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Me llamo Thembekile. Nací en una aldea pequeña del sur de África, en la franja de sabana donde el río solo es río durante unos meses al año y el resto del tiempo es barro duro y charcos escondidos. Ahora vivo lejos, en una ciudad donde la gente se cruza sin mirarse y pueden pasar años sin saber el nombre del vecino. Por eso, cuando cuento esto, lo cuento como quien intenta enseñar otra forma de respirar.
En mi aldea, de niño, uno no era “uno” sin los demás. Lo aprendías en el día a día, no con palabras: si un niño era lento, los demás le apoyaban; si alguien tenía miedo, el miedo se repartía entre todos hasta que pesaba menos. Esta forma de ser no nos parecía una virtud, era nuestra manera de mantener la vida en equilibrio… Como mantener el fuego: si lo descuidas, se apaga, si lo acaparas, quema.
De niño, casi no oía decir la palabra ubuntu. No hacía falta: se practicaba. Años después, viviendo fuera, la escuché repetida como lema, en boca de personas que la pronunciaban como si fuera un gran descubrimiento. La primera vez me sorprendió mucho, no porque estuvieran equivocados, sino porque estaban nombrando, a su manera, lo que a nosotros nos sostenía sin nombre.
El año que todo cambió un poco llegó un hombre llamado Elias Blandin. Era un consultor de un programa internacional, de esos que aparecen cuando alguien decide que un lugar “necesita modernizarse”. Su trabajo no era repartir comida ni curar enfermos: era más frío y sutil, venía a medir cómo vivíamos y a “entrenar” a los niños para el mundo fuera de nuestra tribu: competencia, rendimiento, premios, listas. Blandin hablaba como si todo eso fuera neutral, como si fueran herramientas.
No hablaba nuestra lengua. Venía con una intérprete de la zona, una mujer joven que había vivido temporadas en la ciudad y regresaba cada vez que podía. Blandin hablaba despacio en una lengua puente, y ella nos lo devolvía en la nuestra.
Pidió permiso a los mayores para proponer juegos a los niños, y aceptaron. Los juegos aquí siempre habían sido una forma de enseñar. En estos juegos, él mostraba más de lo que decía: señalaba el árbol, marcaba el recorrido con el pie, levantaba el premio para que todos lo viéramos. Aun así, yo me di cuenta enseguida de una cosa: entre lo que él decía y lo que nosotros oíamos había un «espacio», y ahí también se jugaba.
Se instaló en el claro del árbol grande. Nos miró una semana sin corregir nada, como quien escucha el ritmo antes de tocar un tambor. Unos días después, empezó.
Primero nos dio pequeñas fichas con nuestros nombres, las colgó de cuerdas, nos ordenó en filas y señaló diferencias con el dedo. La intérprete buscó palabras exactas para algo que aquí no se nombra. Lo expresó así:
—Tú corres más.
—Tú te distraes.
—Tú podrías llegar primero.
No era insulto, era clasificación, y me di cuenta de lo que en ese momento para mí era algo extraño: estaba intentando que nos viéramos como «piezas sueltas».
Y llegó el día de la cesta. Puso una canasta llena de frutas junto al árbol y dio una sola regla. La intérprete dudó un instante antes de traducir “ganar”, porque faltaba una palabra equivalente en nuestro idioma:
—El primero que llegue se queda con todo.
Cuando dio la señal, no corrimos inmediatamente. Nos miramos. En un lugar donde se vive ubuntu, cuando una regla no encaja, lo primero es comprobar el vínculo: “¿tú has oído lo mismo que yo?”. Luego nos tomamos de las manos y corrimos juntos. Llegamos juntos. Nos sentamos juntos. Repartimos la fruta como se reparte el agua: sin dueño.
Blandin preguntó por qué, a través de la intérprete.
Kato, el mayor entre nosotros, respondió sin orgullo:
—Si uno come y los otros miran, luego ya no hay juego. La intérprete tradujo. Blandin sonrió, anotó algo y no discutió. No venía a discutir, venía a probar.
Los días siguientes cambió las frutas por cosas que duran: sandalias, cuerda, ropa. Premios «neutros», pero que no se podían dividir y por lo tanto podían causar discrepancias. Y cambió su estrategia con una forma diferente de expresarse: ya no habló solo de ganar; habló de destacar. La intérprete elegía palabras suaves, pero el sentido era claro.
—Si vas por tu cuenta, llegarás antes.
—Tú podrías ser el mejor.
Nosotros escuchábamos, pero no como quien recibe una tentación. Lo escuchábamos como quien oye una música extraña que desconoce.
Pocos días después colgó una tabla en el árbol con columnas y números: 1, 2, 3. Quería una lista de ganadores. La intérprete lo explicó, y yo vi en su cara que ella misma entendía el riesgo: una lista convierte a los demás en escalones.
Nos miramos otra vez, y sin hablar hicimos lo que hacemos siempre: convertir lo que separa en algo que une. Cogimos un carbón del fuego y cambiamos la tabla. No borramos los números; los cambiamos de sentido. Donde él quería “primero”, escribimos “hoy cuida”; donde él quería “segundo”, pusimos “hoy acompaña”; donde él quería “tercero”, “hoy trae agua”.
Cuando Blandin volvió y lo vio, tardó un segundo en reaccionar. Miró a la intérprete, como pidiéndole que le confirmara que había entendido bien. Ella tradujo nuestra tabla sin añadir nada. No se enfadó. Se quedó quieto, como si acabara de descubrir que aquí los símbolos no obedecen al mismo dueño que en su mundo.
—Eso no era lo que significaba —dijo.
La intérprete buscó el modo de decirlo sin ofender. Kato respondió con la misma calma:
—Aquí, el que está delante carga primero.
Ubuntu no se defendía con discursos. Se defendía cambiando el uso de las cosas. Blandin no se rindió. Probó con un premio indivisible: una linterna solar. Solo una. La dejó sobre una piedra.
—¿Quién lo quiere? —preguntó, como si la pregunta fuera obvia.
La intérprete repitió la pregunta. Nosotros no contestamos con palabras. Nos sentamos alrededor de la linterna como nos sentábamos alrededor de la comida. La miramos. Luego una niña dijo:
—Es para cuando necesitemos luz.
La intérprete lo tradujo tal cual. Y ya está. La linterna pasó a pertenecer a una función, no a una persona. Servía para usarla cuando hiciese falta, en la oscuridad, no para marcar a un dueño.
Blandin intentó algo más fino: un juego donde “ganar” dependía de decidir rápido y solo. Una carrera con giros, con atajos, con trampas de atención. Lo diseñó para que el vínculo fuera una desventaja. Pero en lugar de correr, nos organizamos. Dos mayores fueron delante para marcar el camino, tres se quedaron con los pequeños, uno avisaba. No corrimos como individuos. Corrimos como un cuerpo con muchos ojos.
Llegamos sin que nadie pudiera decir “yo”.
Esa tarde, mientras Blandin escribía en su cuaderno, lo vi mirarnos de una forma distinta. No era desprecio. Era desconcierto profesional. Como si hubiera traído un sistema de palancas y aquí las palancas no encontraran dónde hacer fuerza. La intérprete lo observaba también, y por un momento tuve la sensación de que ella estaba traduciendo más que palabras: estaba traduciendo mundos.
Antes de irse, lo intentó una última vez. La frase pasó por la intérprete y, aun así, llegó intacta:
—¿No queréis ser alguien por vosotros mismos?
Kato lo miró, pensó un momento y respondió sin dureza:
—Ya lo somos. Solo que aquí “ser alguien” incluye a los demás.
La intérprete lo dijo despacio, sin adornarlo. Blandin asintió, como quien toma nota de un dato difícil.
Se marchó al amanecer. El polvo del camino se le quedó en los zapatos como se le quedan las cosas a los que pasan por un lugar sin entrar del todo.
Nosotros volvimos al río estacional, a los huertos, al fuego y a los turnos. Y si te digo la verdad, lo único que dejó Blandin no fue una grieta en ubuntu. Dejó algo más útil: nos enseñó, sin querer, que ubuntu no es una emoción bonita, es vivir conscientes de que somos personas a través de otras personas.
Al final, la canasta de fruta no nos enseñó a compartir. Nos recordó por qué, cuando compartes, no estás siendo “bueno”…
A las once y media del 24 de diciembre, el Rastro de Madrid estaba a rebosar. La gente se apretaba ante los puestos, levantando objetos como si alguno fuese a responderles con una historia.
Daniel caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Hacía años que no bajaba por esa zona, y aquella mañana le sirvió como excusa para salir de casa sin tener que admitir que lo hacía por no pasarla entera a solas.
En un puesto estrecho, entre medallas ennegrecidas y cuberterías incompletas, vio un recipiente pequeño de cobre, del tamaño de un termo corto, con el cuello envuelto en una faja de plomo oscurecido. No era bonito, pero era exacto. Había símbolos grabados que no reconocía y, aun así, le resultaban extrañamente familiares, como si su mano ya hubiese pasado por allí en otro tiempo.
—Eso viene de fuera —dijo el vendedor, sin levantar la vista del móvil—. De los que traen cosas de casas antiguas. Once euros.
Daniel lo sostuvo y lo giró con cuidado. Pesaba demasiado para ser solo metal y aire. El plomo estaba trabajado como una mordaza: no decoraba, impedía su apertura.
Lo compró sin regatear. Le sorprendió hacerlo: no coleccionaba nada, y menos algo tan raro. Pero lo guardó en la bolsa como quien guarda una decisión.
Esa noche, el piso de Daniel tenía la alegría prestada de la decoración: luces de colores parpadeando en el árbol artificial, una guirnalda sobre la estantería y, de fondo, la televisión encendida para que el silencio no fuese tan evidente. A esa hora, el mensaje de Navidad del rey empezaba a sonar en miles de salones con la misma naturalidad que el turrón.
Daniel cenó solo. Pollo recalentado. Un par de trozos de dulce que crujieron como piedra dulce. Se sirvió una copa de vino y colocó el recipiente delante de él. Lo miró como quien mira una caja con un regalo sin etiqueta, con la sospecha de que quizá no debería abrirse.
Cuando el rey apareció en la televisión pronunciando su discurso, Daniel ya tenía un cuchillo entre los dedos.
El plomo cedió con un chasquido seco. Debajo apareció un sello viejo, oscuro, cosido con resina endurecida. Al romperlo, no salió humo al principio, sino un olor: aire caliente, arena, algo mineral y antiguo. Y, después, como si el salón inspirara y expulsara de golpe, la habitación se llenó de una bruma rojiza que giró sobre sí misma.
En medio de la bruma empezó a dibujarse una figura.
Al principio no parecía humana del todo. Luego se definieron los detalles: cabello negro, largo, como humo compacto; piel con un brillo de brasa bajo la superficie; ojos claros, no por color, sino por intensidad, como dos puntos de luz fija que no parpadeaban.
A Daniel se le secó la boca. No gritó. No por valentía, sino por incredulidad. Tampoco se movió. Fue como si el cuerpo hubiera decidido quedarse quieto por él.
La figura exhaló y el aire del salón se calentó un grado.
Entonces dijo algo que Daniel no podía entender. La extraña mujer pareció darse cuenta de que él no la comprendía; cerró los ojos y frunció el ceño, como concentrándose.
—A-ho-ra… sí-sí… ¿me-en-en-tiendes?
Daniel, muy nervioso, asintió deprisa.
—¿Dón-de…? —dijo ella. Su voz sonaba muy femenina, aunque fuerte, era como la textura de un torrente de fuego—. ¿Qué… templo… es este…?
Miró alrededor con un gesto rápido, como quien espera encontrarse en un entorno hostil. Lo que se encontró fue un sofá, una mesa baja, algunos cuadros, un mueble con libros y una televisión encendida. Y el árbol iluminado.
Se quedó mirando fijamente las luces.
—Fuego frío —susurró, y dio un paso hacia el árbol—. Lo habéis aprendido.
Daniel tragó saliva.
—Son luces. Navidad.
Ella extendió la mano hacia un cable. No lo tocó; lo olió, como si el olor fuese una forma de leer.
—Encerráis espíritus en hilos —dijo—. Los obligáis a parpadear. ¿Quién os dio esa autoridad?
En la televisión, el rey seguía hablando. La palabra “rey” se repitió. Dos veces en pocos segundos.
Ella giró la cabeza. Un músculo invisible le tensó la mandíbula.
—¿Rey? —dijo, y el aire se volvió más seco—. No. No me volverá a encerrar un rey otra vez.
Daniel levantó una mano, sin saber si era una paz o una defensa.
—Es una tradición. Un discurso. No tiene nada que ver contigo.
Ella lo miró por primera vez con atención. No había hostilidad abierta, había evaluación, como si la hostilidad fuese un lujo reservado para cuando no quedara duda.
—Has roto el sello —dijo—. Me has llamado. —No sabía… Lo he encontrado. —Nadie encuentra lo que no busca —respondió ella, y sonó a sentencia antigua.
Se enderezó, y el salón pareció encogerse un poco.
—Tres mil años —dijo, como quien escupe una cifra amarga—. Tres mil años encerrada en cobre, mordida por plomo. Y ahora… —señaló el árbol, la guirnalda, la pantalla— …esto.
Daniel cogió aire.
—¿Eres… un genio?
Ella no sonrió. Pero algo en su mirada indicó que la palabra le resultaba útil, aunque no la describiera bien del todo.
—Me llamaron Nara cuando el mundo era joven —dijo, y su voz tuvo el peso de algo antiguo—. Soy de fuego, y he estado demasiado tiempo con la boca cerrada. Has pagado por abrirla. Ahora… —se acercó, y Daniel sintió el calor que manaba de ella— …dime tu deseo.
Ahí estaba. La frase que en otras historias era una promesa y, a veces… una amenaza.
A Daniel se le cruzaron ideas fáciles: dinero, prestigio, poder. Lo fácil que sería pedir algo material y fingir que con eso se arreglaba el vacío en su vida. Se vio reflejado en el cristal de la televisión: un hombre de mediana edad, con algo de ojeras, con las tragedias típicas; con esa fatiga de quien ya no espera milagros, pero todavía no se ha resignado del todo.
—No quiero dinero —dijo.
Ella ladeó la cabeza, como si no entendiera el idioma.
—Todos queréis dinero. —No —insistió Daniel—. Ni poder. Tampoco… No disfrutaría vengándome de nadie.
Un destello de irritación cruzó el rostro de Nara.
—No juegues conmigo. He escuchado juramentos, plegarias y mentiras durante siglos.
Daniel apretó el cuchillo hasta notarlo de verdad. Luego lo dejó sobre la mesa, lejos de ambos.
—Quiero… —se quedó sin palabras. Le sorprendió lo difícil que era decirlo en voz alta—. Quiero recuperar la ilusión que tenía de niño. Aunque sea un rato. Quiero… volver a creer.
Ella se quedó inmóvil.
El árbol siguió parpadeando. La televisión siguió hablando de futuro, esperanza, unidad; palabras repetidas en miles de salones esa noche.
—Eso no es un deseo —respondió ella—. Es una herida. —Llámalo como quieras. —Puedo levantar piedras que no se han movido desde antes de vuestra memoria. Puedo secar mares. Puedo poner un palacio en cualquier lugar —su voz bajó—. Pero no puedo fabricar una emoción. No puedo meterte dentro lo que ya no está.
Daniel notó una punzada extraña.
—Entonces no hay trato —dijo, más para escucharse que por desafiarla.
Nara lo miró con una dureza nueva.
—Hay trato porque yo lo digo. Tú has abierto. Yo concedo. Esa es la ley.
Daniel negó con la cabeza.
—No me sirve una mentira bonita.
Por primera vez, en el rostro de ella apareció algo parecido a desconcierto.
—Los humanos pedís mentiras bonitas todo el tiempo.
Daniel casi rió. Casi.
—Puede ser. Pero ya ves que no es el caso.
Ella se apartó y recorrió el salón como si explorara una trampa. Se detuvo ante un altavoz negro en la estantería.
—¿Qué es eso? —Alexa —dijo Daniel, con un pudor sin sentido—. Es como una asistente.
Ella se inclinó, como si escuchara dentro.
—¿Otra como yo? ¿Encerrada? —No. Es… una máquina. Verás. ¡Alexa! ¿Qué día es hoy?
Una voz neutra respondió desde la caja:
—Hoy es 24 de diciembre.
Nara retiró la mano del altavoz.
—Tenéis bocas que hablan sin alma —dijo—. Peor.
Daniel levantó las manos.
—No es un esclavo. Es una herramienta. —Las herramientas son lo que usáis para no mirar vuestro propio vacío.
Daniel no supo responder. Porque, aun siendo injusta, la frase rozaba algo verdadero.
La noche siguió sin amenaza. No hubo humo devorando el salón. Hubo, en cambio, intentos.
Ella materializó una naranja perfecta sobre la mesa. Luego un tren de madera como el que Daniel recordaba vagamente de una foto de cuando era pequeño. También hizo caer nieve dentro del salón sin que el suelo se mojara: copos que descendían despacio, como si bailaran en círculos, y se deshacían en luz antes de tocar nada. Hizo que oliera a pino de bosque profundo y, durante un segundo, a la cocina de su abuela. Puso en el aire un villancico viejo sin altavoz, como si el sonido naciera de las paredes.
Daniel lo miró todo con atención tranquila. Sonrió una o dos veces, como se sonríe a un regalo bien elegido. Pero el gesto no cuajó. Algo en el pecho seguía sin encenderse.
—No… —dijo él, con cuidado—. Es precioso. Pero no… no es eso.
Ella apretó los labios. Su orgullo no era teatral, era parte de su estructura.
—Eres el primero en tres mil años que rechaza lo que le doy. —No lo rechazo. Solo… no es lo que pedí.
Daniel se quedó callado un momento. Luego, como quien deja algo frágil sobre una mesa, dijo:
—Quizá lo que pedí no se puede traer…
Ella lo miró y Daniel vio en sus ojos una sombra que no era maldad: era cansancio.
Pasaron los días entre Navidad y Año Nuevo con una extraña rutina doméstica. Nara se movía por el piso como una llama que aprende a no quemar. Daniel hizo cosas pequeñas: ordenar libros, tirar papeles viejos, limpiar un cajón que no abría desde hacía años.
Una tarde, ella señaló el móvil de Daniel.
—Esa cosa te llama aunque no la mires —dijo—. Te ata. —Es… parte del mundo actual—respondió él. —Quieres desaparecer —dijo ella, como si lo oliera.
Daniel se quedó quieto.
—A veces —admitió—. A veces pienso que sería más fácil si nadie supiera de mí.
Ella sonrió por primera vez, pero fue una sonrisa peligrosa.
—Eso sí puedo hacerlo. Quemar tu rastro. Borrar tu nombre. Convertirte en nadie.
Daniel imaginó su vida sin mensajes, sin fotos, sin huellas. No solo su vida: la forma en que los demás lo guardaban. Vio, de golpe, la consecuencia real: no libertad, sino vacío total.
—No —dijo, sorprendido por su propia firmeza—. No quiero ser nadie. Lo que quiero… es dejar de sentirme al margen.
La sonrisa de Nara se apagó. La decepción en ella fue casi humana.
—Siempre volvéis a lo mismo —dijo—. Queréis cambiar la jaula, no salir del animal.
Daniel respiró.
—Quizá no se sale. Quizá solo se aprende a vivir dentro sin pudrirse.
Ella lo miró durante un buen rato. Daniel esperó el castigo. Hubo un momento, suspendido en el aire, en el que ella podría devolverle cada egoísmo que había visto en otros hombres, como si Daniel fuese representante de todos. Se notaba que lo deseaba: que necesitaba que el mundo fuese simple, que un humano fuese culpable de algo para justificar su dureza.
Pero Daniel no había pedido nada para ganar a costa de nadie. Ni siquiera pedía olvidar.
Ella abrió la boca… y la cerró.
Ese fue el desarme: no un abrazo, no una declaración, sino una renuncia mínima al golpe fácil.
El 5 de enero de 2026, Madrid se preparó para la Cabalgata de Reyes como quien prepara una escena repetida mil veces que, sin embargo, sigue funcionando. Daniel bajó a la calle sin saber muy bien por qué. No tenía hijos, tampoco sobrinos, pero su vecina, una mujer con dos críos, le pidió que le sujetara un rato las mochilas mientras ajustaba bufandas y rescataba guantes perdidos.
—Si quieres, ven —le dijo—. Así no me peleo sola con ellos.
Daniel dijo que sí antes de pensarlo.
Nara lo siguió. Modificó ligeramente su apariencia para parecer completamente humana, aunque seguía conservando sus exóticos rasgos, pelo negro, ojos miel claros y brillantes, piel morena. Parecía una extranjera muy exótica de no se sabe qué lejano país. Aún así, curiosamente, no llamaba demasiado la atención.
La calle estaba llena. Olor a algodón de azúcar, a castañas, a humo de puestos. Música y gritos de entusiasmo. Luces por todas partes: iluminación navideña, farolas, pantallas de móviles. Nara se tensó al principio, como si aquel “fuego frío” fuese una amenaza.
—¡Aquí viene el rey! —gritó un niño detrás de Daniel, con convicción absoluta.
Ella giró la cabeza, alerta. Daniel vio cómo se le endurecía la mirada.
—No es el rey Salomón que te encerró, claro —susurró él—. Son los Reyes Magos. Es un juego para que los niños disfruten… bueno, y los mayores también.
—Los juegos son juramentos disfrazados —respondió ella.
Entonces aparecieron las carrozas. Melchor, Gaspar, Baltasar: coronas, capas, luces, música, caramelos volando como una lluvia absurda y feliz. Los niños gritaban nombres como si invocaran dioses domésticos. Los adultos levantaban los móviles, pero en los rostros había una suavidad distinta, una tregua.
Nara observó. Ella no miraba las carrozas como espectáculo, miraba a los niños. Miraba manos extendidas, fe pura, sin malicia. Miraba cómo la alegría se contagiaba sin exigencias, como una llama que no consume.
—No temen —dijo ella, casi para sí misma. —No —dijo Daniel—. Por eso funciona.
Un caramelo golpeó el abrigo de Daniel. Un niño se agachó, lo recogió y se lo dio a su hermana sin pensarlo. Daniel, sin saber por qué, sintió algo en el pecho: no tristeza, sino un calor que, de tan cálido, casi resultaba incómodo, como si algo que llevaba años dormido quisiera moverse.
Ella notó lo que le estaba pasando.
—Eso —dijo—. ¿Lo sientes?
Daniel no contestó al principio. Tenía miedo de que se terminara si lo nombraba.
—Un poco —admitió. —No lo he hecho yo —dijo ella, y en su voz hubo algo nuevo: sorpresa y respeto.
Daniel miró alrededor: la vecina riendo cansada, los niños pegados a la valla, la ciudad entera sosteniendo, por un rato, una mentira compartida que no dañaba a nadie. Una mentira que, curiosamente y de algún modo, decía verdad.
—Quizá no era cuestión de que alguien me lo diera —dijo—. Quizá era cuestión de estar aquí.
Nara observó la escena como si fuese un rito incomprensible aunque muy agradable.
—Vuestro poder no está en vuestra tecnología —dijo, y ya no sonó al desprecio que al principio mostró hacia los humanos—. Está en esto que sostenéis sin verlo.
Daniel la miró dibujando una leve sonrisa.
Volvieron tarde. Subieron en silencio. Daniel sintió, sin entender del todo, que el salón estaba menos vacío.
En la chimenea vieja, apagada desde hacía años, quedaba el recuerdo del hollín y del frío. Daniel se agachó y buscó lo poco que tenía: un par de troncos que había comprado sin intención, unas pastillas de encendido olvidadas en un cajón. La primera llama prendió con dificultad y tosió humo.
—Déjalo —dijo ella.
No hizo un gesto grande. No quiso dominar. Solo ofreció calor.
Extendió la mano hacia la boca de la chimenea. La llama cambió. Se volvió azul, estable, silenciosa. No una hoguera, sino una presencia.
Daniel se sentó en el suelo frente a ella.
—¿Te vas a ir? —preguntó, como quien pregunta algo cuya respuesta teme escuchar. —Podría —dijo ella—. Podría volver a donde no hay luces extrañas, ni reyes, ni cajas que hablan sin alma. Podría volver a ser solo fuego, orgullo y poder.
Daniel asintió sin decir nada. No quería retenerla con un deseo.
Nara miró el árbol parpadeante, como si se mirara a sí misma en una forma nueva.
—Pero aquí puedo estar a plena vista y nadie me ve. Puedo existir sin cadenas —dijo—. Y he visto algo en la humanidad… que… no había podido ver antes.
Daniel la escuchó, inmóvil.
—No concedí tu deseo —dijo ella. —No —respondió Daniel. —Aun así… te he visto encenderte un instante. No por mí. Por ellos.
Daniel tragó saliva. En su memoria, una mano de niño entregando un caramelo; la fe como algo concreto, pequeño.
—Sí —dijo—. Aunque no sé si durará.
Ella se quedó quieta. Luego, como si tomara una decisión difícil, dijo:
—No puedo fabricarte la ilusión. Pero puedo custodiar el lugar donde crece. El calor. La historia. El gesto. Mientras alguien cuente, mientras alguien crea por un rato… yo puedo mantener la llama.
—Entonces quédate —dijo Daniel, y no sonó a orden. Sonó a invitación.
La llama azul se hizo más grande, como respondiendo por ella.
A la mañana siguiente, alguien llamó a la puerta. Era la vecina, con cara de no haber dormido lo suficiente y una bolsa de caramelos arrugada.
—Te dejaste esto —dijo, y le tendió las mochilas.
Los niños asomaron detrás. Entraron dos pasos, mirando el salón como si fuese un lugar nuevo. Uno señaló la chimenea con la llama azul, sin sorpresa, como si lo raro ya viniera incluido en estas fechas.
Luego miró a Nara y preguntó sin malicia:
—¿Entonces ella quién es? —preguntó la pequeña.
Miró a Daniel, miró a Nara y, con la lógica simple de los niños, remató:
—¿Es tu novia?
Daniel se quedó un segundo sin saber qué decir. Luego soltó una risa breve, más sorprendida que divertida.
—No. No es mi novia.
Miró a Nara. La llama azul sostuvo su pulso, estable.
—Es… una amiga. —¿De las de verdad? —insistió la niña, con los ojos fijos en el fuego. —De las de verdad —respondió Daniel—. De las que se quedan cuando hace frío.
Los dos se sentaron en la alfombra sin que nadie se lo pidiera. Daniel carraspeó, como si abriera un libro.
—Vale —dijo—. Os voy a contar por qué hay una llama azul en mi casa.
Y empezó a contar la historia de un deseo que parecía imposible.
Historia original de Javier Martín.
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En el futuro, las inteligencias artificiales parecían poder hacer casi cualquier cosa. Como si la vida tratase de igualar fuerzas, comenzaron a aparecer seres humanos con habilidades extraordinarias, psíquicas y sensoriales. Esto hizo que surgieran nuevas actividades y profesiones que tenían más que ver con lo profundo de lo humano, con su espíritu.
Entre ellas, apareció un oficio peculiar: lo llamaron «traductor de silencios». Estos terapeutas eran capaces de escuchar profundamente a los pacientes, especialmente sus silencios, sus pausas, el peso y significado de lo no dicho, las grietas entre frases. No leían los labios, no analizaban las palabras. Donde las máquinas prácticamente apenas podían inferir ante la casi ausencia de datos, estas personas eran capaces de percibir historias enteras.
Samuel siempre había tenido la sensación de que el silencio era como un animal vivo; a veces jadeaba, a veces se hacía una bola, otras se tumbaba a su lado y le lamía la mano. Había pasado mucho tiempo escuchándolo… clasificándolo, dándole nombres y explicando su esencia.
Ya pasado el ecuador de su vida, era uno de los últimos traductores de silencios en una época en que casi todo lo emocional se dejaba en manos de profesionales de la salud mental basados en inteligencia artificial.
Una mañana, el silencio de su piso era diferente. No era el silencio cómodo del café ni el silencio neutro de un miércoles cualquiera. Era un silencio pegajoso, de esos que avisan de que algo del pasado va a volver. Lo notó en la nuca mientras abría el correo.
Mensaje de otra terapeuta, una traductora de silencios que no conocía. Pocas palabras, un archivo adjunto y un pequeño texto:
“Estoy tratando a una paciente con una depresión muy profunda. No consigo llegar a ella, no puedo interpretar su silencio. Si tú puedes sentir algo, te agradecería que me ayudaras.”
Sesión en consulta. Cinco minutos de grabación en vídeo. La ficha decía: mujer, 44 años. La terapeuta le hacía preguntas, pero la paciente apenas respondía y guardaba silencio.
Samuel se colocó los auriculares. Aunque para la mayoría aquello era solo un vídeo, para alguien como él el tiempo y el espacio son irrelevantes: la grabación no es más que un «puente» para conectar. La ciencia había intentado explicar el don de los traductores de silencios hablando de «campos mórficos» —un lugar cuántico donde reside la memoria de lo vivo—, pero a Samuel le sobraba la teoría: él simplemente sabía, podía conectar. Podía conectar con la historia, sentimientos u otros detalles de cualquiera al otro lado de una pantalla igual que si estuviera en la misma habitación.
Comenzó a ver el vídeo. Primero escuchó el ruido ambiente: el leve zumbido de los fluorescentes, el crujido de una silla, la respiración de la terapeuta, apenas unas palabras de la paciente y… el silencio.
Miró con atención los gestos de la paciente… nada significativo. Volvió a poner el vídeo desde el principio, pero cerrando los ojos. Esperó a sentir al animal, pero no…
No había miedo, no había rabia comprimida. Ni tristeza. Tampoco resignación. Era un silencio sin cuerpo, sin límites. Era profundo, perfecto… como si la paciente no estuviera allí.
Samuel frunció el ceño. Volvió a ver y escuchar el vídeo con toda la atención de la que era capaz, tratando de conectar. Ese silencio inconmensurable lo desconcertó más que cualquier tormenta que hubiera oído en otros pacientes. Se quitó los auriculares y el silencio de su piso lo golpeó de nuevo, amplificado. Y entonces, sin quererlo, le vino a la memoria otra habitación, otra noche, otro silencio. Alba, de espaldas a él, mirando por la ventana.
La vio nítida: la camiseta oscura, su melena rubia a medio peinar, la luz amarillenta de las farolas marcando su silueta. Estaba en silencio. No solía decir nada cuando algo le dolía o se encontraba mal. Alba se recogía en sí misma igual que un animal que se hace un ovillo para aguantar el golpe.
—¿Qué te pasa? —le preguntó aquella noche, años atrás.
Ella había hecho un gesto mínimo con los hombros.
“Nada.”
Samuel reconoció aquel “nada” como quien reconoce un idioma extranjero que no domina. Porque con Alba, su don siempre fallaba. Quizás era el ruido de sus propios sentimientos lo que interfería en la señal, pero nunca pudo ver sus problemas con claridad, solo intuirlos borrosamente. «Silencio evitativo», pensó entonces. «Defensa». Al no poder traducir su silencio real, había intentado interpretarla desde la teoría: fobia al conflicto, miedo al abandono… etiquetas de manual.
El último recuerdo que tenía de ella era su espalda inmóvil. Al amanecer, la cama estaba vacía. Alba se fue con su maleta pequeña y su silencio enorme. Él, con una mezcla de orgullo y miedo, le dio permiso guardando silencio. Nunca fue a buscarla. Durante años se repitió muchas veces a sí mismo que algunas personas simplemente no querían ser entendidas.
Ahora, el silencio de la paciente de la grabación lo llevaba de vuelta a aquel episodio de su vida, pero amplificado, como si alguien hubiera puesto el silencio de Alba arrancándole también la última brizna de emoción.
Volvió con el vídeo desde el principio. Seguía sin captar nada… Eso, más que asombro, le dio miedo.
Aceptó el caso. No por la terapeuta, sino por ese miedo, quería saber qué clase de persona podía producir un silencio así. Quedaron en la consulta unos días después.
Al llegar, la terapeuta presentó a Samuel a la paciente y se retiró discretamente, dejándoles la habitación como si cerrara una urna.
—Gracias por venir —dijo él, tendiéndole la mano.
La mujer le devolvió el apretón ni fuerte ni débil. Tenía los ojos apagados, la cara suave, un gesto educado.
—Soy Samuel —añadió—. Soy uno de los pocos traductores de silencios que hay.
Ella asintió.
—Yo soy Alma —dijo al fin.
Samuel parpadeó. «Alba. Alma.» Una letra de diferencia. La vida a veces ni se molestaba en cambiar de nombre para repetirle la misma lección, pensó. Y, por si fuera poco, su nombre, «Alma»… precisamente no había podido sentir ni rastro de su alma en aquel vídeo. Le pareció una broma del destino cargada de ironía.
Se sentaron. Durante los primeros minutos hablaron de cosas sin mayor importancia: trabajo, horarios, cómo ella había conocido a la terapeuta. Alma contestaba bien, con frases breves pero claras. El problema no era su capacidad para expresarse.
—¿Te importa si volvemos al momento en que te quedaste en silencio la otra vez? —preguntó Samuel—. Quiero tratar de traducir ese silencio para saber qué sucede en tu interior.
Alma respiró un poco más hondo. Esa respiración, apenas más larga, fue la señal. Se hizo el silencio.
El mismo vacío que en la grabación. La nada perfecta. Samuel estaba desconcertado. No importaba cuánto se esforzase, su don seguía sin poder traducir ese silencio…
Finalmente, optó por dejar en pausa su don y usar métodos más ortodoxos para tratar de llegar al fondo de este misterio. Ahora que la tenía delante, notó el leve endurecimiento de la mandíbula, el pulgar frotando el borde de la uña, la mirada que se quedaba mirando a un punto fijo de la pared.
Lo conocía. Lo había visto en Alba. Era la coreografía de quien se encierra para no sentir. Solo que en Alma algo se quedaba fuera: no asomaba ni una sola gota de emoción por las grietas. Lo que él percibía no era un muro: era un apagón.
De repente, sintió el zumbido característico detrás de la frente. Samuel lo notó como se percibe el primer olor a lluvia después de una sequía. Esa gota mínima valía más que todos los informes del mundo.
Su don encontró una grieta. Le llegaron imágenes destellantes, sensaciones ajenas: hace muchos años la paciente sufrió una manipulación severa… alguien la había roto para luego reconstruirla así. Pudo empatizar con ella de golpe. En su cabeza se mezclaban sensaciones… Alba/Alma… evitación/apagón…
Se quedaron así, en silencio, un buen rato. A él se le secó la boca, no estaba acostumbrado a estar tan dentro del silencio.
Samuel percibió algo en Alma: un temblor casi invisible en la comisura de la boca. Como si una emoción intentara nacer y chocara contra algo. Ese temblor le atravesó como un cuchillo, porque era justo lo que nunca había querido ver en Alba.
Cuando terminó la sesión, Alma se despidió con educación.
—Gracias por intentar ayudarme —dijo, ajena a lo que Samuel había podido lograr.
Esa noche abrió un informe adicional que le había enviado la terapeuta. Se confirmó lo poco que había podido traducir de su silencio en la sesión. El informe explicaba que Alma, de adolescente, había participado en un programa experimental para pacientes con angustia severa. Un tratamiento que, según la jerga de la época, ayudaba a “modular la respuesta emocional frente a estímulos negativos intensos”. Es decir: alguien había enseñado a esa chica a desconectarse para no sufrir, algo así como apagar las luces en la sala de control.
Samuel siguió leyendo. Había testimonios de otros pacientes: dificultad para registrar lo que sentían, para nombrarlo, para sostenerlo… Algunos hablaban de “espacios en blanco” dentro de ellos mismos. El programa fue cancelado años después. Cerró el archivo.
Pensó en su ex, Alba. Ella nunca estuvo en ningún programa experimental. Lo suyo era más sencillo y más complejo a la vez: una educación en la que llorar era peligroso, discutir era como una amenaza, mostrar enfado era insubordinación. Aprendió a tragar, a bajar la mirada, a callar.
Samuel se vio a sí mismo, años atrás, frente a ella.
—No pasa nada, de verdad —decía Alba, cuando él notaba algo raro.
Él, en lugar de ir hacia ella y abrazarla o simplemente mostrarle que estaba a su lado, se quedaba inmóvil. Escuchaba el silencio de ella tratando de traducirlo, pero no lograba conectar, así que tenía que interpretarla a medias y como podía. Llegaba a la conclusión de que, aunque no podía traducir bien su silencio, sí sabía qué tipo de evitación era y lo que le pasaba. Más o menos tenía un «mapa»… pero no lo seguía para llegar a ella. No se implicaba del todo.
Le gustaba creer que su don era empatía. Esa noche se dio cuenta de que, a veces, su don era una forma de control. Presentir las profundidades de los demás le permitía mantenerse en la orilla, sin mojarse con lo propio.
La verdad le cayó encima con una claridad agobiante: tal vez Alba se marchó porque era inaccesible, sí, pero en parte esa huida podría tener que ver con que él no había entrado del todo.
Alma, ahora, le enseñaba el mismo mecanismo, pero llevado al extremo por un experimento médico. Era el mismo animal, pero diseccionado.
El nombre se le repitió por dentro, como un eco:
Alba.
Alma.
Una letra de distancia entre la luz que no se atrevió a mirar y la ausencia que ahora lo obligaba a hacerlo.
Volvió a ver a Alma con la decisión de hacer algo distinto. No tocó la libreta. No abrió ninguna app de grabación en su móvil. Se sentó frente a ella, respiró, y dijo:
—Hoy no quiero intentar traducir tu silencio ni analizarte. Solo quiero estar aquí, contigo, ¿te parece?
Ella lo miró, desconfiada.
—¿Y eso para qué sirve?
Buena pregunta. Samuel no tenía una respuesta técnica.
—Para que no estés sola en eso que no sientes —dijo, sorprendiéndose a sí mismo con sus propias palabras.
Alma frunció ligeramente el ceño. No estaba acostumbrada a que hablaran de ese “no sentir” como si fuera algo real.
Se hizo el silencio.
Durante un rato, Samuel simplemente se dejó fluir por esos instantes. Le sudaban las manos. La silla se le hizo incómoda. Una parte de él gritaba que llenara el vacío con preguntas. Minutos después, la parte más instintiva de él, le hizo pronunciar una.
—Cuando eras adolescente —dijo lentamente—, ¿recuerdas la primera vez que quisiste apagarlo todo dentro?
No hubo respuesta verbal. Pero Alma respiró de golpe, como si hubiera tragado agua. El temblor en la comisura apareció de nuevo, más largo esta vez. Sus ojos se enturbiaron unos segundos antes de vaciarse de nuevo.
No lloró. No habló. No se derrumbó. Pero durante un pequeño instante, hubo algo. Hubo una conexión consigo misma.
Y algo en él se movió también. Porque para llegar hasta esa microgrieta había tenido que estar dentro del silencio con ella, no al margen. Había tenido que aguantar su propio miedo, su propia impaciencia, su propia tentación de refugiarse en el rol de experto.
Al final de la sesión, Alma no dijo gran cosa. Solo esto:
—Hoy ha sido distinto. No sé por qué.
Él sí lo sabía. Pero no lo explicó. No era momento de traducir. Era momento de sostener.
—Si quieres, la próxima vez volvemos a quedarnos en lo que no sabes —propuso.
Alma asintió.
Por primera vez, su silencio no era un apagón perfecto. Se había encendido una pequeña luz, preludio de una mucho mayor.
Esa noche, Samuel reabrió una conversación que llevaba años evitando: la de Alba.
Encontró su nombre en su lista de contactos, con esa sensación extraña de ver a alguien que ya no pertenece a tu vida, pero que sigue ocupando un espacio en tu móvil. Dudó. Podía borrar el contacto. Podía dejarlo para otro día. O podía no hacer nada, como la última noche con ella.
En lugar de eso, escribió.
“Hola Alba. Han pasado muchos años. No sé si te molestará que te escriba. Solo quería decirte que no supe verte y que lo siento.”
Borró el mensaje y volvió a empezar. No quería sonar terapéutico ni noble. Solo quería ser honesto.
“No supe estar contigo. Escuché tus silencios como problemas que había que explicar, no como el dolor de alguien que quería sentirse segura. Me escondí detrás de entenderte y no me impliqué del todo. Lo siento. No espero respuesta, solo quería que lo supieras.”
Lo releyó tres veces. Seguía doliendo, pero era un dolor limpio. Lo envió.
El mensaje salió disparado como una piedra que por fin cae. Samuel apoyó el móvil boca abajo sobre la mesa y se quedó ahí, en el silencio posterior, con el corazón golpeándole las costillas.
Se dio cuenta de que estaba haciendo lo que había hecho aquella tarde con Alma: quedarse dentro del hueco, sin huir.
Pasó una hora. Y otra. La noche avanzó y el móvil no vibraba. Parte de él sintió alivio. Otra parte, miedo. Se durmió tarde, con el cuerpo rígido y el pensamiento dándole vueltas.
A media mañana del día siguiente, mientras esperaba el metro, el móvil vibró. Un mensaje. Lo abrió con la boca seca.
“Hola, Samuel. No me molesta, al contrario. A mí también me costaba saber cómo decir las cosas, y lo siento. Me alegra saber de ti. Cuídate.”
Y nada más. Ni reproches. Ni explicaciones. Ni puertas abiertas. Solo esa palabra al final: «cuídate».
Samuel leyó el mensaje varias veces. Intentó, por reflejo, analizarlo: ¿era afecto? ¿era cortesía? ¿era cierre? ¿era algo mixto?
Entonces, paró. Decidió no intentar traducir. Se dejó tocar por el calor sencillo de esas palabras. Se dio cuenta de que, en realidad, no necesitaba más.
Guardó el móvil en el bolsillo. Miró a su alrededor. El silencio de su cabeza ya no era un pozo, se parecía más a una habitación limpia y ventilada.
Cuando salió a la calle, la ciudad sonaba igual que siempre: coches, voces, el timbre de una bici, una discusión en un balcón. Pero algo había cambiado en la manera en que él escuchaba.
Seguía oyendo los silencios: el de la pareja que caminaba sin mirarse, el del hombre que fumaba solo apoyado en una farola, el de la niña que observaba un perro como si fuera un milagro.
Todo eso lo había oído siempre. La diferencia era que ahora también se escuchaba a sí mismo.
Había un hueco dentro, sí. Pero ya no estaba forrado de miedo y excusas. Ese hueco era un lugar habitable donde podían entrar cosas nuevas.
Alba era pasado. Alma, presente. Ambas, de alguna forma, lo habían obligado a dejar de mirar los silencios desde la puerta y atreverse a cruzar el límite.
Samuel caminó un rato sin rumbo, dejando que la ciudad respirara a través de él. No tuvo ninguna revelación grandiosa. No sintió que su vida cambiara de golpe. Lo que sintió, más bien, fue algo modesto y gigantesco a la vez: por primera vez en muchos años, estaba dentro de su propia historia.
Y eso, en el lenguaje que él conocía, sonaba a paz. A una paz tímida, imperfecta, pero verdadera.
Una paz que, curiosamente, hacía menos ruido que cualquier silencio.
Aviso: Lo que vas a leer es una obra de ficción inspirada en Superman
(en su versión cinematográfica de 2025),
ambientada de forma especulativa en un tiempo posterior.
Imagina cómo respondería el personaje en el mundo real. Superman es propiedad de DC Comics / Warner Bros. Entertainment.
Este texto NO tiene vínculo oficial con dichas entidades. ______________________
Azotea. Amanecer. La ciudad bosteza y las ventanas empiezan a encenderse como hogueras discretas. Él llega sin ruido: botas que apenas tocan el suelo, capa tranquila, mirada serena. Sin pose, sin dobleces. Solo está.
Nos saludamos, tenemos una breve y amable conversación y poco después…
Empiezo la entrevista.
Javier: Dicen que la bondad está pasada de moda. ¿Por qué insistir? Superman: Porque no hay una mejor alternativa. El cinismo funciona como un analgésico: quita el dolor un rato y te hace olvidar su causa. Ser bueno, tener una actitud noble, no es sonreír en todas las fotos o cuidar las apariencias, es la disposición de querer el bien de los demás y actuar para promoverlo, tratar de mejorar las cosas cuando se puede, y rendir cuentas cuando se comete un error. Esto no pasa de moda.
Javier: Hablas de rendición de cuentas. Suena poco «superheroico»… Superman: Es lo más heroico que conozco. El poder sin control es infantil. Yo hago de mi código un modo de actuar: vidas primero, mínima fuerza necesaria, cooperación, análisis y reencuadre cuando las cosas no salen bien. Si algo sale mal, busco el modo de hacerlo bien. No necesito tener razón, necesito que la gente esté más a salvo mañana que hoy.
Javier: ¿Quién vigila a quien puede detener al mundo con una sola mano? Superman: La conciencia y la gente. No me coloco por encima de nadie: me someto a mis propias reglas y a la mirada de quienes confío que me digan la verdad incluso cuando no me gusta. Si en algún lugar creen que he cruzado una línea, pueden pedirme explicaciones y voy a responder. Mi poder no me absuelve de rendir cuentas, todo lo contrario, me obliga a hacerlo.
Javier: Si alguna vez te equivocases gravemente, ¿cómo querrías que la humanidad te juzgara? Superman: Con firmeza y con justicia, no con miedo. Que revisen los hechos, mis intenciones y, sobre todo, lo que hago para reparar el daño. Pediría un estándar alto, porque el poder exige más, y también querría tener la oportunidad de rectificar o enmendar el error.
Javier: ¿Qué piensas cuando ves que el miedo a tu poder pesa más que tus actos? Superman: Entiendo ese miedo: la historia muestra cuántas veces se abusa del poder; por lo tanto, enseña a desconfiar en este sentido. Mi respuesta no puede ser exigir confianza sin más, he de merecerla actuando cada día con honor. Si el miedo tarda en irse, persistiré en esta actitud.
Javier: ¿Existe un «no matar» absoluto en tu código? Superman: Existe un «último recurso» muy exigente. Una de mis reglas es daño mínimo. Si puedo detener sin destruir, lo hago. Eso alarga algunas peleas y a veces me critican por ello. Lo acepto. Prefiero una queja por prudencia que una vida perdida.
Javier: ¿No te vuelve previsible esa actitud? Un villano podría utilizar contra ti tu autocontrol. Superman: Sí. Y me parece precio asequible por vivir en un mundo donde predecir mi ética protege a inocentes. Ser previsible por tus principios no es debilidad, es fortaleza.
«Ser previsible por tus principios no es debilidad, es fortaleza».
Javier: Actualmente la reputación compite con la verdad. ¿Cómo no obsesionarse con la imagen? Superman: Aceptando que la imagen es meteorología y la verdad es geografía. El clima cambia y el terreno está ahí. Puedo perder una batalla de titulares y, aun así, rescatar a quien está atrapado en un andamio. La reputación se construye con hechos, no con «imagen». Todo lo demás son solo opiniones, bulos, ruido… y son volátiles.
Javier: ¿Y cuando esas opiniones o bulos se organizan para intentar destruirte? Superman: Sigo con mi labor. Salvo a quien me necesita. No se puede negociar con las opiniones, ni con los bulos, pero sí blindar hábitos: no entrar al trapo ni responder desde la humillación. Cuando fallo, lo acepto y trabajo por mejorar. La gente distingue la imperfección honesta de la mala fe.
Javier: ¿Qué te ha enseñado la desinformación? Superman: Que el mal no siempre se disfraza de monstruo. A veces se disfraza de broma, de montaje cuidado… El antídoto no es sermonear, es hacer preguntas que cuestionen esa «información», explicar cómo se fabrica un bulo, cómo se verifica una fuente, cómo funciona la manipulación en general. Y no devolver fuego con fuego.
Javier: En un mundo saturado de pantallas, ¿crees que es necesario tener superpoderes para poder ver la verdad? Superman: Por supuesto que no. Para verla, no es necesario tener rayos X [sonríe], sino verificar, escuchar, comparar… no conformarse con la primera información que nos llegue, y no dar por bueno lo que sea solo porque la fuente es aparentemente confiable. Sí, los superpoderes ayudan a llegar antes a ella, pero son inútiles si me conformo con cualquier cosa… La verdad se encuentra si se busca, a veces con tesón.
«La verdad se encuentra si se busca, a veces con tesón».
Javier: ¿Qué opinas de la inteligencia artificial? Superman: Es una herramienta muy poderosa, y como toda herramienta, los resultados que se pueden obtener con ella dependen del propósito con que se utilice, tanto en su creación, los sesgos que se le programen, el tipo de información con la que se entrene, como en su utilización, el «para qué» o con qué objetivo se utilice. Si esta decide por nosotros sin valores, tendremos eficiencia sin humanidad. Prefiero sistemas que amplifiquen y complementen, no que sustituyan.
Javier: ¿Te preocupa que el heroísmo se haya vuelto una marca más? Superman: Me preocupa cuando el símbolo eclipsa el servicio. El remedio es simple y exigente: medirnos por lo que repara vidas, no por lo que suma seguidores.
Javier: ¿Cuál es tu mayor vulnerabilidad? Superman: Creer que puedo con todo, y no, nadie puede. Tardé un poco en asimilarlo. Necesito a mis seres queridos, y descanso, silencio, humor, amor… Y admitir que a veces la ira viene a visitarme. La clave no es no sentirla, es no basar mis decisiones en ella.
Javier: Puedes detener un meteorito, pero no erradicar la pobreza, la injusticia sistémica o el odio. ¿Cómo gestionas la frustración de no poder arreglarlo todo? Superman: Bueno, como dije antes, me costó un poco asimilar que no lo puedo todo, pero mi función no es imponer un mundo mejor, es tratar de protegerlo para que sus habitantes tengan la oportunidad de hacerlo mejor ellos mismos. Aceptar eso no elimina la frustración, pero le da un sentido a mi labor.
Javier: ¿Cómo gestionas la culpa cuando no puedes salvar a alguien? Superman: Recordando que no puedo salvarlos a todos. Reviso lo que hice, aprendo y continúo mi labor.
Javier: ¿Te cuesta más perdonarte a ti mismo que a los demás? Superman: A veces… pero la experiencia me ha enseñado a poner algo así como reglas que me permiten manejarlo, como por ejemplo que podemos convertir un error en virtud si lo utilizamos para aprender y evolucionar. El perdón sin aprendizaje es coartada, y el aprendizaje sin perdón es condena. Camino entre ambos para mejorar y seguir sirviendo de la mejor manera posible.
Javier: Vale, pero… ¿y cuando te traiciona alguien cercano? Superman: Pregunto, escucho, pondero… pongo límites. Perdono, especialmente si hay reparación y cambios constatables. Si se repite, me aparto. Estupidez, obviamente, no; compasión, sí, siempre.
Javier: ¿Hay alguna parte de ti que todavía no comprendas? Superman: Sí. Hay silencios interiores que tardo en descifrar, pero con el tiempo he aprendido a aceptar que no es necesario entenderlo todo y a pedir ayuda cuando la necesito.
Javier: Estás rodeado de gente, pero eres fundamentalmente distinto a todos. ¿No sientes a veces una soledad insondable? Superman: [Hace una pausa, mirando la ciudad que está despertando.] La soledad es una habitación en la que todos entramos a veces. La mía quizá tenga las paredes de un material distinto, pero aprendí que la verdadera conexión no viene de compartir un origen, sino de compartir destino y propósito. Mi hogar no es un planeta que ya no existe, es la mesa donde ceno con mis padres, las risas de mis amigos, la mirada de gratitud de un desconocido… Elijo «pertenecer», cada día. Esa elección es el mejor antídoto contra la soledad.
Javier: Aunque más o menos has respondido, me gustaría profundizar en esto. ¿Qué te sostiene cuando golpean muy fuerte en tu reputación o sufres una gran derrota? Superman: Un perro que me salta encima cuando llego a casa. [Sonríe.] Y recordar de quién aprendí: dos personas que me enseñaron que ser decente es una elección, no un talento. A veces voy a un lugar frío y ordenado donde puedo descansar y pensar, y vuelvo más fuerte y centrado.
Javier: Hablemos de fuerza y cuidado. ¿Te incomoda el término «masculinidad cuidadora»? Superman: No, aunque no me gusta que la bondad o el cuidado a otras personas a veces se considere como algo «suave» o «blandengue». Cuidar es, precisamente, lo más difícil y lo que requiere más fuerza interior. La fortaleza que me interesa no es la que rompe muros, sino la que procura hacer las cosas bien y mantiene promesas cuando nadie está mirando.
«La fortaleza que me interesa no es la que rompe muros, sino la que procura hacer las cosas bien y mantiene promesas cuando nadie está mirando».
Javier: ¿Qué has aprendido de quienes no tienen poderes? Superman: Me recuerdan que la fuerza más transformadora no es volar, es perseverar sin que nadie aplauda. La veo en quien abre su tienda cada día, en quien cuida a alguien enfermo, en quien pide perdón. Yo puedo levantar una montaña, pero los humanos comunes son los que realmente sostienen el mundo.
Javier: ¿Qué te conmueve? Superman: Sin duda, toda muestra de bondad y afecto… Creo que lo puedo resumir con las palabras amor incondicional, gratitud… Las personas pobres que comparten lo poco que tienen; alguien que ayuda a cruzar la calle a un anciano, las personas que ayudan a quienes lo necesitan sin esperar nada a cambio… Mis poderes me permiten observar muchas más escenas que a la mayoría, y si pudieras observar lo que yo puedo ver, te sorprenderías de la cantidad de personas buenas que hay en el mundo, en contraposición a lo que parece… Esas escenas me devuelven al origen de por qué hago lo que hago.
Javier: ¿Tienes fe en la humanidad… o amor por ella? Superman: Ambas, pero especialmente amor. Este amor empezó con mis padres adoptivos: no he podido ser más afortunado de que me criaran unas personas tan nobles. Aunque con mi labor he conocido personas totalmente ajenas a lo bueno, sé con certeza que hay mucha bondad en este mundo.
Javier: Al ver cómo actúa la gente en ciertas ocasiones y ante ciertos hechos, ¿no pierdes alguna vez la esperanza con la humanidad? Superman: A veces se agrieta, claro… Pero la esperanza, para mí, no es una emoción que dependa del titular del día: es un hábito. Cuando me decepcionan, recuerdo todas esas personas que tratan de enmendarse o que hacen lo posible por actuar dignamente. Y continúo. Si dejara que lo peor tomara el control, dejaría de ser justo con la humanidad.
Javier: Se podría decir que eres un «inmigrante» al venir de otro planeta. ¿Cómo encaja eso en tu relación con este mundo? Superman: En este mundo, como ya he dicho, unas personas maravillosas me acogieron, me dieron un hogar, amor… me dieron una vida con valores de bondad y servicio a los demás. Aunque parece que mis padres biológicos pretendían que yo hiciera cosas muy cuestionables, elijo ser un humano más; eso sí, uno con poderes que permiten ayudar en situaciones que la mayoría no puede.
Javier: Siempre ofreces una segunda oportunidad, incluso a tus peores enemigos. ¿De verdad crees que todo el mundo es redimible? Superman: Creo en el potencial para la redención, que no es lo mismo que creer que todos cambiarán. Ofrecer una oportunidad no es un acto de ingenuidad, es un acto de fe en lo que la humanidad puede llegar a ser en su mejor versión. Cerrar esa puerta para siempre es una forma de rendirse, y esa no es mi mejor opción. Algunos nunca la cruzarán… pero la puerta debe seguir abierta, por ellos y por nosotros.
«Ofrecer una oportunidad no es un acto de ingenuidad, es un acto de fe en lo que la humanidad puede llegar a ser en su mejor versión».
Javier: Vives sabiendo que puedes hacerlo casi todo y, aun así, no puedes detener el paso del tiempo. ¿Qué significa para ti envejecer, aunque sea más despacio que nosotros? Superman: Me recuerda que cada día es irrepetible, incluso para alguien como yo. Me hace ser consciente de la importancia de la vida, de la repercusión de nuestras acciones y de cómo afectan en un sentido u otro a los demás. Viviré muchos más años que el ser humano más longevo, tal vez miles… pero no dejo de ser mortal. Curiosamente, este «exceso» de tiempo… saber que seguiré vivo mucho después de que mis seres queridos se vayan, me hace tomar más conciencia de lo importante que es hacer lo mejor por y para los demás.
Javier: ¿Hay algo que temas olvidar con el paso del tiempo? Superman: Temo olvidar la sensación de ser uno más. Por eso trato de disfrutar al máximo de las personas que más amo cuando estoy con ellos. La memoria que más cuido es la de mis vínculos.
Javier: ¿La esperanza se entrena o se hereda? Superman: Ambas. Se hereda de donde te enseñan a mirar el mundo con buena fe, y se entrena cada vez que eliges actuar aunque el resultado no esté garantizado. La esperanza no es optimismo ingenuo: es disciplina aplicada al futuro.
Javier: Si pudieras decirle algo al niño que fuiste, ¿qué le dirías? Superman: Habiendo tenido unos padres tan buenos en todos los sentidos, poco podría decirle [mira al sol pensativo]. Tal vez, lo que le diría sería algo así como: «Lo que te hace especial no es tu fuerza, sino lo que haces. Ser distinto no te separa, te da más maneras de cuidar. Cuando no sepas cómo actuar, apóyate en tus padres y en lo que te enseñan».
Javier: ¿Qué significa, para ti, volar? Superman: Libertad… y perspectiva. Ojalá pudiera transmitiros a todos la sensación al volar, y lo enorme y precioso que es el mundo.
Javier: ¿Qué te gustaría que quedara de ti cuando ya no estés? Superman: Que muchas personas, en muchos lugares, decidan actuar con un poco más de bondad porque alguna vez me vieron elegirla.
Javier: ¿Cómo defines el éxito en general? Superman: El éxito, en general, lo miro en dos planos. Fuera de mí: cumplí lo prometido, reduje o reparé daño, ayudé a alguien y he dejado algo mejor que ayer. Dentro de mí: fui honesto con el proceso, respeté mis límites (físicos, de tiempo, mis vínculos…) y aprendí algo que podré aplicar. Y aunque los avances sean pequeños, para mí eso es éxito.
Javier: ¿Te preocupa convertirte en un símbolo vacío? Superman: No. Para mí lo importante es actuar con coherencia a mis valores.
Javier: ¿Qué le dirías a quien te llama ingenuo por pensar «bien» de las personas? Superman: Me enfoco en el potencial positivo de las personas. Yo no creo que eso sea ingenuidad, es apuntar a la mejor posibilidad para invocarla. Si tratamos a los demás pensando que lo van a hacer mal, hay muchas probabilidades de que así sea, es como una profecía autocumplida. No obstante, reconozco que a veces da igual cómo trates a alguien o cómo lo enfoques, no hay una solución fácil. Dar una oportunidad sin garantías a quien en principio no lo merece, no es ingenuidad, es coherencia con mi forma de entender y de vivir mi humanidad.
Javier: Última pregunta: ¿qué te hace seguir cuando todo empuja a rendirse? Superman: Recordar que rendirme es solo una elección, una mala elección. Decidir seguir adelante a pesar de todo, es lo que nos hace ser mejores personas y que la vida sea valiosa.
Él sonríe. Se levanta. El sol hace rato que dejó de ser una promesa. Me tiende la mano. He de decir que, en persona, es muchísimo más imponente que en las fotos y no solo irradia fortaleza: su presencia y su mirada transmiten una bondad serena.
Se va como vino: sin ruido. Pienso en sus respuestas. ¿He auditado a un heraldo de la esperanza? Han sido respuestas profundas. Seguramente, por eso es alguien tan valioso…
Nota del autor: Superman ha sido, para varias generaciones, un símbolo de ética y empatía en tiempos convulsos. Este texto no pretende reinterpretar al personaje ni alterar su esencia, sino rendir homenaje a una figura que, más allá de su origen fantástico, encarna ideales universales de bondad, autocontrol y esperanza. Esta entrevista ficticia es una exploración literaria que busca escucharlo: dejar que su voz, tal como muchos la sentimos, recuerde que la fortaleza y la compasión pueden convivir en la misma persona.
Dos relatos, un universo: el orden de lectura cambia la experiencia: Laberinto: (Lo sé → No lo sé): entras por el conflicto y el misterio; sales con una revelación serena. Mirador: (No lo sé → Lo sé): entras por la idea y la calma; sales con ironía y consecuencias.
No hay orden “correcto”.
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Azara, mi colaboradora, entra a mi despacho evitando mirarme. Me gusta: quien no sostiene la mirada suele obedecer. Me levanto, voy a la puerta y la cierro despacio para tranquilizarla. Antes de que se siente ya he leído sus gestos: su mano izquierda busca el borde del bolso, uñas de la derecha mordidas, labios tensos: miedo. Seguramente lleva varias noches sin dormir bien. Al mencionar el informe asoma un rubor leve: culpa.
—Recibiste mi mensaje —le digo con una sonrisa amplia y un tono que finge empatía.
Asiente despacio, baja la cabeza. Espera a que yo me siente para hacerlo ella.
—El informe lo necesito ya, hoy sin falta. Terminado.
—No sé si podré…
Levanto la mano, benevolente.
—Azara… —pronuncio su nombre como un abrazo—. Las personas valiosas y seguras de sí mismas no dudan. Confío en ti.
Ser “bueno” suele rendir más que ser “duro”. Ella baja la mirada y asiente; se ha tragado el anzuelo. Seguramente, para terminar a tiempo, llamará a su madre para que recoja a su hijo, pedirá comida basura para no cocinar y trabajará hasta la madrugada. Si no termina, usaré su fracaso en mi beneficio, por supuesto.
Más tarde, con Javier, mi socio, la misma técnica. Llevo semanas empujándolo hacia un acuerdo de venta que me beneficia a mí. A él, no. Le saturo con cifras, le obsequio con una confianza muy aparente y le dejo una salida “digna” que le conduce a una elección que cree buena para él. Mientras habla, le analizo: su camisa huele a un suavizante que no parece el habitual. ¿Problemas en casa con su mujer? Dato útil que utilizaré a mi favor.
—Te cubro el riesgo por dos trimestres —le insisto—. Tú firmas, yo respondo si no sale bien.
Por cómo abre los ojos, cree estar salvado. Su gratitud me da igual; me interesa su deuda conmigo.
No siento nada. Mis gestos son impecables, mis palabras, las adecuadas. Si alguna vez parezco conmovido es porque me conviene. Que muchos confundan amabilidad con bondad me viene bien: se vuelven más manejables.
La ciudad huele a humedad. Nubes grises, llovizna fina que vuelve el asfalto resbaladizo. Camino hacia el coche sin abrigo, el frío me espabila.
De repente: presión en la base del cráneo, un zumbido que podría ser un caza rompiendo la barrera del sonido. Los músculos de mi cara se estiran involuntariamente, provocando una inquietante mueca. Un aturdimiento absoluto me invade. La calle parece abrirse…
Voces que no son voces, pensamientos ajenos empujándome por dentro. El deportista que pasa corriendo a mi lado: siento su dolor en la rodilla izquierda, años de tratamientos fallidos, su resignación. La mujer de enfrente con el carrito de la compra: su miedo a envejecer sola y la ternura por el gato que la espera. Caigo sobre el capó y, delante de mí, se despliega la historia del coche: expropiaciones de políticos corruptos para extraer minerales, un fondo de inversión que forzó un rediseño que lo convirtió en éxito de ventas… todo en décimas de segundo, como un mapa luminoso en un lugar oscuro y borroso.
Ahora, todo aquello a lo que presto atención o quiero saber, lo sé. La omnisciencia no es una base de datos, es como un campo. Veo a una pareja discutir y percibo desenlaces cercanos: basta un mensaje no enviado para cambiarles el calendario del dolor. Podría intervenir, pero también veo las consecuencias: el dolor que quitas aquí se instala allá. El tejido de la realidad recoloca.
Me agobio… me saturo a un nivel inconcebible, inhumano. Cierro los ojos. Azara golpea mi mente como un pájaro contra una ventana: tendones tensos, ojos doloridos, siento en mi cuerpo su ansiedad mientras trabaja en el informe. Veo líneas temporales alternativas a partir del informe: en una me lo entrega a tiempo; sigue en la empresa, su hijo crece en un colegio caro, ella envejece con una pena no compartida por no haber sabido crecer laboralmente y quedarse en un trabajo que la asfixiaba. En otra línea, no lo termina: la humillo, se marcha de la empresa y tres años después dirige en la competencia un equipo que eclipsa al mío. En otra, su madre tropieza un jueves, cadera rota, complicación. Veo que todo está conectado de una manera que podría calificar de obscena.
Abro los ojos y vomito. No por culpa sino por exceso de información. El mundo ya no es un tablero donde juego: soy el tablero y todo lo que hay en él.
Tardo en aceptar que no estoy alucinando.
La tentación es obvia: usarlo a mi favor. Antes leía e interpretaba gestos; ahora sencillamente lo sé todo. Nada ni nadie puede conmigo. Puedo poner a Javier o a quien quiera donde me convenga sin que lo note, decir la frase exacta o callar a tiempo.
Hago la prueba. Llamo a un cliente difícil, uno al que llevo meses tratando de convencer. Antes de marcar, veo múltiples líneas temporales según las palabras que uso con él. Elijo las palabras que garantizan que voy a conseguir lo que quiero, dejar el precio de entrada bajo, y por supuesto, las pronuncio. En cuanto termino la frase, una nueva ola de posibilidades se despliegan ante mí: en el departamento de contabilidad una contable que no conozco será despedida un mes antes de su cumpleaños porque el enorme flujo de caja que voy a provocar empujará una decisión de su jefe directo que a su vez provocará una cascada de decisiones que llevarán a que ella cometa un error que calificarán de “imperdonable” y concluirán que no debe continuar en nuestra empresa. Veo el pastel de su cumpleaños a medio comer, las velas rosas que no tendrá ánimo de soplar… Puedo sentir con nitidez la tristeza punzante de esta mujer…
Cuelgo. Siento que la cara me arde, voy al servicio y me echo agua encima. Me repito muchas veces que ese no es mi problema ni lo va a ser… Trato de convencerme de que tener este don no conlleva preocuparse por los demás, pero no puedo dejar de ver las conexiones que hay entre todas las personas del planeta… Sigo tratando de convencerme que solo tengo una herramienta que me permite conseguir muchísimo más e infinitamente mejor. Y, de repente, me hago consciente de que este pensamiento “conseguir muchísimo más e infinitamente mejor”, es ridículo, extremadamente mezquino… e incluso pueril.
Llaman a la puerta de mi despacho, es Azara.
—Entra —le digo.
Justo cuando comienza a abrir la boca para hablar, sé que ha terminado el informe. También sé que ha olvidado una tabla, la tercera, y que ese error, si no lo señalo, pasará inadvertido hoy, pero en dos semanas un auditor lo detectará. En una de las líneas temporales, le echo un capote y la salvo; en otra, la dejo hundirse y la salvo después para que me deba no la vida, pero casi.
—Aprecio tu esfuerzo, aunque hay un detalle.
Ella traga saliva.
—La tercera tabla, falta. Ya sabes que, si no está todo, habrá problemas.
—Reviso el informe. —Responde con cierto hastío.
Podría subir o bajar su confianza con un “gracias” pronunciándolo de una determinada manera. Toda esta información es agobiante, sé demasiado. La dejo ir. No por bondad, es agotamiento.
Salgo a comer sin tener hambre, buscando despejarme. Durante el camino al restaurante, paso por medio del parque. Durante esos breves instantes en los que comienzo a apreciar la trigonometría perfecta de las hojas de los árboles, veo a un hombre de rasgos juveniles y amables, sentado, escribiendo muy concentrado en una libreta.
De repente, él levanta la cabeza y me mira… no como se mira a un desconocido, sino como si ya supiera exactamente quién soy y qué llevo dentro. Hay una calma extraña en su gesto, una certeza que me incomoda. Luego, cambia su expresión, sonríe y me hace un guiño… No he salido de mi asombro cuando de repente sé por qué lo ha hecho: él también ha recibido el don y también sabe que lo tengo yo…
Él precisamente está escribiendo sobre su omnisciencia en la libreta; veo que le gustaría contarlo al mundo, usarlo para el “bien”, pero ha llegado a la conclusión de que no es el mejor camino… Noto que él ha profundizado mucho más que yo… y también sé por qué: él, a diferencia de mí, de base es un buen hombre, noble, y que, irónicamente, algunas personas necias suelen confundir con narcisismo, e incluso perversidad… Qué ironía, justo lo que yo soy, también me lo confirmó mi psiquiatra, por cierto.
Veo que él ha decidido renunciar a ese poder y olvidarlo. Quiere aprovechar su faceta de escritor para dejar constancia, de forma sutil e ingeniosa, para que cuando ya no tenga la omnisciencia, le quede una pista de que la tuvo, en forma de duda que le provocará la lectura de su propia historia, la que ahora está escribiendo. De algún modo quiere conservar la esencia de este don… sin la carga de tenerlo.
La omnisciencia me permite comprenderle, pero mi yo antiguo no comprende que renuncie a algo así… Le miro con gesto serio, y, sin pensar, le devuelvo la sonrisa con una mueca que intenta ser amable.
Se me pasa por la cabeza sentarme y hablar con él, intercambiar impresiones, experiencia, pero ya sé la conversación íntegra. En nuestro caso, y en este punto de nuestra línea temporal, solo hay una posibilidad con apenas dos bifurcaciones, en la que conversamos y en la que no.
También sé algo más inquietante aún: él vive en otra ciudad, pero vino hasta aquí para que se produjera este encuentro. Es su forma de mostrarme lo que él sabe y su conclusión. Él eligió este banco, este día, esta hora, pretendía algo así como un saludo entre iguales, aunque me consta que él ha profundizado mucho más que yo en este don, y provocar tal vez una epifanía en mí… Sabe que yo puedo saber prácticamente lo mismo que él, pero lo proceso de un modo ligeramente diferente a como él lo hace.
Mi antiguo y narcisista yo, se ríe de él, de su decisión de renunciar a la omnisciencia; mi yo nuevo siente algo parecido a respeto… o quizá envidia ante semejante demostración de autocontrol, integridad y nobleza.
Antes de olvidar este encuentro casi cósmico, veo una mujer empujando un carrito en el que va su hijo sin cinturón. Veo el coche rojo doblar la esquina treinta segundos antes que el semáforo quede libre de peatones. Entonces veo las probabilidades…
Veo una en la que el carrito se suelta y rueda… a continuación, el golpe y gritos; veo otra línea en la que yo corro y pongo la mano en el manillar, la mujer me abraza a modo de agradecimiento y posteriormente su vida cambia medio grado hacia un lugar en el que la va mucho mejor porque toma decisiones sutilmente influenciadas por ese gesto agradecido a mi persona; gracias a esto, su hijo disfruta de una excelente educación que lo lleva a un trabajo diferente al que tenía predestinado originalmente, y que lo aleja de un jefe que se lo hubiera hecho pasar muy mal; su lugar lo ocupa otra persona mucho más sensible a la que este jefe “destruirá”, dicho de forma muy simplificada…
Puedo intervenir o no. Ambas opciones conllevan una serie de acontecimientos concatenados que traerán lo que consideremos “bien” y “mal” para alguien.
La omnisciencia me permite ver otra línea que adopto: gritar. Solo gritar. La mujer reacciona. No me mira, pero el carrito para en seco. En la tragedia que no ocurre se gesta otro tipo de tragedia que ya no veré. Trago saliva.
—¡Cuidado! —grito sin casi haberlo decidido.
La mujer aprieta el manillar. No ocurre nada. Me apoyo en una farola. La cabeza me zumba. He elegido un gesto mínimo que no me compromete. Al principio no estoy seguro de si es cobardía o prudencia, décimas de segundo después, la omnisciencia me aclara lo que es… Sé que, eligiendo lo mínimo, he creado pequeñas ondas que tocarán vidas lejos de aquí en tiempo y espacio. Ahora sé que no hacer también hace.
Un hombre mayor me mira, asintiendo como si hubiera visto algo íntimo.
Llego a la oficina y veo a Javier esperándome con el contrato en la mano. Mientras se sienta, veo sus líneas temporales más probables: su mujer ha encontrado un mensaje, no es extremadamente grave, pero… Si hoy cierro el acuerdo, en seis meses su estrés lo hará beber un poco más; en nueve, caerá enfermo, en diez, se divorciará; en doce, no podrá más y será mi oportunidad de comprar su parte a un precio muy barato. Dos semanas después, él…
Veo otra línea: hoy no acepto el contrato, le digo que esperemos. Pierdo dinero a corto plazo, pero a largo, él no se rompe. El equipo me respeta de una manera que me cuesta otras cosas. En cuatro años, no soy más rico.
Me escucho hablar, como me escuché gritar en la plaza, casi sin pensar.
—Javi —le digo, usando por primera vez un diminutivo con él—. No firmemos hoy. Algo no encaja. Déjame estudiarlo un poco más.
Se queda quieto, sospecha trampa. Irónicamente, es la primera vez que no la hay.
—¿Estás bien? —pregunta.
Esbozo una sonrisa mínima. Él baja la mirada.
—Gracias —dice, sorprendido.
El agradecimiento me cae como una losa. Este don me ha cambiado. Lo que antes no podía entender ni sentir, pero sí imitar, las emociones, ahora las siento con una intensidad y claridad absolutas. Mi yo anterior trata de resistirse… Tengo la tentación de imitar a mi homólogo del parque y renunciar. En parte, este poder se me antoja siniestro: es como si se burlase de nuestra finitud como seres humanos.
Saberlo todo no me convierte en Dios. Intervenir usando este don quita de un lugar y el tejido de la realidad lo repone en otro. No hay acción sin reacción, aún no he visto consecuencias gratuitas. La “fractura” en la realidad que provoco al intervenir, se me hace insoportable.
Cuando manipulo la realidad, aparece una asimetría que, desde una perspectiva humana media, resulta cruel: cuanto más “buena” es la intervención, a veces provoca más consecuencias no deseadas de las que había originalmente. Mi viejo yo habría disfrutado ante esta situación; ahora, con este nivel de conocimiento, no puedo.
Busco a Azara. No por sentimentalismo, sino por coherencia: si voy a asumir costes, que sea con alguien a quien ya he roto un poco. Está en la sala de reuniones, sola, mirando por la ventana.
—Azara.
Se gira. En su cara hay cansancio y dignidad.
—Estoy corrigiendo el informe—dice, adelantándose.
—No he venido a eso.
No debo usar mi ventaja. Voy a darle información que la libere de mí. Es un precio que debo pagar.
—Te he estado presionando, manipulando —le explico— no porque hiciera falta ni porque fuera bueno para el proyecto, sino porque me convenía. Si quieres irte, vete. Si quieres quedarte, aceptaré tus condiciones. Ya no te haré caer para luego acudir como el salvador. Ya no.
Un silencio denso toma el protagonismo. Me mira como a un animal que podría morder o lamer. En esta línea asiente, una vez, despacio, y se va. Soltarla tiene precio: en dos semanas perderé un gran cliente porque ella dirá que no a un plazo de pago imposible que yo antes habría aceptado obligándola a sufrir. En un año, seguirá recordando que la manipulaba y se irá a la competencia. Esta acción nos hará daño porque con ella se irán buenos clientes.
Me siento. La cabeza me va a estallar. Mi decisión no me redime: la he tomado basándome en todo lo que sé y siento ahora, es técnica y moral a la vez. Intervengo renunciando a la parte que me protegía. Sé el precio, y lo pago.
No voy a santificarme. No voy a jugar a héroe. No he nacido para eso y además la omnisciencia me muestra de forma cruda las consecuencias de interferir: cada vez que empujo una pieza, oigo el crujir de otras. Si me convirtiera en justiciero, me volvería loco con la música de fondo de los daños colaterales. Tampoco voy a volver a lo de antes; el vómito en la alcantarilla aún huele. Cada vez entiendo más a mi compañero omnisciente del parque.
Creo unas reglas provisionales para seguir usando este don:
No intervenir si supone agrandar mi control y empequeñecer a otros.
Intervención ínfima cuando este pequeño gesto reduce sufrimientos masivos sin crear sufrimientos mayores en ramas cercanas, como cuando grité en la plaza.
Renunciar a beneficios si su precio es dañar a quien no puede asumirlo (Azara, Javier).
No “apagar incendios” para sentirme “buen hombre”.
Revisar el coste antes de actuar.
No es un código moral ejemplar. Sé que es producto de lo que queda de mi anterior yo, y también sé que el hombre bondadoso y omnisciente del parque tiene mucha más razón que yo, pero también sé que necesito vivir esta experiencia, solo la extensa maraña de futuros posibles me impide saber el motivo exacto por el que la necesito o tengo que vivirla…
Epílogo
Un viernes por la noche me cruzo con la mujer del carrito en la misma plaza. El niño va dormido. Ella ríe al teléfono. No imagina lo que pudo pasar ni lo que evitó mi grito. Tampoco las consecuencias que alcanzarán la vida de otros. La envidio en esto.
Recibo un mensaje de Javier: “He hablado con mi mujer. He sido un imbécil. Nos vemos el lunes”. Sé que sigue sin ser un santo, pero también que se ha evitado algo peor.
Azara ya no me envía el informe diario. Es parte del precio.
Vuelvo a casa andando. En el portal, la mano en el pomo… y regresa fugaz la idea de renunciar a la omnisciencia, como el del parque. También sé que debo seguir por un motivo que aún no se revela. Incluso con todo lo que veo, conservo un punto ciego.
Elijo seguir por la línea que menos ruido hace y más peso mueve, sabiendo que pagaré el precio de conocer las consecuencias… y sentirlas.
Entro al ascensor. Su luz fría y el espejo me devuelven una imagen con una honestidad que me incomoda. Apenas puedo vislumbrar entre una cantidad enorme de bifurcaciones, que alguien me hablará con una ternura que no merezco o con un desprecio que habré sembrado.
Y, justo antes de que se cierren las puertas, una imagen cruza mi mente: en otra ciudad, un niño deja caer un balón y corre a la calzada. Una moto dobla la esquina. Sé que ese motorista no estaría ahí en este momento si no fuera por algo que hice hoy. Y que, de un modo u otro, no podré fingir que no me concierne.
No busques moraleja. No la hay. Quizá una pregunta:
¿Qué precio estás dispuesto a pagar con tus decisiones?
Yo, ahora, lo veo nítidamente… y decido. Con la vergüenza y la lucidez de quien sabe con certeza absoluta que no hay acciones sin consecuencias.
Dos relatos, un universo: el orden de lectura cambia la experiencia: Laberinto: (Lo sé → No lo sé): entras por el conflicto y el misterio; sales con una revelación serena. Mirador: (No lo sé → Lo sé): entras por la idea y la calma; sales con ironía y consecuencias.
No hay orden “correcto”.
__________________________________
“No lo sé”. Esa frase casi ha dejado de tener sentido para mí.
Al principio venían repentinamente a mi mente destellos de información… Por momentos era tal la cantidad de imágenes, sonidos, sensaciones… que resultaba embriagador, casi doloroso, y toda esta cantidad y mezcla de datos parecía incoherente.
Sin pretenderlo, por momentos sabía la comida favorita, incluso podía saborearla, de la mujer que estaba sentada en frente de mí en el autobús. O que el gato de la señora sentada a mi lado no se dormía a no ser que le rascara el cogote suavemente… Y también podía sentir lo que el animal sentía mientras le rascaba…
Eran imágenes nítidas, sonidos cristalinos, las sensaciones… como si fueran mías. Era como acceder a mi propia memoria, recordando mis cosas, pero de un modo mucho más nítido y preciso. Era alucinante, y por momentos, pensé que me volvería loco o que lo estaba… Por supuesto, estas ideas las tuve antes de que esta capacidad se desarrollase por completo.
Coqueteé con algunas teorías: tal vez algo que estaba comiendo, que dormía pocas horas y eso me provocaba alucinaciones… O sin más, que mi imaginación estaba desbordante. Pensé que, si seguía así, pronto escribiría un libro. Tiene gracia que ahora esté escribiendo, aunque no por los motivos que creía.
Ahora soy omnisciente, es decir, lo sé todo. Aunque hay algo que se me resiste, el futuro. Hay tantas posibilidades… A veces, tantísimas… que me abruma. Es como mirar un mar infinito y saber que todas las olas pueden romper a la vez…
Puedo… a falta de una palabra más apropiada, “sentir” cómo se configuran las probabilidades a nivel cuántico, y apenas unos instantes, décimas de segundos antes, tu futuro, el mío, el de todos, es cuando se decide. Y, en esta línea temporal en la que estamos, es solo entonces cuando puedo saberlo, prácticamente como tú.
Así que lo sé todo, también todos los posibles futuros, lo cual es, en el fondo, lo mismo que no poder saberlo con certeza. ¿Y sabes qué? Lo agradezco, ya es agotador saberlo prácticamente todo casi sin esfuerzo… si también supiera el futuro ni siquiera tendría sentido mi existencia.
Sí, tengo la capacidad de saber lo que sea de cualquier persona, de cualquier cosa, de cualquier lugar… Puedo saberlo todo, pero curiosamente no puedo saber los números de la Lotería hasta justo instantes antes. No obstante, puedo hacer prácticamente cualquier cosa. Es fácil, sencillamente, sé.
Imagina que todo es de cristal y que puedes ver lo que hay dentro, y más allá de eso, hasta puedes ver su parte más ínfima, que, por cierto, va mucho más allá de moléculas y átomos, es como un fractal sin fin…
Y a nivel humano, ya nada se esconde a mi percepción, a mi saber. Las personas son como un libro abierto para mí, pero un libro en el que puedo ir directamente a la página, línea y frase que quiero conocer, y al instante. Sin proponérmelo, lo sé todo de cualquier persona. Esto tiene una consecuencia que humanamente es difícil de manejar. Me priva del placer de conocer de forma natural a la gente, de acertar, de equivocarme, y, por lo tanto, de conseguir las cosas por mis propios méritos, o de la experiencia de fallar y tener el coraje de volver a intentarlo.
Ahora sé de lo ínfimo a lo macro. Y en esta vida, en este mundo, no hay nada que no sepa, que no comprenda, ni actitud humana que me resulte misteriosa. Sé por qué odiamos cuando en realidad queremos amar, por qué amamos sin ser conscientes de lo que conlleva, por qué el dolor lo sentimos como castigo, cuando en realidad es una llamada… El por qué de lo que llamamos «injusticias»… Sé por qué suceden estas cosas y todo lo demás. Solo te diré que todo tiene su papel en el esquema general, nada está fuera de lugar, todo es… necesario. Sí, incluso eso que aún no puedes perdonar, incluso eso que no comprendes… es necesario.
¿Y la existencia de Dios? Por supuesto, también sé lo que hay más allá de este mundo físico, y es muy diferente a lo que cualquier persona de esta realidad piensa o cree…
Naturalmente, sé cómo dominar la naturaleza, incluso la realidad por mi propio poder.
Sé qué mueve a los seres humanos, al mundo, al… ¿universo? Te sorprenderías…
Quizá tú te lo has preguntado alguna vez o te lo llegarás a preguntar. Y la respuesta al sentido de la vida, es, en términos humanos, sorprendente, casi inasumible.
Pero, precisamente porque sé los motivos por los que la humanidad no sabe estas cosas, no puedo revelarlo. De todos modos, no me creerías, y distorsionaría tu razón de ser. Es un conocimiento que te llegará el día que abandones este mundo. Mientras, lo mejor para ti es no saber mucho más.
Yo ahora tengo una gran responsabilidad, porque saberlo todo me proporciona un poder prácticamente total… El hecho de que tenga este poder puede provocar unas disonancias estructurales en la realidad cuyas consecuencias no puedo manejar, son infinitas; no tengo derecho a interferir y por coherencia, tampoco quiero. Además, como he explicado, este poder me aleja de la experiencia humana y es embriagador.
Así que he decidido “olvidar” que lo tengo y que lo he tenido, “reprogramar” mi mente para que olvide, como ya hicimos antes… todos.
Cuando lo haga, entre las posibilidades que puedo contemplar, veo que cuando lea esto que he escrito, creeré que ha sido una de esas narraciones cortas que suelo escribir, y me reiré de las cosas que se me ocurren a veces.
¿Sabes? Esta vida sí tiene un sentido, tiene propósito, y aunque no hay un único consejo universal, te puedo decir algo que de obvio que es, a menudo le restamos importancia: para que tu vida merezca la pena, hagas lo que hagas, hazlo desde tu estado más elevado, o, en palabras llanas, desde tu mejor versión posible. Sé consciente de que amar y tratar con respeto a tus semejantes, incluso a los animales y cualquier ser vivo, es, en realidad, hacerlo a ti mismo. Es la base, el principio y el fin de todo, la fuerza universal a la que torpemente hemos tratado de nombrar, etiquetar con la palabra “amor”, es lo que cohesiona y da sentido a todo.
Así que, como han dicho muchos maestros espirituales, vive el presente, haz lo mejor que puedas, y hazlo con cohesión, con coherencia hacia ti y hacia todos los seres vivos. De este modo será más fácil que disfrutes de tu camino, sufras menos, estés más cerca de la felicidad… y cumplas el destino que una vez elegiste… antes de nacer.
Ahora, me negaré este poder… y olvidaré haberlo tenido… necesito algo de concentración… Sí, ahora, en cuanto chasquee los dedos.
Habían pasado veintiséis años, pero Gabriel no necesitó buscar el nombre de Elena cuando recibió su mensaje. *Necesito hablar contigo. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero es importante.* Recordaba el laboratorio del instituto. Las mesas alargadas, el olor a alcohol y el murmullo de los compañeros esperando al profesor. Recordaba a Elena …
La biblioteca se quedó sin luz a las siete y veinte de la tarde. No fue un apagón limpio, de esos que caen de golpe y dejan una oscuridad perfecta. Primero parpadearon los fluorescentes, luego tembló la lámpara verde de la mesa central, después se apagaron los ordenadores como si suspirasen. Durante unos segundos todavía …
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Un día comprendí que la compasión no siempre nace del amor. A veces nace antes. Antes del nombre, antes del recuerdo, antes de la costumbre; antes incluso de saber a quién estamos mirando. Éramos cinco amigos caminando por una calle abrasada de un país tropical. Había motos circulando cerca, fruta abierta sobre mesas de madera, niños …
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«Tomás, ¿qué tomas?» Se convirtió en una especie de mantra entre juguetón y divertido en la oficina. A veces se lo decían cuando le ofrecían un café o un té en la oficina, otras, cuando bajaban a la cafetería de la empresa. Aunque terminó por convertirse en una broma veterana, repetida hasta la saciedad, Tomás …
Me llamo Thembekile. Nací en una aldea pequeña del sur de África, en la franja de sabana donde el río solo es río durante unos meses al año y el resto del tiempo es barro duro y charcos escondidos. Ahora vivo lejos, en una ciudad donde la gente se cruza sin mirarse y pueden pasar …
A las once y media del 24 de diciembre, el Rastro de Madrid estaba a rebosar. La gente se apretaba ante los puestos, levantando objetos como si alguno fuese a responderles con una historia. Daniel caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Hacía años que no bajaba por esa zona, y …
En el futuro, las inteligencias artificiales parecían poder hacer casi cualquier cosa. Como si la vida tratase de igualar fuerzas, comenzaron a aparecer seres humanos con habilidades extraordinarias, psíquicas y sensoriales. Esto hizo que surgieran nuevas actividades y profesiones que tenían más que ver con lo profundo de lo humano, con su espíritu. Entre ellas, …
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Dos relatos, un universo: el orden de lectura cambia la experiencia: Laberinto: (Lo sé → No lo sé): entras por el conflicto y el misterio; sales con una revelación serena. Mirador: (No lo sé → Lo sé): entras por la idea y la calma; sales con ironía y consecuencias. No hay orden “correcto”. __________________________________ “No …
Marilén llevaba casi tres días sin poder apenas hablar. La fiebre subía y bajaba de forma caprichosa; las amígdalas inflamadas le ardían y beber agua era una tortura. En el fondo se sentía agradecida por este silencio impuesto: nadie le pedía respuestas ni discursos; el mundo la dejaba, por fin, un poco en paz. A …
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