella.

—¿Te vas a ir? —preguntó, como quien pregunta algo cuya respuesta teme escuchar.
—Podría —dijo ella—. Podría volver a donde no hay luces extrañas, ni Reyes, ni cajas que hablan sin alma. Podría volver a ser solo fuego, orgullo y poder.

Daniel asintió sin decir nada. No quería retenerla con un deseo.

Nara miró el árbol parpadeante, como si se mirara a sí misma en una forma nueva.

—Pero aquí puedo estar a plena vista y nadie me ve. Puedo existir sin cadenas —dijo—. Y he visto algo en la humanidad… que… no había podido ver antes.

Daniel la escuchó, inmóvil.

—No concedí tu deseo —dijo ella.
—No —respondió Daniel.
—Aun así… te he visto encenderte un instante. No por mí. Por ellos.

Daniel tragó saliva. En su memoria, una mano de niño entregando un caramelo; la fe como algo concreto, pequeño.

—Sí —dijo—. Aunque no sé si durará.

Ella se quedó quieta. Luego, como si tomara una decisión difícil, dijo:

—No puedo fabricarte la ilusión. Pero puedo custodiar el lugar donde crece. El calor. La historia. El gesto. Mientras alguien cuente, mientras alguien crea por un rato… yo puedo mantener la llama.

—Entonces quédate —dijo Daniel, y no sonó a orden. Sonó a invitación.

La llama azul se hizo más grande, como respondiendo por ella.

A la mañana siguiente, alguien llamó a la puerta. Era la vecina, con cara de no haber dormido lo suficiente y una bolsa de caramelos arrugada.

—Te dejaste esto —dijo, y le tendió las mochilas.

Los niños asomaron detrás. Entraron dos pasos, mirando el salón como si fuese un lugar nuevo. Uno señaló la chimenea con la llama azul, sin sorpresa, como si lo raro ya viniera incluido en esas fechas.

Luego miró a Nara y preguntó sin malicia:

—¿Entonces ella quién es? —preguntó el pequeño.

Miró a Daniel, miró a Nara y, con la lógica simple de los niños, remató:

—¿Es tu novia?

Daniel se quedó un segundo sin saber qué decir. Luego soltó una risa breve, más sorprendida que divertida.

—No. No es mi novia.

Miró a Nara. La llama azul sostuvo su pulso, estable.

—Es… una amiga.
—¿De las de verdad? —insistió la niña, con los ojos fijos en el fuego.
—De las de verdad —respondió Daniel—. De las que se quedan cuando hace frío.

Los dos se sentaron en la alfombra sin que nadie se lo pidiera. Daniel carraspeó, como si abriera un libro.

—Vale —dijo—. Os voy a contar por qué hay una llama azul en mi casa.

Y empezó a contar la historia de un deseo que parecía imposible.

El traductor de silencios

En el futuro, las inteligencias artificiales parecían poder hacer casi cualquier cosa. Como si la vida tratase de igualar fuerzas, comenzaron a aparecer seres humanos con habilidades extraordinarias, psíquicas y sensoriales. Esto hizo que surgieran nuevas actividades y profesiones que tenían más que ver con lo profundo de lo humano, con su espíritu.

Entre ellas, apareció un oficio peculiar: lo llamaron «traductor de silencios». Estos terapeutas eran capaces de escuchar profundamente a los pacientes, especialmente sus silencios, sus pausas, el peso y significado de lo no dicho, las grietas entre frases. No leían los labios, no analizaban las palabras. Donde las máquinas prácticamente apenas podían inferir ante la casi ausencia de datos, estas personas eran capaces de percibir historias enteras.

Samuel siempre había tenido la sensación de que el silencio era como un animal vivo; a veces jadeaba, a veces se hacía una bola, otras se tumbaba a su lado y le lamía la mano. Había pasado mucho tiempo escuchándolo… clasificándolo, dándole nombres y explicando su esencia.

Ya pasado el ecuador de su vida, era uno de los últimos traductores de silencios en una época en que casi todo lo emocional se dejaba en manos de profesionales de la salud mental basados en inteligencia artificial.

Una mañana, el silencio de su piso era diferente. No era el silencio cómodo del café ni el silencio neutro de un miércoles cualquiera. Era un silencio pegajoso, de esos que avisan de que algo del pasado va a volver. Lo notó en la nuca mientras abría el correo.

Mensaje de otra terapeuta, una traductora de silencios que no conocía. Pocas palabras, un archivo adjunto y un pequeño texto:

“Estoy tratando a una paciente con una depresión muy profunda. No consigo llegar a ella, no puedo interpretar su silencio. Si tú puedes sentir algo, te agradecería que me ayudaras.”

Sesión en consulta. Cinco minutos de grabación en vídeo. La ficha decía: mujer, 44 años. La terapeuta le hacía preguntas, pero la paciente apenas respondía y guardaba silencio.

Samuel se colocó los auriculares. Aunque para la mayoría aquello era solo un vídeo, para alguien como él el tiempo y el espacio son irrelevantes: la grabación no es más que un «puente» para conectar. La ciencia había intentado explicar el don de los traductores de silencios hablando de «campos mórficos» —un lugar cuántico donde reside la memoria de lo vivo—, pero a Samuel le sobraba la teoría: él simplemente sabía, podía conectar. Podía conectar con la historia, sentimientos u otros detalles de cualquiera al otro lado de una pantalla igual que si estuviera en la misma habitación.

Comenzó a ver el vídeo. Primero escuchó el ruido ambiente: el leve zumbido de los fluorescentes, el crujido de una silla, la respiración de la terapeuta, apenas unas palabras de la paciente y… el silencio.

Miró con atención los gestos de la paciente… nada significativo. Volvió a poner el vídeo desde el principio, pero cerrando los ojos. Esperó a sentir al animal, pero no…

No había miedo, no había rabia comprimida. Ni tristeza. Tampoco resignación. Era un silencio sin cuerpo, sin límites. Era profundo, perfecto… como si la paciente no estuviera allí.

Samuel frunció el ceño. Volvió a ver y escuchar el vídeo con toda la atención de la que era capaz, tratando de conectar. Ese silencio inconmensurable lo desconcertó más que cualquier tormenta que hubiera oído en otros pacientes. Se quitó los auriculares y el silencio de su piso lo golpeó de nuevo, amplificado. Y entonces, sin quererlo, le vino a la memoria otra habitación, otra noche, otro silencio. Alba, de espaldas a él, mirando por la ventana.

La vio nítida: la camiseta oscura, su melena rubia a medio peinar, la luz amarillenta de las farolas marcando su silueta. Estaba en silencio. No solía decir nada cuando algo le dolía o se encontraba mal. Alba se recogía en sí misma igual que un animal que se hace un ovillo para aguantar el golpe.

—¿Qué te pasa? —le preguntó aquella noche, años atrás.

Ella había hecho un gesto mínimo con los hombros.

“Nada.”

Samuel reconoció aquel “nada” como quien reconoce un idioma extranjero que no domina. Porque con Alba, su don siempre fallaba. Quizás era el ruido de sus propios sentimientos lo que interfería en la señal, pero nunca pudo ver sus problemas con claridad, solo intuirlos borrosamente. «Silencio evitativo», pensó entonces. «Defensa». Al no poder traducir su silencio real, había intentado interpretarla desde la teoría: fobia al conflicto, miedo al abandono… etiquetas de manual.

El último recuerdo que tenía de ella era su espalda inmóvil. Al amanecer, la cama estaba vacía. Alba se fue con su maleta pequeña y su silencio enorme. Él, con una mezcla de orgullo y miedo, le dio permiso guardando silencio. Nunca fue a buscarla. Durante años se repitió muchas veces a sí mismo que algunas personas simplemente no querían ser entendidas.

Ahora, el silencio de la paciente de la grabación lo llevaba de vuelta a aquel episodio de su vida, pero amplificado, como si alguien hubiera puesto el silencio de Alba arrancándole también la última brizna de emoción.

Volvió con el vídeo desde el principio. Seguía sin captar nada… Eso, más que asombro, le dio miedo.

Aceptó el caso. No por la terapeuta, sino por ese miedo, quería saber qué clase de persona podía producir un silencio así. Quedaron en la consulta unos días después.

Al llegar, la terapeuta presentó a Samuel a la paciente y se retiró discretamente, dejándoles la habitación como si cerrara una urna.

—Gracias por venir —dijo él, tendiéndole la mano.

La mujer le devolvió el apretón ni fuerte ni débil. Tenía los ojos apagados, la cara suave, un gesto educado.

—Soy Samuel —añadió—. Soy uno de los pocos traductores de silencios que hay.

Ella asintió.

—Yo soy Alma —dijo al fin.

Samuel parpadeó. «Alba. Alma.» Una letra de diferencia. La vida a veces ni se molestaba en cambiar de nombre para repetirle la misma lección, pensó. Y, por si fuera poco, su nombre, «Alma»… precisamente no había podido sentir ni rastro de su alma en aquel vídeo. Le pareció una broma del destino cargada de ironía.

Se sentaron. Durante los primeros minutos hablaron de cosas sin mayor importancia: trabajo, horarios, cómo ella había conocido a la terapeuta. Alma contestaba bien, con frases breves pero claras. El problema no era su capacidad para expresarse.

—¿Te importa si volvemos al momento en que te quedaste en silencio la otra vez? —preguntó Samuel—. Quiero tratar de traducir ese silencio para saber qué sucede en tu interior.

Alma respiró un poco más hondo. Esa respiración, apenas más larga, fue la señal. Se hizo el silencio.

El mismo vacío que en la grabación. La nada perfecta. Samuel estaba desconcertado. No importaba cuánto se esforzase, su don seguía sin poder traducir ese silencio…

Finalmente, optó por dejar en pausa su don y usar métodos más ortodoxos para tratar de llegar al fondo de este misterio. Ahora que la tenía delante, notó el leve endurecimiento de la mandíbula, el pulgar frotando el borde de la uña, la mirada que se quedaba mirando a un punto fijo de la pared.

Lo conocía. Lo había visto en Alba. Era la coreografía de quien se encierra para no sentir. Solo que en Alma algo se quedaba fuera: no asomaba ni una sola gota de emoción por las grietas. Lo que él percibía no era un muro: era un apagón.

De repente, sintió el zumbido característico detrás de la frente. Samuel lo notó como se percibe el primer olor a lluvia después de una sequía. Esa gota mínima valía más que todos los informes del mundo.

Su don encontró una grieta. Le llegaron imágenes destellantes, sensaciones ajenas: hace muchos años la paciente sufrió una manipulación severa… alguien la había roto para luego reconstruirla así. Pudo empatizar con ella de golpe. En su cabeza se mezclaban sensaciones… Alba/Alma… evitación/apagón…

Se quedaron así, en silencio, un buen rato. A él se le secó la boca, no estaba acostumbrado a estar tan dentro del silencio.

Samuel percibió algo en Alma: un temblor casi invisible en la comisura de la boca. Como si una emoción intentara nacer y chocara contra algo. Ese temblor le atravesó como un cuchillo, porque era justo lo que nunca había querido ver en Alba.

Cuando terminó la sesión, Alma se despidió con educación.

—Gracias por intentar ayudarme —dijo, ajena a lo que Samuel había podido lograr.

Esa noche abrió un informe adicional que le había enviado la terapeuta. Se confirmó lo poco que había podido traducir de su silencio en la sesión. El informe explicaba que Alma, de adolescente, había participado en un programa experimental para pacientes con angustia severa. Un tratamiento que, según la jerga de la época, ayudaba a “modular la respuesta emocional frente a estímulos negativos intensos”. Es decir: alguien había enseñado a esa chica a desconectarse para no sufrir, algo así como apagar las luces en la sala de control.

Samuel siguió leyendo. Había testimonios de otros pacientes: dificultad para registrar lo que sentían, para nombrarlo, para sostenerlo… Algunos hablaban de “espacios en blanco” dentro de ellos mismos. El programa fue cancelado años después. Cerró el archivo.

Pensó en su ex, Alba. Ella nunca estuvo en ningún programa experimental. Lo suyo era más sencillo y más complejo a la vez: una educación en la que llorar era peligroso, discutir era como una amenaza, mostrar enfado era insubordinación. Aprendió a tragar, a bajar la mirada, a callar.

Samuel se vio a sí mismo, años atrás, frente a ella.

—No pasa nada, de verdad —decía Alba, cuando él notaba algo raro.

Él, en lugar de ir hacia ella y abrazarla o simplemente mostrarle que estaba a su lado, se quedaba inmóvil. Escuchaba el silencio de ella tratando de traducirlo, pero no lograba conectar, así que tenía que interpretarla a medias y como podía. Llegaba a la conclusión de que, aunque no podía traducir bien su silencio, sí sabía qué tipo de evitación era y lo que le pasaba. Más o menos tenía un «mapa»… pero no lo seguía para llegar a ella. No se implicaba del todo.

Le gustaba creer que su don era empatía. Esa noche se dio cuenta de que, a veces, su don era una forma de control. Presentir las profundidades de los demás le permitía mantenerse en la orilla, sin mojarse con lo propio.

La verdad le cayó encima con una claridad agobiante: tal vez Alba se marchó porque era inaccesible, sí, pero en parte esa huida podría tener que ver con que él no había entrado del todo.

Alma, ahora, le enseñaba el mismo mecanismo, pero llevado al extremo por un experimento médico. Era el mismo animal, pero diseccionado.

El nombre se le repitió por dentro, como un eco:

Alba.
Alma.

Una letra de distancia entre la luz que no se atrevió a mirar y la ausencia que ahora lo obligaba a hacerlo.

Volvió a ver a Alma con la decisión de hacer algo distinto. No tocó la libreta. No abrió ninguna app de grabación en su móvil. Se sentó frente a ella, respiró, y dijo:

—Hoy no quiero intentar traducir tu silencio ni analizarte. Solo quiero estar aquí, contigo, ¿te parece?

Ella lo miró, desconfiada.

—¿Y eso para qué sirve?

Buena pregunta. Samuel no tenía una respuesta técnica.

—Para que no estés sola en eso que no sientes —dijo, sorprendiéndose a sí mismo con sus propias palabras.

Alma frunció ligeramente el ceño. No estaba acostumbrada a que hablaran de ese “no sentir” como si fuera algo real.

Se hizo el silencio.

Durante un rato, Samuel simplemente se dejó fluir por esos instantes. Le sudaban las manos. La silla se le hizo incómoda. Una parte de él gritaba que llenara el vacío con preguntas. Minutos después, la parte más instintiva de él, le hizo pronunciar una.

—Cuando eras adolescente —dijo lentamente—, ¿recuerdas la primera vez que quisiste apagarlo todo dentro?

No hubo respuesta verbal. Pero Alma respiró de golpe, como si hubiera tragado agua. El temblor en la comisura apareció de nuevo, más largo esta vez. Sus ojos se enturbiaron unos segundos antes de vaciarse de nuevo.

No lloró. No habló. No se derrumbó. Pero durante un pequeño instante, hubo algo. Hubo una conexión consigo misma.

Y algo en él se movió también. Porque para llegar hasta esa microgrieta había tenido que estar dentro del silencio con ella, no al margen. Había tenido que aguantar su propio miedo, su propia impaciencia, su propia tentación de refugiarse en el rol de experto.

Al final de la sesión, Alma no dijo gran cosa. Solo esto:

—Hoy ha sido distinto. No sé por qué.

Él sí lo sabía. Pero no lo explicó. No era momento de traducir. Era momento de sostener.

—Si quieres, la próxima vez volvemos a quedarnos en lo que no sabes —propuso.

Alma asintió.

Por primera vez, su silencio no era un apagón perfecto. Se había encendido una pequeña luz, preludio de una mucho mayor.

Esa noche, Samuel reabrió una conversación que llevaba años evitando: la de Alba.

Encontró su nombre en su lista de contactos, con esa sensación extraña de ver a alguien que ya no pertenece a tu vida, pero que sigue ocupando un espacio en tu móvil. Dudó. Podía borrar el contacto. Podía dejarlo para otro día. O podía no hacer nada, como la última noche con ella.

En lugar de eso, escribió.

“Hola Alba. Han pasado muchos años. No sé si te molestará que te escriba. Solo quería decirte que no supe verte y que lo siento.”

Borró el mensaje y volvió a empezar. No quería sonar terapéutico ni noble. Solo quería ser honesto.

“No supe estar contigo. Escuché tus silencios como problemas que había que explicar, no como el dolor de alguien que quería sentirse segura. Me escondí detrás de entenderte y no me impliqué del todo. Lo siento. No espero respuesta, solo quería que lo supieras.”

Lo releyó tres veces. Seguía doliendo, pero era un dolor limpio. Lo envió.

El mensaje salió disparado como una piedra que por fin cae. Samuel apoyó el móvil boca abajo sobre la mesa y se quedó ahí, en el silencio posterior, con el corazón golpeándole las costillas.

Se dio cuenta de que estaba haciendo lo que había hecho aquella tarde con Alma: quedarse dentro del hueco, sin huir.

Pasó una hora. Y otra. La noche avanzó y el móvil no vibraba. Parte de él sintió alivio. Otra parte, miedo. Se durmió tarde, con el cuerpo rígido y el pensamiento dándole vueltas.

A media mañana del día siguiente, mientras esperaba el metro, el móvil vibró. Un mensaje. Lo abrió con la boca seca.

“Hola, Samuel. No me molesta, al contrario. A mí también me costaba saber cómo decir las cosas, y lo siento. Me alegra saber de ti. Cuídate.”

Y nada más. Ni reproches. Ni explicaciones. Ni puertas abiertas. Solo esa palabra al final: «cuídate».

Samuel leyó el mensaje varias veces. Intentó, por reflejo, analizarlo: ¿era afecto? ¿era cortesía? ¿era cierre? ¿era algo mixto?

Entonces, paró. Decidió no intentar traducir. Se dejó tocar por el calor sencillo de esas palabras. Se dio cuenta de que, en realidad, no necesitaba más.

Guardó el móvil en el bolsillo. Miró a su alrededor. El silencio de su cabeza ya no era un pozo, se parecía más a una habitación limpia y ventilada.

Cuando salió a la calle, la ciudad sonaba igual que siempre: coches, voces, el timbre de una bici, una discusión en un balcón. Pero algo había cambiado en la manera en que él escuchaba.

Seguía oyendo los silencios: el de la pareja que caminaba sin mirarse, el del hombre que fumaba solo apoyado en una farola, el de la niña que observaba un perro como si fuera un milagro.

Todo eso lo había oído siempre. La diferencia era que ahora también se escuchaba a sí mismo.

Había un hueco dentro, sí. Pero ya no estaba forrado de miedo y excusas. Ese hueco era un lugar habitable donde podían entrar cosas nuevas.

Alba era pasado. Alma, presente. Ambas, de alguna forma, lo habían obligado a dejar de mirar los silencios desde la puerta y atreverse a cruzar el límite.

Samuel caminó un rato sin rumbo, dejando que la ciudad respirara a través de él. No tuvo ninguna revelación grandiosa. No sintió que su vida cambiara de golpe. Lo que sintió, más bien, fue algo modesto y gigantesco a la vez: por primera vez en muchos años, estaba dentro de su propia historia.

Y eso, en el lenguaje que él conocía, sonaba a paz. A una paz tímida, imperfecta, pero verdadera.

Una paz que, curiosamente, hacía menos ruido que cualquier silencio.

Conversación al amanecer con Superman (2025)

Aviso: Lo que vas a leer es una obra de ficción inspirada en Superman
(en su versión cinematográfica de 2025),
ambientada de forma especulativa en un tiempo posterior.
Imagina cómo respondería el personaje en el mundo real.
Superman es propiedad de DC Comics / Warner Bros. Entertainment.
Este texto NO tiene vínculo oficial con dichas entidades.
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Azotea. Amanecer. La ciudad bosteza y las ventanas empiezan a encenderse como hogueras discretas. Él llega sin ruido: botas que apenas tocan el suelo, capa tranquila, mirada serena. Sin pose, sin dobleces. Solo está.

Nos saludamos, tenemos una breve y amable conversación y poco después…

Empiezo la entrevista.

Javier: Dicen que la bondad está pasada de moda. ¿Por qué insistir?
Superman: Porque no hay una mejor alternativa. El cinismo funciona como un analgésico: quita el dolor un rato y te hace olvidar su causa. Ser bueno, tener una actitud noble, no es sonreír en todas las fotos o cuidar las apariencias, es la disposición de querer el bien de los demás y actuar para promoverlo, tratar de mejorar las cosas cuando se puede, y rendir cuentas cuando se comete un error. Esto no pasa de moda.

Javier: Hablas de rendición de cuentas. Suena poco «superheroico»…
Superman: Es lo más heroico que conozco. El poder sin control es infantil. Yo hago de mi código un modo de actuar: vidas primero, mínima fuerza necesaria, cooperación, análisis y reencuadre cuando las cosas no salen bien. Si algo sale mal, busco el modo de hacerlo bien. No necesito tener razón, necesito que la gente esté más a salvo mañana que hoy.

Javier: ¿Quién vigila a quien puede detener al mundo con una sola mano?
Superman: La conciencia y la gente. No me coloco por encima de nadie: me someto a mis propias reglas y a la mirada de quienes confío que me digan la verdad incluso cuando no me gusta. Si en algún lugar creen que he cruzado una línea, pueden pedirme explicaciones y voy a responder. Mi poder no me absuelve de rendir cuentas, todo lo contrario, me obliga a hacerlo.

Javier: Si alguna vez te equivocases gravemente, ¿cómo querrías que la humanidad te juzgara?
Superman: Con firmeza y con justicia, no con miedo. Que revisen los hechos, mis intenciones y, sobre todo, lo que hago para reparar el daño. Pediría un estándar alto, porque el poder exige más, y también querría tener la oportunidad de rectificar o enmendar el error.

Javier: ¿Qué piensas cuando ves que el miedo a tu poder pesa más que tus actos?
Superman: Entiendo ese miedo: la historia muestra cuántas veces se abusa del poder; por lo tanto, enseña a desconfiar en este sentido. Mi respuesta no puede ser exigir confianza sin más, he de merecerla actuando cada día con honor. Si el miedo tarda en irse, persistiré en esta actitud.

Javier: ¿Existe un «no matar» absoluto en tu código?
Superman: Existe un «último recurso» muy exigente. Una de mis reglas es daño mínimo. Si puedo detener sin destruir, lo hago. Eso alarga algunas peleas y a veces me critican por ello. Lo acepto. Prefiero una queja por prudencia que una vida perdida.

Javier: ¿No te vuelve previsible esa actitud? Un villano podría utilizar contra ti tu autocontrol.
Superman: Sí. Y me parece precio asequible por vivir en un mundo donde predecir mi ética protege a inocentes. Ser previsible por tus principios no es debilidad, es fortaleza.

“Ser previsible por tus principios no es debilidad, es fortaleza”.

Javier: Actualmente la reputación compite con la verdad. ¿Cómo no obsesionarse con la imagen?
Superman: Aceptando que la imagen es meteorología y la verdad es geografía. El clima cambia y el terreno está ahí. Puedo perder una batalla de titulares y, aun así, rescatar a quien está atrapado en un andamio. La reputación se construye con hechos, no con «imagen». Todo lo demás son solo opiniones, bulos, ruido… y son volátiles.

Javier: ¿Y cuando esas opiniones o bulos se organizan para intentar destruirte?
Superman: Sigo con mi labor. Salvo a quien me necesita. No se puede negociar con las opiniones, ni con los bulos, pero sí blindar hábitos: no entrar al trapo ni responder desde la humillación. Cuando fallo, lo acepto y trabajo por mejorar. La gente distingue la imperfección honesta de la mala fe.

Javier: ¿Qué te ha enseñado la desinformación?
Superman: Que el mal no siempre se disfraza de monstruo. A veces se disfraza de broma, de montaje cuidado… El antídoto no es sermonear, es hacer preguntas que cuestionen esa «información», explicar cómo se fabrica un bulo, cómo se verifica una fuente, cómo funciona la manipulación en general. Y no devolver fuego con fuego.

Javier: En un mundo saturado de pantallas, ¿crees que es necesario tener superpoderes para poder ver la verdad?
Superman: Por supuesto que no. Para verla, no es necesario tener rayos X [sonríe], sino verificar, escuchar, comparar… no conformarse con la primera información que nos llegue, y no dar por bueno lo que sea solo porque la fuente es aparentemente confiable. Sí, los superpoderes ayudan a llegar antes a ella, pero son inútiles si me conformo con cualquier cosa… La verdad se encuentra si se busca, a veces con tesón.

“La verdad se encuentra si se busca, a veces con tesón”.

Javier: ¿Qué opinas de la inteligencia artificial?
Superman: Es una herramienta muy poderosa, y como toda herramienta, los resultados que se pueden obtener con ella dependen del propósito con que se utilice, tanto en su creación, los sesgos que se le programen, el tipo de información con la que se entrene, como en su utilización, el «para qué» o con qué objetivo se utilice. Si esta decide por nosotros sin valores, tendremos eficiencia sin humanidad. Prefiero sistemas que amplifiquen y complementen, no que sustituyan.

Javier: ¿Te preocupa que el heroísmo se haya vuelto una marca más?
Superman: Me preocupa cuando el símbolo eclipsa el servicio. El remedio es simple y exigente: medirnos por lo que repara vidas, no por lo que suma seguidores.

Javier: ¿Cuál es tu mayor vulnerabilidad?
Superman: Creer que puedo con todo, y no, nadie puede. Tardé un poco en asimilarlo. Necesito a mis seres queridos, y descanso, silencio, humor, amor… Y admitir que a veces la ira viene a visitarme. La clave no es no sentirla, es no basar mis decisiones en ella.

Javier: Puedes detener un meteorito, pero no erradicar la pobreza, la injusticia sistémica o el odio. ¿Cómo gestionas la frustración de no poder arreglarlo todo?
Superman: Bueno, como dije antes, me costó un poco asimilar que no lo puedo todo, pero mi función no es imponer un mundo mejor, es tratar de protegerlo para que sus habitantes tengan la oportunidad de hacerlo mejor ellos mismos. Aceptar eso no elimina la frustración, pero le da un sentido a mi labor.

Javier: ¿Cómo gestionas la culpa cuando no puedes salvar a alguien?
Superman: Recordando que no puedo salvarlos a todos. Reviso lo que hice, aprendo y continúo mi labor.

Javier: ¿Te cuesta más perdonarte a ti mismo que a los demás?
Superman: A veces… pero la experiencia me ha enseñado a poner algo así como reglas que me permiten manejarlo, como por ejemplo que podemos convertir un error en virtud si lo utilizamos para aprender y evolucionar. El perdón sin aprendizaje es coartada, y el aprendizaje sin perdón es condena. Camino entre ambos para mejorar y seguir sirviendo de la mejor manera posible.

Javier: Vale, pero… ¿y cuando te traiciona alguien cercano?
Superman: Pregunto, escucho, pondero… pongo límites. Perdono, especialmente si hay reparación y cambios constatables. Si se repite, me aparto. Estupidez, obviamente, no; compasión, sí, siempre.

Javier: ¿Hay alguna parte de ti que todavía no comprendas?
Superman: Sí. Hay silencios interiores que tardo en descifrar, pero con el tiempo he aprendido a aceptar que no es necesario entenderlo todo y a pedir ayuda cuando la necesito.

Javier: Estás rodeado de gente, pero eres fundamentalmente distinto a todos. ¿No sientes a veces una soledad insondable?
Superman: [Hace una pausa, mirando la ciudad que está despertando.] La soledad es una habitación en la que todos entramos a veces. La mía quizá tenga las paredes de un material distinto, pero aprendí que la verdadera conexión no viene de compartir un origen, sino de compartir destino y propósito. Mi hogar no es un planeta que ya no existe, es la mesa donde ceno con mis padres, las risas de mis amigos, la mirada de gratitud de un desconocido… Elijo «pertenecer», cada día. Esa elección es el mejor antídoto contra la soledad.

Javier: Aunque más o menos has respondido, me gustaría profundizar en esto. ¿Qué te sostiene cuando golpean muy fuerte en tu reputación o sufres una gran derrota?
Superman: Un perro que me salta encima cuando llego a casa. [Sonríe.] Y recordar de quién aprendí: dos personas que me enseñaron que ser decente es una elección, no un talento. A veces voy a un lugar frío y ordenado donde puedo descansar y pensar, y vuelvo más fuerte y centrado.

Javier: Hablemos de fuerza y cuidado. ¿Te incomoda el término «masculinidad cuidadora»?
Superman: No, aunque no me gusta que la bondad o el cuidado a otras personas a veces se considere como algo «suave» o «blandengue». Cuidar es, precisamente, lo más difícil y lo que requiere más fuerza interior. La fortaleza que me interesa no es la que rompe muros, sino la que procura hacer las cosas bien y mantiene promesas cuando nadie está mirando.

«La fortaleza que me interesa no es la que rompe muros, sino la que procura hacer las cosas bien y mantiene promesas cuando nadie está mirando».

Javier: ¿Qué has aprendido de quienes no tienen poderes?
Superman: Me recuerdan que la fuerza más transformadora no es volar, es perseverar sin que nadie aplauda. La veo en quien abre su tienda cada día, en quien cuida a alguien enfermo, en quien pide perdón. Yo puedo levantar una montaña, pero los humanos comunes son los que realmente sostienen el mundo.

Javier: ¿Qué te conmueve?
Superman: Sin duda, toda muestra de bondad y afecto… Creo que lo puedo resumir con las palabras amor incondicional, gratitud… Las personas pobres que comparten lo poco que tienen; alguien que ayuda a cruzar la calle a un anciano, las personas que ayudan a quienes lo necesitan sin esperar nada a cambio… Mis poderes me permiten observar muchas más escenas que a la mayoría, y si pudieras observar lo que yo puedo ver, te sorprenderías de la cantidad de personas buenas que hay en el mundo, en contraposición a lo que parece… Esas escenas me devuelven al origen de por qué hago lo que hago.

Javier: ¿Tienes fe en la humanidad… o amor por ella?
Superman: Ambas, pero especialmente amor. Este amor empezó con mis padres adoptivos: no he podido ser más afortunado de que me criaran unas personas tan nobles. Aunque con mi labor he conocido personas totalmente ajenas a lo bueno, sé con certeza que hay mucha bondad en este mundo.

Javier: Al ver cómo actúa la gente en ciertas ocasiones y ante ciertos hechos, ¿no pierdes alguna vez la esperanza con la humanidad?
Superman: A veces se agrieta, claro… Pero la esperanza, para mí, no es una emoción que dependa del titular del día: es un hábito. Cuando me decepcionan, recuerdo todas esas personas que tratan de enmendarse o que hacen lo posible por actuar dignamente. Y continúo. Si dejara que lo peor tomara el control, dejaría de ser justo con la humanidad.

Javier: Se podría decir que eres un «inmigrante» al venir de otro planeta. ¿Cómo encaja eso en tu relación con este mundo?
Superman: En este mundo, como ya he dicho, unas personas maravillosas me acogieron, me dieron un hogar, amor… me dieron una vida con valores de bondad y servicio a los demás. Aunque parece que mis padres biológicos pretendían que yo hiciera cosas muy cuestionables, elijo ser un humano más; eso sí, uno con poderes que permiten ayudar en situaciones que la mayoría no puede.

Javier: Siempre ofreces una segunda oportunidad, incluso a tus peores enemigos. ¿De verdad crees que todo el mundo es redimible?
Superman: Creo en el potencial para la redención, que no es lo mismo que creer que todos cambiarán. Ofrecer una oportunidad no es un acto de ingenuidad, es un acto de fe en lo que la humanidad puede llegar a ser en su mejor versión. Cerrar esa puerta para siempre es una forma de rendirse, y esa no es mi mejor opción. Algunos nunca la cruzarán… pero la puerta debe seguir abierta, por ellos y por nosotros.

Javier: Vives sabiendo que puedes hacerlo casi todo y, aun así, no puedes detener el paso del tiempo. ¿Qué significa para ti envejecer, aunque sea más despacio que nosotros?
Superman: Me recuerda que cada día es irrepetible, incluso para alguien como yo. Me hace ser consciente de la importancia de la vida, de la repercusión de nuestras acciones y de cómo afectan en un sentido u otro a los demás. Viviré muchos más años que el ser humano más longevo, tal vez miles… pero no dejo de ser mortal. Curiosamente, este «exceso» de tiempo… saber que seguiré vivo mucho después de que mis seres queridos se vayan, me hace tomar más conciencia de lo importante que es hacer lo mejor por y para los demás.

Javier: ¿Hay algo que temas olvidar con el paso del tiempo?
Superman: Temo olvidar la sensación de ser uno más. Por eso trato de disfrutar al máximo de las personas que más amo cuando estoy con ellos. La memoria que más cuido es la de mis vínculos.

Javier: ¿La esperanza se entrena o se hereda?
Superman: Ambas. Se hereda de donde te enseñan a mirar el mundo con buena fe, y se entrena cada vez que eliges actuar aunque el resultado no esté garantizado. La esperanza no es optimismo ingenuo: es disciplina aplicada al futuro.

Javier: Si pudieras decirle algo al niño que fuiste, ¿qué le dirías?
Superman: Habiendo tenido unos padres tan buenos en todos los sentidos, poco podría decirle [mira al sol pensativo]. Tal vez, lo que le diría sería algo así como: «Lo que te hace especial no es tu fuerza, sino lo que haces. Ser distinto no te separa, te da más maneras de cuidar. Cuando no sepas cómo actuar, apóyate en tus padres y en lo que te enseñan».

Javier: ¿Qué significa, para ti, volar?
Superman: Libertad… y perspectiva. Ojalá pudiera transmitiros a todos la sensación al volar, y lo enorme y precioso que es el mundo.

Javier: ¿Qué te gustaría que quedara de ti cuando ya no estés?
Superman: Que muchas personas, en muchos lugares, decidan actuar con un poco más de bondad porque alguna vez me vieron elegirla.

Javier: ¿Cómo defines el éxito en general?
Superman: El éxito, en general, lo miro en dos planos. Fuera de mí: cumplí lo prometido, reduje o reparé daño, ayudé a alguien y he dejado algo mejor que ayer. Dentro de mí: fui honesto con el proceso, respeté mis límites (físicos, de tiempo, mis vínculos…) y aprendí algo que podré aplicar. Y aunque los avances sean pequeños, para mí eso es éxito.

Javier: ¿Te preocupa convertirte en un símbolo vacío?
Superman: No. Para mí lo importante es actuar con coherencia a mis valores.

Javier: ¿Qué le dirías a quien te llama ingenuo por pensar «bien» de las personas?
Superman: Me enfoco en el potencial positivo de las personas. Yo no creo que eso sea ingenuidad, es apuntar a la mejor posibilidad para invocarla. Si tratamos a los demás pensando que lo van a hacer mal, hay muchas probabilidades de que así sea, es como una profecía autocumplida. No obstante, reconozco que a veces da igual cómo trates a alguien o cómo lo enfoques, no hay una solución fácil. Dar una oportunidad sin garantías a quien en principio no lo merece, no es ingenuidad, es coherencia con mi forma de entender y de vivir mi humanidad.

Javier: Última pregunta: ¿qué te hace seguir cuando todo empuja a rendirse?
Superman: Recordar que rendirme es solo una elección, una mala elección. Decidir seguir adelante a pesar de todo, es lo que nos hace ser mejores personas y que la vida sea valiosa.

Él sonríe. Se levanta. El sol hace rato que dejó de ser una promesa. Me tiende la mano. He de decir que, en persona, es muchísimo más imponente que en las fotos y no solo irradia fortaleza: su presencia y su mirada transmiten una bondad serena.

Se va como vino: sin ruido. Pienso en sus respuestas. ¿He auditado a un heraldo de la esperanza? Han sido respuestas profundas. Seguramente, por eso es alguien tan valioso…

Nota del autor:
Superman ha sido, para varias generaciones, un símbolo de ética y empatía en tiempos convulsos. Este texto no pretende reinterpretar al personaje ni alterar su esencia, sino rendir homenaje a una figura que, más allá de su origen fantástico, encarna ideales universales de bondad, autocontrol y esperanza. Esta entrevista ficticia es una exploración literaria que busca escucharlo: dejar que su voz, tal como muchos la sentimos, recuerde que la fortaleza y la compasión pueden convivir en la misma persona.

La imagen pertenece a Warner Bros. / DC Studios y se emplea solo con fines ilustrativos.
Imagen promocional © Warner Bros. / DC Studios. Fuente: IMDb.

El susurro con el que tu alma se revela

Marilén llevaba casi tres días sin poder apenas hablar. La fiebre subía y bajaba de forma caprichosa; las amígdalas inflamadas le ardían y beber agua era una tortura.

En el fondo se sentía agradecida por este silencio impuesto: nadie le pedía respuestas ni discursos; el mundo la dejaba, por fin, un poco en paz.

A su edad, Marilén había tenido potentes experiencias vitales. Había sido cantante de jazz durante una década. También fue escritora de relatos eróticos que al principio firmaba con seudónimo, y había dado sus pinitos como terapeuta, fascinada por los misterios de la psique humana.

También había tenido experiencias muy intensas en el amor, que en su momento sintió que la desgarraban. Promesas rotas y silencios que le dolieron más incluso que palabras crueles. Al final, todo aquello la hizo más sabia y fuerte.

En el salón, entre mantas y libros, estaba su cuaderno de apuntes. Llevaba tanto sin tocarlo que le producía la culpa de quien deja marchitar una planta. Aquella tarde, sin saber muy bien por qué, lo abrió y escribió con lentitud:

«Mi voz se ha ido. ¿Por qué ahora? ¿Qué intenta decirme mi cuerpo que no escuché a tiempo?»

Llevaba unos días charlando con un hombre a través de una app. Su perfil no era especialmente llamativo, pero sus ojos le decían algo bonito y le transmitían serenidad. En sus mensajes había una esencia especial que le llamaba la atención. Destilaban profundidad y una curiosa mezcla de distancia y ternura. Él también escribía historias. Intercambiaban ideas, quizá reflexiones. El flirteo era muy sutil. Cuando ella le contó que estaba enferma, que tenía mal la garganta, él respondió:

—Ahora tendrá que hablar otra parte de ti.

Aquella noche, al intentar dormir, recordó una frase que había leído años atrás: «El cuerpo grita lo que la boca calla». Entonces algo se activó en ella: tal vez el silencio no era solo físico, sino un espejo.

Esa misma noche soñó con una nitidez propiciada, quizá, por la fiebre. Se vio en un club de jazz teñido de azul y aparentemente vacío. Subió al escenario con su vestido de terciopelo rojo. Un foco la iluminaba; donde debía haber público solo había niebla. Intentó cantar, pero la voz se negó a salir, ni un susurro. Entonces lo vio: un hombre apareció entre las mesas. No hablaba, solo la miraba.

Despertó con el pecho oprimido, no por tristeza, sino por reconocimiento. En el pasado, había soñado con él, o con la idea de él. Era una reminiscencia de lo que anhela.

Al día siguiente se obligó a escribir, no en un formato planificado, sino libre: sensaciones físicas, imágenes fugaces, una habitación con cortinas rojas, una nota de voz no enviada, una mano en su espalda durante un concierto. Cada palabra la acercaba a una herida profunda que creía sanada.

Ese día le contó al hombre de la app lo que había soñado. Entonces él, preguntó:

—¿Qué perdiste cuando dejaste de cantar?

Marilén no supo qué responder. Después de darle muchas vueltas, anotó en su cuaderno: «Quizá perdí una parte esencial de mí».

Por la noche volvió al club azul en sueños. Esta vez, el hombre misterioso habló; su voz carecía de sonido, pero ella comprendió cada palabra como si le hablara desde dentro:

«No cantes para ser escuchada. Canta para ti misma. Canta para recordar quién eres.»

Al despertar, decidió escuchar a su cuerpo. Dejó de ver su debilidad como un obstáculo y la entendió como una puerta.

La fiebre cesó. Su voz, aunque ronca, había regresado. Hizo unos ejercicios que aprendió hace tiempo que la ayudarían a integrar sus sensaciones. Grabó audios hablándose a sí misma con compasión, reconociendo patrones antiguos y abrazando versiones más jóvenes de sí misma menos sabias y más afectadas.

Y comenzó a escribir otra historia: la de una mujer que había olvidado el poder de su propia voz.

En otro sueño regresó al club. Esta vez el hombre le mostraba un espejo. Al mirarlo, Marilén se vio a sí misma en diferentes versiones: la joven apasionada, la mujer rota, la creadora insomne. Todas eran ella. Y al fondo de esas imágenes emergía su yo más libre, sin etiquetas ni necesidad de ser comprendida. Entonces, el hombre le dijo:

«La voz que buscas no está perdida. Está esperando que la uses para decir tu verdad.»

Pocos días después, el hombre de la app la invitó a una lectura de poesía. Al verse en persona, no hubo fuegos artificiales, pero sí sonrisas, y una mirada intensa y limpia. Durante la lectura, una poeta recitó:

«No temas la voz que tiembla, pues es el susurro con el que tu alma se revela».

Marilén tuvo una epifanía: el miedo no era enemigo, sino una brújula.

Esa noche hablaron hasta el amanecer. En la despedida hubo un abrazo sentido y un beso que apenas rozó la comisura de los labios. Fue como un reencuentro entre buenos amigos que hacía mucho que no se veían. Tal vez sentía algo más profundo que amistad, pero aún era pronto para saberlo. En cualquier caso, algo en ella había cambiado.

De vuelta a casa, escribió en el bloc de notas de su smartphone:

«La verdadera intimidad es cuando un alma se desnuda ante otra, sin velos ni disfraces».

En casa, cantó, lenta, temblorosa, sin técnica. Su voz no era perfecta, pero era real. Grabó la canción y la subió a un perfil anónimo. La escucharon decenas, luego cientos.

Alguien comentó: «Gracias. Me has hecho recordar quién soy».

En su cuaderno añadió:

«La voz que más cuesta encontrar es la que no necesita permiso para sonar.»

Y entonces comprendió lo esencial: no se trata solo de cantar, escribir o sanar, sino de existir con aplomo, con fuerza y expresarse aun sin certeza de cómo será la vida; de asumir que su voz, la literal y la figurada, es una mezcla de heridas, deseos y verdad. Es uno de los rincones más sagrados de su alma.

Ya no temía quedarse sola porque había aprendido a acompañarse a sí misma, y aunque la historia con el hombre de la app finalmente no continuara, él había sido la inspiración y la chispa.

Ella, la llama.

Historia original de Javier Martín.