A las once y media del 24 de diciembre, el Rastro de Madrid estaba a rebosar. La gente se apretaba ante los puestos, levantando objetos como si alguno fuese a responderles con una historia.
Daniel caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Hacía años que no bajaba por esa zona, y aquella mañana le sirvió como excusa para salir de casa sin tener que admitir que lo hacía por no pasarla entera a solas.
En un puesto estrecho, entre medallas ennegrecidas y cuberterías incompletas, vio un recipiente pequeño de cobre, del tamaño de un termo corto, con el cuello envuelto en una faja de plomo oscurecido. No era bonito, pero era exacto. Había símbolos grabados que no reconocía y, aun así, le resultaban extrañamente familiares, como si su mano ya hubiese pasado por allí en otro tiempo.
—Eso viene de fuera —dijo el vendedor, sin levantar la vista del móvil—. De los que traen cosas de casas antiguas. Once euros.
Daniel lo sostuvo y lo giró con cuidado. Pesaba demasiado para ser solo metal y aire. El plomo estaba trabajado como una mordaza: no decoraba; impedía su apertura.
Lo compró sin regatear. Le sorprendió hacerlo: no coleccionaba nada, y menos algo tan raro. Pero lo guardó en la bolsa como quien guarda una decisión.
Esa noche, el piso de Daniel tenía la alegría prestada de la decoración: luces de colores parpadeando en el árbol artificial, una guirnalda sobre la estantería y, de fondo, la televisión encendida para que el silencio no fuese tan evidente. A esa hora, el mensaje de Navidad del Rey empezaba a sonar en miles de salones con la misma naturalidad que el turrón.
Daniel cenó solo. Pavo recalentado. Un par de trozos de dulce que crujieron como piedra dulce. Se sirvió una copa de vino y colocó el recipiente delante de él. Lo miró como quien mira una caja con un regalo sin etiqueta, con la sospecha de que quizá no debería abrirse.
Cuando el Rey apareció en pantalla, Daniel ya tenía un cuchillo entre los dedos.
El plomo cedió con un chasquido seco. Debajo apareció un sello viejo, oscuro, cosido con resina endurecida. Al romperlo, no salió humo al principio, sino un olor: aire caliente, arena, algo mineral y antiguo. Y, después, como si el salón inspirara y expulsara de golpe, la habitación se llenó de una bruma rojiza que giró sobre sí misma.
En medio de la bruma empezó a dibujarse una figura.
Al principio no parecía humana del todo. Luego se definieron los detalles: cabello negro, largo, como humo compacto; piel con un brillo de brasa bajo la superficie; ojos claros, no por color, sino por intensidad, como dos puntos de luz fija que no parpadeaban.
A Daniel se le secó la boca. No gritó. No por valentía, sino por incredulidad. Tampoco se movió. Fue como si el cuerpo hubiera decidido quedarse quieto por él.
La figura exhaló y el aire del salón se calentó un grado.
Entonces dijo algo que Daniel no podía entender. La extraña mujer pareció darse cuenta de que él no la comprendía; cerró los ojos y frunció el ceño, como concentrándose.
—A-ho-ra… sí-sí… ¿me-en-en-tiendes?
Daniel, muy nervioso, asintió deprisa.
—¿Dón-de…? —dijo ella. Su voz sonaba muy femenina, aunque fuerte, era como la textura de un torrente de fuego—. ¿Qué… templo… es este…?
Miró alrededor con un gesto rápido, como quien espera encontrarse en un entorno hostil. Lo que se encontró fue un sofá, una mesa baja, algunos cuadros, un mueble con libros y una televisión encendida. Y el árbol iluminado.
Se quedó mirando fijamente las luces.
—Fuego frío —susurró, y dio un paso hacia el árbol—. Lo habéis aprendido.
Daniel tragó saliva.
—Son luces. Navidad.
Ella extendió la mano hacia un cable. No lo tocó; lo olió, como si el olor fuese una forma de leer.
—Encerráis espíritus en hilos —dijo—. Los obligáis a parpadear. ¿Quién os dio esa autoridad?
En la televisión, el Rey seguía hablando. La palabra “Rey” se repitió. Dos veces en pocos segundos.
Ella giró la cabeza. Un músculo invisible le tensó la mandíbula.
—¿Rey? —dijo, y el aire se volvió más seco—. No. No me volverá a encerrar un rey otra vez.
Daniel levantó una mano, sin saber si era una paz o una defensa.
—Es una tradición. Un discurso. No tiene nada que ver contigo.
Ella lo miró por primera vez con atención real. No había hostilidad abierta; había evaluación, como si la hostilidad fuese un lujo reservado para cuando no quedara duda.
—Has roto el sello —dijo—. Me has llamado.
—No sabía… Lo he encontrado.
—Nadie encuentra lo que no busca —respondió ella, y sonó a sentencia antigua.
Se enderezó, y el salón pareció encogerse un poco.
—Tres mil años —dijo, como quien escupe una cifra amarga—. Tres mil años encerrada en cobre, mordida por plomo. Y ahora… —señaló el árbol, la guirnalda, la pantalla— …esto.
Daniel cogió aire.
—¿Eres… un genio?
Ella no sonrió. Pero algo en su mirada indicó que la palabra le resultaba útil, aunque no la describiera bien del todo.
—Me llamaron Nara cuando el mundo era joven —dijo, y su voz tuvo el peso de algo antiguo—. Soy de fuego, y he estado demasiado tiempo con la boca cerrada. Has pagado por abrirla. Ahora… —se acercó, y Daniel sintió el calor que manaba de ella— …dime tu deseo.
Ahí estaba. La frase que en otras historias era una promesa y, a veces… una amenaza.
A Daniel se le cruzaron ideas fáciles: dinero, prestigio, poder. Lo fácil que sería pedir algo material y fingir que con eso se arreglaba el vacío en su vida. Se vio reflejado en el cristal de la televisión: un hombre de mediana edad, con algo de ojeras, con las tragedias típicas; con esa fatiga de quien ya no espera milagros, pero todavía no se ha resignado del todo.
—No quiero dinero —dijo.
Ella ladeó la cabeza, como si no entendiera el idioma.
—Todos queréis dinero.
—No —insistió Daniel—. Ni poder. Tampoco… No disfrutaría vengándome de nadie.
Un destello de irritación le cruzó el rostro de Nara.
—No juegues conmigo. He escuchado juramentos, plegarias y mentiras durante siglos.
Daniel apretó el cuchillo hasta notarlo de verdad. Luego lo dejó sobre la mesa, lejos de ambos.
—Quiero… —se quedó sin palabras. Le sorprendió lo difícil que era decirlo en voz alta—. Quiero recuperar la ilusión que tenía de niño. Aunque sea un rato. Quiero… volver a creer.
Ella se quedó inmóvil.
El árbol siguió parpadeando. La televisión siguió hablando de futuro, esperanza, unidad; palabras repetidas en miles de salones esa noche.
—Eso no es un deseo —respondió ella—. Es una herida.
—Llámalo como quieras.
—Puedo levantar piedras que no se han movido desde antes de vuestra memoria. Puedo secar mares. Puedo poner un palacio en cualquier lugar —su voz bajó—. Pero no puedo fabricar una emoción. No puedo meterte dentro lo que ya no está.
Daniel notó una punzada extraña.
—Entonces no hay trato —dijo, más para escucharse que por desafiarla.
Nara lo miró con una dureza nueva.
—Hay trato porque yo lo digo. Tú has abierto. Yo concedo. Esa es la ley.
Daniel negó con la cabeza.
—No me sirve una mentira bonita.
Por primera vez, en el rostro de ella apareció algo parecido a desconcierto.
—Los humanos pedís mentiras bonitas todo el tiempo.
Daniel casi rió. Casi.
—Puede ser. Pero ya ves que no es el caso.
Ella se apartó y recorrió el salón como si explorara una trampa. Se detuvo ante un altavoz negro en la estantería.
—¿Qué es eso?
—Alexa —dijo Daniel, con un pudor sin sentido—. Es como una asistente.
Ella se inclinó, como si escuchara dentro.
—¿Otra como yo? ¿Encerrada?
—No. Es… una máquina. Verás. ¡Alexa! ¿Qué día es hoy?
Una voz neutra respondió desde la caja:
—Hoy es 24 de diciembre.
Nara retiró la mano del altavoz.
—Tenéis bocas que hablan sin alma —dijo—. Peor.
Daniel levantó las manos.
—No es un esclavo. Es una herramienta.
—Las herramientas son lo que usáis para no mirar vuestro propio vacío.
Daniel no supo responder. Porque, aun siendo injusta, la frase rozaba algo verdadero.
La noche siguió sin amenaza. No hubo humo devorando el salón. Hubo, en cambio, intentos.
Ella materializó una naranja perfecta sobre la mesa. Luego un tren de madera como el que Daniel recordaba vagamente de una foto de cuando era pequeño. También hizo caer nieve dentro del salón sin que el suelo se mojara: copos que descendían despacio, como si bailaran en círculos, y se deshacían en luz antes de tocar nada. Hizo que oliera a pino de bosque profundo y, durante un segundo, a la cocina de su abuela. Puso en el aire un villancico viejo sin altavoz, como si el sonido naciera de las paredes.
Daniel lo miró todo con atención tranquila. Sonrió una o dos veces, como se sonríe a un regalo bien elegido. Pero el gesto no cuajó. Algo en el pecho seguía sin encenderse.
—No… —dijo él, con cuidado—. Es precioso. Pero no… no es eso.
Ella apretó los labios. Su orgullo no era teatral, era parte de su estructura.
—Eres el primero en tres mil años que rechaza lo que le doy.
—No lo rechazo. Solo… no es lo que pedí.
Daniel se quedó callado un momento. Luego, como quien deja algo frágil sobre una mesa, dijo:
—Quizá lo que pedí no se puede traer…
Ella lo miró y Daniel vio en sus ojos una sombra que no era maldad: era cansancio.
Pasaron los días entre Navidad y Año Nuevo con una extraña rutina doméstica. Nara se movía por el piso como una llama que aprende a no quemar. Daniel hizo cosas pequeñas: ordenar libros, tirar papeles viejos, limpiar un cajón que no abría desde hacía años.
Una tarde, ella señaló el móvil de Daniel.
—Esa cosa te llama aunque no la mires —dijo—. Te ata.
—Es… parte del mundo actual—respondió él.
—Quieres desaparecer —dijo ella, como si lo oliera.
Daniel se quedó quieto.
—A veces —admitió—. A veces pienso que sería más fácil si nadie supiera de mí.
Ella sonrió por primera vez, pero fue una sonrisa peligrosa.
—Eso sí puedo hacerlo. Quemar tu rastro. Borrar tu nombre. Convertirte en nadie.
Daniel imaginó su vida sin mensajes, sin fotos, sin huellas. No solo su vida: la forma en que los demás lo guardaban. Vio, de golpe, la consecuencia real: no libertad, sino vacío total.
—No —dijo, sorprendido por su propia firmeza—. No quiero ser nadie. Lo que quiero… es dejar de sentirme al margen.
La sonrisa de Nara se apagó. La decepción en ella fue casi humana.
—Siempre volvéis a lo mismo —dijo—. Queréis cambiar la jaula, no salir del animal.
Daniel respiró.
—Quizá no se sale. Quizá solo se aprende a vivir dentro sin pudrirse.
Ella lo miró durante un buen rato. Daniel esperó el castigo. Había un momento, suspendido en el aire, en el que ella podría devolverle cada egoísmo visto en otros hombres, como si Daniel fuese representante de todos. Se notaba que lo deseaba: que necesitaba que el mundo fuese simple, que un humano fuese culpable de algo para justificar su dureza.
Pero Daniel no había pedido nada para ganar a costa de nadie. Ni siquiera pedía olvidar.
Ella abrió la boca… y la cerró.
Ese fue el desarme: no un abrazo, no una declaración, sino una renuncia mínima al golpe fácil.
El 5 de enero de 2026, Madrid se preparó para la Cabalgata de Reyes como quien prepara una escena repetida mil veces que, sin embargo, sigue funcionando. Daniel bajó a la calle sin saber muy bien por qué. No tenía hijos, tampoco sobrinos, pero su vecina, una mujer con dos críos, le pidió que le sujetara un rato las mochilas mientras ajustaba bufandas y rescataba guantes perdidos.
—Si quieres, ven —le dijo—. Así no me peleo sola con ellos.
Daniel dijo que sí antes de pensarlo.
Nara lo siguió. Modificó ligeramente su apariencia para parecer completamente humana, aunque seguía conservando sus exóticos rasgos, pelo negro, ojos miel claros y brillantes, piel morena. Parecía una extranjera muy exótica de no se sabe qué lejano país. Aún así, curiosamente, no llamaba demasiado la atención.
La calle estaba llena. Olor a algodón de azúcar, a castañas, a humo de puestos. Música y gritos de entusiasmo. Luces por todas partes: iluminación navideña, farolas, pantallas de móviles. Nara se tensó al principio, como si aquel “fuego frío” fuese una amenaza.
—¡Aquí viene el rey! —gritó un niño detrás de Daniel, con convicción absoluta.
Ella giró la cabeza, alerta. Daniel vio cómo se le endurecía la mirada.
—No es el rey Salomón que te encerró, claro —susurró él—. Son los Reyes Magos. Es un juego para que los niños disfruten… bueno, y los mayores también.
—Los juegos son juramentos disfrazados —respondió ella.
Entonces aparecieron las carrozas. Melchor, Gaspar, Baltasar: coronas, capas, luces, música, caramelos volando como una lluvia absurda y feliz. Los niños gritaban nombres como si invocaran dioses domésticos. Los adultos levantaban los móviles, pero en los rostros había una suavidad distinta, una tregua.

Nara observó. Ella no miraba las carrozas como espectáculo, miraba a los niños. Miraba manos extendidas, fe pura, sin malicia. Miraba cómo la alegría se contagiaba sin exigencias, como una llama que no consume.
—No temen —dijo ella, casi para sí misma.
—No —dijo Daniel—. Por eso funciona.
Un caramelo golpeó el abrigo de Daniel. Un niño se agachó, lo recogió y se lo dio a su hermana sin pensarlo. Daniel, sin saber por qué, sintió algo en el pecho: no tristeza, sino un calor que, de tan cálido, casi resultaba incómodo, como si algo que llevaba años dormido quisiera moverse.
Ella notó lo que le estaba pasando.
—Eso —dijo—. ¿Lo sientes?
Daniel no contestó al principio. Tenía miedo de que se terminara si lo nombraba.
—Un poco —admitió.
—No lo he hecho yo —dijo ella, y en su voz hubo algo nuevo: sorpresa y respeto.
Daniel miró alrededor: la vecina riendo cansada, los niños pegados a la valla, la ciudad entera sosteniendo, por un rato, una mentira compartida que no dañaba a nadie. Una mentira que, curiosamente y de algún modo, decía verdad.
—Quizá no era cuestión de que alguien me lo diera —dijo—. Quizá era cuestión de estar aquí.
Nara observó la escena como si fuese un rito incomprensible aunque muy agradable.
—Vuestro poder no está en vuestra tecnología —dijo, y ya no sonó al desprecio que al principio mostró hacia los humanos—. Está en esto que sostenéis sin verlo.
Daniel la miró dibujando una leve sonrisa.
Volvieron tarde. Subieron en silencio. Daniel sintió, sin entender del todo, que el salón estaba menos vacío.
En la chimenea vieja, apagada desde hacía años, quedaba el recuerdo del hollín y del frío. Daniel se agachó y buscó lo poco que tenía: un par de troncos que había comprado sin intención, unas pastillas de encendido olvidadas en un cajón. La primera llama prendió con dificultad y tosió humo.
—Déjalo —dijo ella.
No hizo un gesto grande. No quiso dominar. Solo ofreció calor.
Extendió la mano hacia la boca de la chimenea. La llama cambió. Se volvió azul, estable, silenciosa. No una hoguera, sino una presencia.
Daniel se sentó en el suelo frente a ella.
—¿Te vas a ir? —preguntó, como quien pregunta algo cuya respuesta teme escuchar.
—Podría —dijo ella—. Podría volver a donde no hay luces extrañas, ni Reyes, ni cajas que hablan sin alma. Podría volver a ser solo fuego, orgullo y poder.
Daniel asintió sin decir nada. No quería retenerla con un deseo.
Nara miró el árbol parpadeante, como si se mirara a sí misma en una forma nueva.
—Pero aquí puedo estar a plena vista y nadie me ve. Puedo existir sin cadenas —dijo—. Y he visto algo en la humanidad… que… no había podido ver antes.
Daniel la escuchó, inmóvil.
—No concedí tu deseo —dijo ella.
—No —respondió Daniel.
—Aun así… te he visto encenderte un instante. No por mí. Por ellos.
Daniel tragó saliva. En su memoria, una mano de niño entregando un caramelo; la fe como algo concreto, pequeño.
—Sí —dijo—. Aunque no sé si durará.
Ella se quedó quieta. Luego, como si tomara una decisión difícil, dijo:
—No puedo fabricarte la ilusión. Pero puedo custodiar el lugar donde crece. El calor. La historia. El gesto. Mientras alguien cuente, mientras alguien crea por un rato… yo puedo mantener la llama.
—Entonces quédate —dijo Daniel, y no sonó a orden. Sonó a invitación.
La llama azul se hizo más grande, como respondiendo por ella.
A la mañana siguiente, alguien llamó a la puerta. Era la vecina, con cara de no haber dormido lo suficiente y una bolsa de caramelos arrugada.
—Te dejaste esto —dijo, y le tendió las mochilas.
Los niños asomaron detrás. Entraron dos pasos, mirando el salón como si fuese un lugar nuevo. Uno señaló la chimenea con la llama azul, sin sorpresa, como si lo raro ya viniera incluido en esas fechas.
Luego miró a Nara y preguntó sin malicia:
—¿Entonces ella quién es? —preguntó el pequeño.
Miró a Daniel, miró a Nara y, con la lógica simple de los niños, remató:
—¿Es tu novia?
Daniel se quedó un segundo sin saber qué decir. Luego soltó una risa breve, más sorprendida que divertida.
—No. No es mi novia.
Miró a Nara. La llama azul sostuvo su pulso, estable.
—Es… una amiga.
—¿De las de verdad? —insistió la niña, con los ojos fijos en el fuego.
—De las de verdad —respondió Daniel—. De las que se quedan cuando hace frío.
Los dos se sentaron en la alfombra sin que nadie se lo pidiera. Daniel carraspeó, como si abriera un libro.
—Vale —dijo—. Os voy a contar por qué hay una llama azul en mi casa.
Y empezó a contar la historia de un deseo que parecía imposible.








































