Feb 14 2016

La niña y la muñeca.

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Precisamente en el día de los enamorados, se encontraba un anciano con la sensación más agria que dulce de disfrutar su recién estrenada jubilación con el reciente fallecimiento de su amada esposa. Caminaba despacio por el parque cercano a su casa tratando de disfrutar de cada paso, tal y como hacía cuando paseaba con su difunta mujer. Se sentía muy triste por ese suceso cruel aunque inevitable de la vida. Sólo su mentalidad profunda y filosófica le permitía tener su alma de una sola pieza.

Quizá fue por eso que el destino hizo que escuchara llorar a una persona de voz muy joven cerca de donde él se encontraba. El hombre fue corriendo a ver qué sucedía y se encontró con una niña llorando desconsoladamente.

— “¿Qué te sucede cariño? ¿Por qué lloras?”.

— “Estaba jugando con mis amiguitas y he perdido mi muñeca. La hemos buscado por todas partes y no la hemos encontrado. “ – dijo la niña con gran sofocón.

Aunque para el hombre era algo sin importancia, pudo empatizar con la pérdida de la niña. Para ella, esa muñeca era muy importante y la había perdido… En cierto modo, salvando las distancias, se vio a sí mismo reflejado en esa niña.

Mientras trataba de tranquilizarla hablándole con gran dulzura, el hombre pensó en cómo podía aliviarle el sufrimiento. De repente se le ocurrió una idea.

— “No te preocupes pequeña, estaré un buen rato por aquí. Recorreré todo el parque para buscar tu muñeca. Vete a casa tranquila, la buscaré por todas partes. Mañana estaré aquí a esta misma hora y te la devolveré si la encuentro”.

La niña asintió un poco aliviada y se despidió. El anciano la observó con compasión mientras se alejaba y comenzaba a buscar a la muñeca con pocas esperanzas de encontrarla. Siguió pensando en los detalles de su plan por si finalmente no encontraba la muñeca, que fue justo lo que pasó.

Al día siguiente, estaba la niña esperándole a la misma hora y en el mismo lugar. Él le explicó que vio a la muñeca que se marchaba, pero que le había dado una carta para ella en la que la muñeca le decía a la niña lo siguiente:

“No llores por favor. Me he marchado para viajar mucho y conocer el mundo,

pero te escribiré a menudo para contarte mis aventuras”.

Y ese fue el inicio de muchas cartas. Cuando la niña y el hombre coincidían en el parque, él casi siempre llevaba una nueva carta de parte de la muñeca perdida. Eran cartas muy entretenidas, llenas de anécdotas graciosas, pero sobre todo, de cariño. La niña disfrutaba escuchando el contenido de las cartas y pronto se mitigó su tristeza.

Un día el hombre decidió marcharse a vivir a otro lugar, no sin antes tener un último encuentro con la niña en el que le regaló una muñeca nueva. Era diferente a la que perdió, pero se explicaba en una última carta:

“Las experiencias que he vivido en los viajes me han cambiado”.

Muchos años después, los ojos de la niña que ahora son de mujer y que una vez lloraron por la muñeca perdida, se encontraban mirando la que era una muñeca muy bonita regalada por alguien que se preocupó por que ella no sufriera. Recordaba con gran cariño al hombre mayor que supo hacer valer la inocencia infantil que tenía entonces para borrar su dolor con la original y tierna ocurrencia de las cartas que le escribía su muñeca viajera.

Mirando con detenimiento a la muñeca que le regaló el anciano, se percató de una grieta en su espalda. Dentro de esa grieta había un papel ya amarillento por el paso de los años en el que había escrito lo siguiente:

“En esta vida las cosas y personas que amamos acabarán yéndose de un modo u otro, pero, al final, el amor volverá, aunque sea de un modo diferente…”.

Narración original escrita por mí basada en una parte del libro “Kafka y la muñeca viajera” que trata de reconstruir la enigmática amistad entre el escritor Kafka, nacido en Praga y considerado uno de los más importantes autores del siglo XX, y una niña alemana, entre los años 1923 y 1924. El autor del libro es el escritor catalán Jordi Sierra i Fabra.

Ene 31 2016

Calor mutuo.

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En un intensísimo invierno en el que las bajas temperaturas rivalizaban con las de la última glaciación, pocos animales del bosque sobrevivieron.

Entre ellos había un grupo de puercoespines que decidieron inteligentemente resguardarse en la medida de lo posible y juntarse, arrimándose fuertemente unos con otros para conservar su calor corporal y tratar de generar más.

No obstante, aunque la idea era buena, pronto comprobaron que debido a su peculiar cuerpo lleno de púas, se provocaban heridas considerables, así que al poco tiempo se separaron, lo que provocó que las gélidas temperaturas les afectaran y murieran algunos.

De este modo, retornaron a la situación inicial. Tenían que hacer algo rápido para evitar la muerte. La encrucijada era terrible: tratar de sobrevivir al frío por sí solos o juntarse de nuevo aunque esto conllevara herirse, en algunos casos gravemente.

La sabia esencia de la decisión final, vino de la mano de su ansia por sobrevivir. Era obvio que necesitaban calor para soportar el frío extremo, así que optaron por juntarse de nuevo, aceptando que debían adoptar posturas que provocaran menos heridas y menos intensas, y, en cualquier caso, a convivir con las que se pudieran ocasionar con sus púas aunque tuvieran el máximo cuidado.

Al fin y al cabo, el calor que generaban juntos era mucho más importante que las heridas…

. . . . . .

Los seres humanos hemos conseguido nuestros mayores logros cuando hemos “arrimado el hombro”, cuando nos hemos acercado, cuando hemos aunado esfuerzos y capacidades dejando de lado nuestras diferencias.

En la actualidad, pese a que vivimos más conectados que nunca gracias a Internet, aunque tenemos más acceso que nunca a todo tipo de información y a pesar de que tenemos la posibilidad de conocer e interactuar con cualquier persona del mundo en tiempo real y sin movernos del sitio, aún nos cuesta trabajar al unísono, unificar fuerzas, ir todos a una. Y esto sucede en más ocasiones de las que estamos dispuestos a reconocer. ¿Cuestión de ego? ¿De ignorancia? ¿De estupidez? ¿O tal vez es que no somos conscientes de que nos necesitamos los unos a los otros para prosperar y evolucionar?

Afortunadamente, las personas somos cada vez más conscientes como individuos, y por extensión, a nivel global. La única manera real de cambiar el mundo, es cambiar nosotros mismos. Cuando aprendemos a amarnos podemos amar coherente y verdaderamente a los demás, y es entonces cuando aprendemos, y más importante aún, interiorizamos, que la convivencia sana y evolutiva conlleva convivir con las “heridas” que las relaciones con otras personas cercanas pueden ocasionar a veces. Lo aquí expuesto no es “buenismo”, es ser inteligentes: apoyarnos, estar unidos, comprendernos y aceptarnos es la única forma de que esta sociedad, este mundo, prospere y evolucione cada vez más y mejor.

Esperemos que no sea necesario que, al igual que los puercoespines del relato, tengamos que pasar por una situación desesperada para que de una manera forzosa recordemos que, al final, lo más importante es que nos demos “calor mutuo”…

Dic 29 2015

El Regalo – (¡Felices Fiestas! 2015)

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Con cuatro añitos, la niña ya había tomado conciencia del lado más tierno y amoroso de este momento del año que llamamos Navidad. Por eso quiso hacer un regalo a sus padres, quería imitarlos porque se había sentido inmensamente feliz al abrir el regalo que le habían hecho: una caja con un bonito envoltorio que contenía un sonriente oso de peluche al que abrazó con enorme alegría cuando lo sacó de la caja.

A la niña se le ocurrió coger la caja de los zapatos que había sido el regalo de su papá a su mamá, y después de llenarla de lo que se le ocurrió regalarles, la envolvió con gran esmero gastando el único rollo de papel higiénico que quedaba en la casa.

Protagonizando una escena muy divertida, el papá reprendió enfadado y gesticulando exageradamente a su pequeña hija cuando se enteró de que el papel que necesitaba en ese momento había sido empleado en envolver una caja de zapatos. La mamá no paraba de reírse, lo cual provocó que ese pequeño enfado creciera.

— “¡Pero hija! ¿¡Qué has hecho!? ¿Has gastado todo el rollo de papel en envolver una caja de zapatos?”

— “Sí papi. Quería haceros a mamá y a ti este regalo” – respondió inocentemente la niña, al tiempo que le entregaba la caja rigurosamente envuelta con el papel higiénico.

Mientras el padre miraba con una extraña mezcla de enojo y ternura a su hija, la mamá se acercó con curiosidad para ver qué les había podido regalar su hijita.

Cuando después de unos minutos el papá consiguió retirar todo el papel higiénico que había servido de envoltorio y se encontró que dentro de la caja no había nada más que aire, volvió a enfadarse y aunque logró contenerse lo suficiente para no gritar, regañó con gran energía a la niña:

— “¡Has gastado el papel que necesito en envolver una caja vacía!”.

— “Pero papaíto, no está vacía” – replicó confundida la niña – “estuve toda la mañana llenándola de besitos…”.

. . . . . .

Qué duda cabe de que la mayoría de las personas vivimos la vida basándonos en expectativas, en lo que creemos que debe ser. En más ocasiones de las que queremos reconocer, ponemos nuestra atención a detalles de hechos que interpretamos como “buenos” o “malos”, negándonos a ver más allá de las apariencias o de lo que nuestra “dilatada” experiencia interpreta.

Más allá de que un hecho sea sin lugar a dudas malo, o de hechos cuya polaridad depende de la interpretación que de ellos hagamos, lo que más conviene a nuestra salud, equilibrio mental y a nuestro bienestar general, es enfocarnos más en la parte positiva que aporta prácticamente cualquier situación, y si no la encontramos, poner nuestra atención y energía en otras cosas, nuevas o que ya estaban pero que hasta el momento no habíamos valorado de manera ecuánime.

Deberíamos preguntarnos:

¿Cómo vivo cada experiencia? ¿Desde el miedo, rabia, desconocimiento…? ¿Desde el amor? ¿Con ganas de aprender, mejorar, evolucionar…?

¿Hacen las cosas otros pero sufro yo?

¿Condiciono lo que pienso de mí mismo/a a través de lo que opinan los demás de mí?

Y cualquier pregunta que nos obligue a reflexionar ante cualquier situación o persona que nos perturbe, porque al final, todo depende de cómo lo interpretemos…

Aprovechemos la inercia de la energía positiva y buenas intenciones de estas entrañables fiestas navideñas para que durante todo el año podamos valorar más lo bueno que hay en cada persona y cada situación.

Enfocándonos en lo positivo, podremos disfrutar más de la vida, y alcanzar lo que queramos.

¡Felices Fiestas a todos!

¡Feliz y Próspero 2016!

 

Dic 07 2015

Recordando nuestra esencia.

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Una mañana muy temprano, un médico tuvo que trasladarse a la zona de urgencias del hospital donde trabajaba a buscar un informe y se encontró con una escena de gran tensión. Se trataba de un anciano que estaba gritando muy enfadado con los médicos y enfermeras que allí se encontraban.

“¿Qué le sucede a este señor?”– preguntó el médico a sus compañeros.

“Hace unos días vino a urgencias a curarse un corte bastante grande. Le cosimos la herida y le citamos hoy para quitarle los puntos. Le comentamos que si venía temprano le atenderíamos enseguida porque suele haber menos pacientes a esta hora, pero precisamente hoy no estamos dando abasto. Como lo suyo no es urgente, le estamos pidiendo que espere hasta que estemos más desahogados”.

“¿Entonces cuál es el problema?”

“Dice que no puede esperar, que tiene algo muy importante que hacer dentro de un rato” – respondió el enfermero mientras se escuchaba protestar cada vez con más fuerza al anciano.

“Yo ahora tengo un rato libre antes de volver, podría atender al anciano y quitarle los puntos. Si queréis, le atiendo yo” – propuso el médico.

“¡Muchas gracias! ¡Por supuesto! Atiéndele por favor”.

El médico se acercó al anciano, el cual aún estaba gritando, le puso la mano en el hombro y le saludó.

“Buenos días. Mire, soy un médico del hospital. No pertenezco al servicio de urgencias, estoy de paso. Me han explicado mis compañeros su problema. Si usted quiere, puedo quitarle yo los puntos”.

— “Gracias, muchas gracias doctor.” – respondió el anciano bajando considerablemente el tono de voz y esbozando una sonrisa de alivio – “Lo cierto es que tengo mucha prisa porque tengo algo muy importante que hacer en unos minutos”.

Mientras le estaba quitando los puntos, el médico comenzó a hablar con el anciano para hacerle algo más agradable ese rato.

“Si no es indiscreción señor, ¿por qué tiene usted tanta prisa?”

“Porque tengo que desayunar con mi esposa a las nueve de la mañana y si tuviera que esperar más no llegaría a tiempo”.

El médico, perplejo ante lo que acababa de escuchar, le dice:

“Pero señor, ¿usted cree que es justo que provoque tanto revuelo por una cuestión tan superficial habiendo pacientes con problemas muy graves y urgentes? ¿No puede usted desayunar con su mujer un poco más tarde?”

“Mi mujer está hospitalizada en una residencia y desayunan a esa hora. Si me retraso, no puedo desayunar con ella”.

El médico estaba cada vez más sorprendido. Pensaba que había sido una reacción exagerada la de aquel anciano, que estaba importunando de manera exacerbada a todo el servicio de urgencias. No obstante, le picó la curiosidad y siguió preguntando.

“¿Qué le sucede a su mujer? ¿Por qué está hospitalizada?”

“Mi mujer tiene alzhéimer en estado avanzado. No recuerda nada, es incapaz de valerse por sí misma y yo, muy a mi pesar, soy incapaz de cuidarla como ella necesita y merece” – contestó el anciano con lágrimas en los ojos.

El médico ya no cabía en su asombro. No sabía si enfadarse o compadecer a ese hombre. No pudo evitar replicarle.

“¿Me está diciendo usted que sus airadas protestas por la prisa que tenía, se deben simplemente a querer desayunar con su mujer, que desafortunadamente no se acuerda de nada, ni de quién es usted, ni de quién es ella misma…?”

Antes de que continuara el médico, el anciano le interrumpió diciéndole:

“Así es doctor, mi esposa no sabe quién es ella… pero yo sí. Yo sí sé quién es ella…”.

Mi versión de una historia supuestamente verídica que circula por internet.

. . . . . .

En este mundo que vivimos, solemos olvidar que las circunstancias las creamos nosotros en mayor o menor medida. Todos en algún momento olvidamos quiénes somos, olvidamos lo que nos mueve, entre otras cosas, olvidamos lo más importante: el sentimiento de pertenencia a todo y a todos que llamamos amor.

El amor, en su sentido más puro, es lo que nos mueve en todas las circunstancias, en la vida. Cuando olvidamos esto, cuando olvidamos quiénes somos en realidad, es cuando manifestamos la versión negativa de este sentimiento, de esta fuerza, y es cuando somos infelices y contagiamos a nuestro entorno.

Los conflictos y los males de nuestra sociedad provienen de personas que padecen de un olvido profundo de quiénes son. Por eso, es buena idea que nos ayuden a recordar cuando perdamos el norte, y que ayudemos a otras personas a recordar cuando notemos o se haga evidente que han “olvidado”.

Ante las personas que provocan cualquier tipo de mal o sufrimiento, tengamos en cuenta que tienen “alzhéimer”, y también, que esta enfermedad del alma puede sanarse.

En cualquier caso, todo forma parte de la experiencia que nos proporciona esta aventura que llamamos vida y que nos hace cada vez más sabios, que nos acerca cada vez más a… una “memoria perfecta”.

Sep 30 2015

La tortuga y el escorpión.

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Érase una vez una tortuga que estaba en la orilla de un pequeño río disfrutando de una estupenda mañana de sol. En un momento dado escuchó una voz suave que la llamaba.

— “Tortuga, ¿puedes venir por favor?” – La bonachona tortuga se acercó guiada por la curiosidad.

En cuanto vio de quién procedía retrocedió todo lo rápido que sus lentas patitas le permitían. Se trataba de un escorpión que la miraba entre expectante y seguro de sí mismo.

“¡Espera por favor tortuga, no tengo intención de hacerte daño!” – Dijo con gran aplomo el escorpión.

“¿Qué quieres escorpión?”.

“Necesito cruzar el río urgentemente y como sabes soy incapaz de nadar. Por mis propios medios puedo tardar mucho tiempo. Te he visto y he recordado lo bien que nadas. Se me ha ocurrido que podrías transportarme en lo alto de tu caparazón”.

“Debes estar de broma escorpión, en cuanto me acerque a ti me picarás para matarme, ¡eres un escorpión!” – Contestó nerviosa la tortuga.

El escorpión empezó a llorar y entre lágrimas y lamentos le suplicó a la tortuga, argumentando que tenía un asunto familiar muy urgente que resolver.

“Tortuga, yo no tengo la culpa de haber nacido escorpión. Además, ¿no crees que sería bastante estúpido por mi parte picarte mientras cruzamos el río? ¡Moriríamos los dos!”

— “Cuando hayamos cruzado me picarás.” – Replicó la tortuga.

“Como te he dicho, sólo me interesa llegar al otro lado. Se me ocurre que podrías acercarte lo suficiente a la orilla para que yo pueda saltar y así te quedas en el agua donde no puedo hacerte daño. ¡Por favor! Es muy importante para mí llegar al otro lado de la orilla lo antes posible…” – Argumentó el escorpión desplegando todo su poder de convicción. – “Sabes que si te pico mientras me llevas encima pierdo tanto como tú porque moriría, ¿verdad?”

“Sí.” – Contestó la tortuga.

“¿Entonces me acercas al otro lado del río?”

La tortuga se quedó pensativa. Sabía que tenía razón el escorpión en sus argumentos. Si la picaba morirían los dos en el río y los escorpiones no destacan precisamente por ser tontos o estar locos. Decidió aprovechar este gran favor que le iba a hacer al arácnido y negoció con él que si le ayudaba jamás la atacaría en el futuro.

“Acepto tu condición.” – Respondió sonriente el escorpión.

Entonces la tortuga se dirigió al río y una vez sumergida en el agua de la orilla le dijo al escorpión que se subiera a su caparazón.

El escorpión saltó encima de la tortuga con un gesto de agradecimiento y ella comenzó a nadar hacia el otro lado del río.

Más o menos a mitad del recorrido la tortuga sintió un enorme dolor punzante en su cuello: el escorpión le había insertado profundamente su afilado y venenoso aguijón.

El efecto del veneno era tan fuerte que la tortuga apenas podía pensar en lo sorprendida que estaba por la acción suicida que acababa de realizar el escorpión. Sólo le dio tiempo a preguntarle:

“¿Por qué… me has… picado? Ahora… moriremos los dos…”.

— “Lo siento tortuga, no lo he podido evitar… Es mi naturaleza: soy un escorpión…”.

Mi versión de la fábula “La tortuga y el escorpión”.

. . . . . . . .

La moraleja que se puede extraer de esta fábula nos habla de que nuestros actos, especialmente los que realizamos en situaciones límite, están íntimamente relacionados con nuestra verdadera naturaleza. Y así es, ciertamente, es en los momentos de máxima presión donde aflora nuestros auténtico modo de ser. Cualquier máscara generada por las experiencias, las relaciones o los intereses se desvanece dejando al desnudo nuestro yo más primordial.

En cualquier caso no siempre aflora nuestra auténtica naturaleza y sin embargo, actitudes aprendidas en momentos negativos o en circunstancias positivas, las etiquetamos como parte de nuestra naturaleza y tan sólo son anclajes en nuestra personalidad.

Al final estoy seguro de que sea una actitud aprendida o sea “nuestra naturaleza”, podemos ser escultores de nuestros esquemas mentales, de nuestra alma.

Siempre está en nuestras manos trabajarnos para alcanzar la mejor versión posible de nosotros mismos.

Jun 30 2015

Ítaca

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ÍTACA

Cuando partas hacia Ítaca
pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y conocimiento.
A Lestrigones, Cíclopes
y furioso Poseidón no temas,
en tu camino no los encontrarás
mientras en alto mantengas tu pensamiento,
mientras una extraña sensación
invada tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones, Cíclopes
y fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas en tu alma,
si no es tu alma que ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que muchas mañanas de verano hayan en tu ruta
cuando con placer, con alegría
arribes a puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finos objetos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
sensuales perfumes, -tantos como puedas-
y visita numerosas ciudades egipcias
para aprender de sus sabios.

Lleva a Ítaca siempre en tu pensamiento,
llegar a ella es tu destino.
No apresures el viaje,
mejor que dure muchos años
y viejo seas cuando a ella llegues,
rico con lo que has ganado en el camino
sin esperar que Ítaca te recompense.

A Ítaca debes el maravilloso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
y ahora nada tiene para ofrecerte.
Si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Hoy que eres sabio, y en experiencias rico,
comprendes qué significan las Ítacas.

 Konstantinos Kavafis (1863-1933), poeta griego.

. . . . . . . .

Vivimos en una sociedad que nos inculca paradigmas basados en la “seguridad”. Un “trabajo seguro”, un sistema sanitario “seguro”, comprar un piso porque es un “valor seguro”, una pareja que nos haga sentir “seguros”…

¿De verdad hay en la vida algo seguro? Sí, lo hay. Es seguro que un día dejaremos de vivir, y también es seguro que nada es seguro. De hecho, pretender tener una vida controlada, segura… es sólo una ilusión imposible. Entonces, ¿para qué sirve aferrarse a esa sobrevalorada “seguridad”? Para tener una vida intrínsecamente mediocre, basada en una falsa seguridad.

Teniendo en cuenta que nuestra vida tiene un tiempo limitado, es mucho mejor, como dice el poema de Ítaca, buscar tener un camino rico en aventuras y conocimiento, sin miedos, porque éstos no sirven más que para generar eso que llaman “profecía autocumplida” y atraer monstruos de toda índole que darán la razón y poder a ese miedo.

Las personas con las que más compartimos tiempo y proyectos, son las que más se parecen a nosotros, las que tienen más en común con nosotros, aquellas cuya energía es más parecida a la nuestra. Por eso, invertir en nosotros, en nuestro crecimiento y desarrollo personal, es la mejor manera de que atraigamos personas cada vez mejores, más excelentes y también es la mejor manera de alejar “lestrigones”, como dice el poema.

Vivir buscando proyectos o aventuras sanas y el grato esfuerzo para alcanzar la excelencia personal, conllevará que desaparezcan de nuestras vidas monstruos internos o de carne y hueso y alcanzaremos la plenitud. Sólo con una contínua búsqueda y trabajo para alcanzar nuestra mejor versión, podremos aprovechar al máximo nuestra vida.

Más importante que el camino, es cómo lo vives…

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