La casa de huéspedes

Ser humano es como llevar una casa de huéspedes,
cada día puede llegar un nuevo inquilino:
una vileza, una alegría, una maldad, una felicidad…

¡Dales siempre la bienvenida y pasadlo bien!
Aunque sean multitud de penas
que dejan tu casa vacía.

Sea cual sea, trata a cada huésped honorablemente,
porque posiblemente te esté liberando
para un nuevo deleite.

Da gracias por cada uno que venga
porque finalmente todos fueron enviados
como guías del más allá.

Adaptación libre de Javier Martín de unos versos de Mevlana Jalaludín Rumi.

Me llamó la atención el mensaje de este poema. Ciertamente, en cada etapa de la Vida nos toca vivir diversas experiencias que conllevan una cantidad considerable de emociones y aprendizaje.

Yo tengo la convicción de que todo tiene una finalidad y que todo lo que nos sucede es para nuestro bien, sea «bueno» o «malo». Creo que todas las experiencias, especialmente las que consideramos «malas», tienen un cometido que en muchas ocasiones sólo la perspectiva que nos da el paso del tiempo nos permite conocer, y nos damos cuenta de que era lo mejor que nos podía pasar en función de nuestra evolución personal.

Por eso, creo que lo mejor que podemos hacer es abrazar todo lo que aparece en nuestra vida, especialmente las cosas «malas»: desde una situación comprometida o desagradable, a una persona que no nos cae bien, o cualquier otra cosa que nos haga sentir mal o perdidos.

Crecemos ante los desafíos, ante las situaciones adversas. Es ahí donde nos toca actuar y donde aprendemos dónde están nuestros límites y el modo de superarlos. Son las situaciones que nos provocan para que actuemos de un modo diferente al que solemos hacerlo.

Por ello, la mejor actitud es pensar que son bendiciones disfrazadas, buscar la oportunidad que se esconde ante un infortunio o situación indeseable, y dejar que saque lo mejor de nosotros para mejorar en todos los aspectos, especialmente, en aquellos en los que somos más débiles.

Siempre que aparezca en tu vida algo o alguien que te haga sentir incómodo de alguna manera, algo o alguien que cuestione tus creencias o paradigmas, da gracias, abraza la oportunidad que se te brinda, porque sólo así podrás ver con claridad la oportunidad que esconde.

Un tiempo para cada cosa

Un hombre que llevaba buena parte de su vida tratando de alcanzar la iluminación espiritual, viajó a un templo budista en busca de un sabio que le pudiera indicar cómo lograrlo. Poco después de llegar, encontró a un monje dispuesto a atenderle.

El hombre le explicó que hacía muchos años había dejado todo para dedicar cada instante de su tiempo a alcanzar la iluminación, y que nada de lo que había hecho le había llevado a ese estado superior.

Cuando el hombre terminó de explicarle y le preguntó qué debía hacer, el monje, que hasta el momento había escuchado con gran atención, se quedó pensativo unos segundos. Pasados esos instantes, asintió como si acabara de comprender algo, y contestó:

—Debe usted meditar. La meditación debe ser casi como respirar… Vaciar su mente y dejarse fluir… Desconectar para volver a conectar con el Todo… Compañeros míos practicando durante cierto tiempo la meditación han llegado a la iluminación.

—¿Y yo durante cuánto tiempo tengo que meditar para alcanzarla también?

—Depende de cada persona y de su grado de evolución… En cualquier caso, le recomiendo que medite todos los días durante unas… digamos cuatro horas.

—Y meditando cuatro horas al día, ¿cuánto tiempo tardaré en alcanzar la iluminación?

—En unos… diez años —contestó el monje, sonriendo levemente.

—¿Y si meditara durante ocho horas al día, maestro? ¿Cuánto tardaría?

—Meditando ocho horas al día… posiblemente lo conseguiría en unos… veinte años.

—¡Pero cómo! ¡Dedicando más tiempo a la meditación tardaré más en alcanzar la iluminación! —exclamó entre sorprendido e irritado el hombre.

El monje le explicó:

—Inquieto e impaciente visitante… No es cuestión de hacer más, sino de hacerlo bien. No es cuestión de centrarse sólo en objetivos, sino de vivir la Vida. Es absolutamente necesario vivirla y disfrutarla para poder alcanzar metas. Dedique sólo el tiempo necesario a conseguir su objetivo, con sus pausas, con los tiempos estrictamente necesarios en cada fase, y sin llegar al cansancio ni a hartarse. De esa manera, los resultados vendrán, inevitablemente.

Dicho esto, hizo un guiño al hombre mientras se dirigía al patio, donde le estaban esperando otros monjes para jugar al fútbol…

Historia original de Javier Martín.

Tú eliges

Tuve la suerte de conocer al señor Guzmán en un hospital realizando labores de voluntariado pasando el tiempo con niños enfermos de cáncer. Nunca antes había visto a una persona que transmitiese tanta serenidad y bondad.

Me resultaba incomprensible que a algunas personas, muy pocas, no les cayera bien. Quizás no eran capaces de asimilar que hubiera alguien tan sumamente positivo y con una paciencia a prueba de bombas. Y es que las situaciones que nos tocaba vivir en el hospital con los niños enfermos podían destrozar la moral de cualquiera. Algunos niños estaban tan mal que a veces no los volvíamos a ver al día siguiente. Sin embargo, el señor Guzmán siempre ofrecía una mirada serena y una agradable sonrisa, y en cualquier circunstancia tenía palabras y gestos amables para todo el mundo, incluso para aquellos que no se portaban bien con él.

Un día no pude más y le pregunté cómo podía tener siempre esa actitud tan positiva. Él, tan gentil como de costumbre, me respondió:

—Bueno… Yo también tengo mis momentos bajos, ¡soy un ser humano! – Dijo sonriendo como siempre. – La diferencia es que cada vez que estoy a punto de rendirme ante las circunstancias, me digo a mí mismo que puedo elegir entre ser víctima y lamentarme sin hacer otra cosa, o puedo tomar las riendas de mi vida, haciendo todo lo que esté en mi mano para mejorar la situación. Siempre puedes elegir tu actitud. Siempre puedes elegir, amigo mío, entre lo positivo y lo negativo.

Confieso que inicialmente sus palabras me parecieron obvias, pero su mensaje era muy importante y la mayoría de las personas no tenemos en cuenta este punto de vista.

Seguía sin comprender cómo podía adoptar siempre una actitud positiva, así que indagué más.

—¿Usted siempre ha sido tan positivo, señor Guzmán?

Nada más hacerle la pregunta, me miró… pero sus ojos parecían estar en otro lugar. Por primera vez, vi un gesto serio dibujado en su rostro.

—No. No siempre era tan positivo. Hace unos años me pasó algo muy dramático que hizo de catalizador para que mi actitud mejorase. Tuve un accidente de tráfico en el que pude morir… Quien falleció fue… mi amada mujer. La quería más que a mi propia vida, lo era todo para mí.

El señor Guzmán tragó saliva, y unos segundos después, continuó.

El coche quedó destrozado por el impacto, y mi alma fue golpeada mucho más duramente que mi cuerpo cuando observé con impotencia cómo mi mujer apenas podía respirar y a pesar de eso me miraba con dulzura mientras me decía en un susurro que… todo saldría bien…

Me sorprendí muchísimo al ver cómo el semblante siempre alegre del señor Guzmán había desaparecido por completo, y por primera vez pude ver en su rostro reflejada una enorme tristeza. Quise pronunciar unas palabras de ánimo, pero el nudo en la garganta que sentí al notar tanto sufrimiento en aquel hombre noble y bueno, me lo impidió. Él, aparentemente consciente de mi incapacidad momentánea para articular palabras, siguió contando su triste historia:

«Todo saldrá bien.» Eso me dijo mi amada… Nunca olvidaré esas palabras. Cuando al fin consiguieron sacarnos de entre los amasijos del coche, y escuché a los médicos certificar su muerte, yo me quise morir en ese instante. Ya nada me importaba. Nada de lo que hubiera en este mundo podía tener sentido para mí. Quería morir e irme con ella. Fue entonces cuando uno de los médicos dijo que era necesario llevarme lo antes posible al hospital. Recuerdo que entre susurros yo decía una y otra vez que no quería vivir. Segundos después, perdí el conocimiento…

Desperté completamente aturdido y sin recordar nada en una habitación iluminada por una intensa luz natural que entraba por una amplia ventana. Una amable voz femenina me saludó y empezó a explicarme la situación. Se trataba de una enfermera que rápidamente llamó al personal del hospital para que me examinaran. Le pregunté qué hacía yo allí. La enfermera me contó que había tenido un accidente hacía varias semanas. Nada más escuchar esas palabras, pregunté por mi esposa, y cuando vi la expresión en la cara de la enfermera… recordé…

Me dolía tanto el alma que no podía llorar. La desolación que sentía era absoluta, y comencé a preguntarme qué hacía yo en el mundo, porqué se me había perdonado la vida…

Entonces, la enfermera dijo:

«Todo saldrá bien».

No hay palabras para describir lo que sentí al escuchar esta frase tan trivial, la misma que pronunció mi mujer pocos segundos antes de fallecer. En ese momento, fue cuando… Elegí. Elegí vivir, elegí tener siempre una actitud positiva… Como te decía antes, las circunstancias son las que son, amigo mío, pero mi actitud es mía, sólo mía. Yo elijo, y elijo la Vida, elijo actuar en positivo y trabajar para mejorar las circunstancias. Elijo amar y servir a los demás. Porque quiero contribuir activamente a que se cumpla.

¿Que se cumpla qué? pregunté aún aturdido por la historia y sin ver lo evidente.

Que todo salga bien respondió el señor Guzmán, retornando a su habitual y agradable sonrisa…

Historia original de Javier Martín.

Cuando el amor es puro

Era una oscura y lluviosa tarde la que se veía a través de las ventanas del hospital. El agua caía con fuerza en las calles, mientras sacaban de la ambulancia a toda prisa a una niña cuyo aspecto encogió el corazón de los enfermeros que fueron a asistirla.

Llegó a la habitación asignada a la niña uno de los médicos que estudiaban la escurridiza enfermedad que padecía. Llevaban muy poco tiempo estudiando el caso. Hasta el momento sólo sabían con certeza que se trataba de una rara dolencia que no sabían cómo curar.

El médico, muy preocupado, no sabía qué tratamiento aplicar. Fue entonces cuando escuchó la voz entrecortada y llorosa del hermanito de la niña, preguntándoles a sus padres porqué él se había salvado y su hermanita no.

Inmediatamente preguntó a los padres a qué se refería su hijo, y entonces le contaron que hace dos años, cuando vivían en otra ciudad, su hijo tuvo una enfermedad muy parecida a la que ahora aquejaba a la niña.

El médico sintió una mezcla de enfado y alegría al escuchar estas palabras. Enfado consigo mismo, por no haber indagado más en el historial médico de la familia de la niña: se había centrado en los padres, pero incomprensiblemente había pasado por alto a su hermano, a pesar de los procedimientos médicos existentes para casos así. Estaba alegre, porque si su hermano había tenido la misma enfermedad y se había salvado, habría generado los anticuerpos necesarios para salvarla.

Se realizaron a contrarreloj todo tipo de pruebas. Cuando confirmaron que el hermano de la niña había efectivamente padecido la misma enfermedad, supieron qué hacer para salvarla: una transfusión de sangre le proporcionaría los anticuerpos necesarios para curarse.

El doctor le explicó al niño que su hermanita estaba muy enferma y que podía morir, pero que con una transfusión de su sangre se podría salvar. Le preguntó si estaba dispuesto a hacerla. El niño dudó durante unos instantes, y finalmente le dijo al doctor: «Sí, quiero darle mi sangre. Si eso salva a mi hermanita, seré feliz».

Hicieron los preparativos necesarios para poder realizar la transfusión del niño a su hermana. Al poco tiempo de comenzar, el niño que estaba preocupado por su hermana, comenzó a notarse un poco débil. Entonces miró a sus padres, y a continuación al doctor, que estaba al lado de la enfermera, y preguntó:

—¿Cuándo empezaré a morirme?

Cuando le hablaron de transfusión, el niño creyó que le estaban pidiendo darle toda su sangre a su hermanita. Pero él estaba dispuesto a hacer ese sacrificio por ella…

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Cuando el amor es puro, somos capaces de hacer prácticamente cualquier cosa. No se me ocurre un gesto de Amor más grande y desinteresado que dar la vida por otra persona. He escrito esta narración basándome en una breve noticia que leí hace algún tiempo. Ignoro si era cierta, pero es tremendamente emotiva e inspiradora.

Entre las millones de posibilidades que podemos vivir los miles de millones de personas que habitamos este planeta, con toda seguridad esta historia se puede quedar corta en comparación con otras relacionadas con sacrificios y gestos de amor y bondad que han ocurrido realmente.

¿Afilas tu hacha?

Se acercaban las fiestas del pueblo. Todo el mundo estaba muy contento, especialmente los leñadores, pues este año se haría un concurso para premiar al cortador de árboles más rápido.

Entre los participantes, se encontraba un fornido joven que presumía de ser el más rápido del lugar. Todo el mundo se sorprendió al ver que se inscribía un anciano de apariencia débil. Los demás participantes no destacaban por nada en particular.

La prueba dio comienzo en el bosque cercano al pueblo, y cada participante tenía su zona para talar árboles. Casualmente, el anciano se encontraba en la zona más próxima a la que le había tocado al fornido y presuntuoso joven. El anciano se detuvo un momento, y observó sorprendido la gran fuerza de la pegada del joven, que parecía necesitar muy pocos golpes para derribar los árboles.

Uno de los observadores del concurso que paseaba por allí, se acercó al anciano, el cual continuaba observando al joven, y se puso a charlar con él, diciéndole que nadie podría ganar al joven. El observador se sorprendió mucho al escuchar la gran seguridad con la que el anciano pronunció lo que parecía ser una sentencia: «No, no podrá vencerme». Poco después de pronunciar la frase, el anciano sonrió pícaramente y comenzó su tarea.

Después de un buen rato, el anciano había igualado al joven, lo cual no pasó desapercibido para éste. Así que en uno de los momentos que dedicaba a descansar y tomar aire, comenzó a observar al anciano. Se dio cuenta con gran sorpresa de que paraba frecuentemente, sentándose de espaldas a él. Pensó: «¿Cómo es posible que descansando tanto me haya podido alcanzar? ¡Habrá sido suerte! No podrá ganarme». Y prosiguió su labor.

Curiosamente, a pesar de su gran fortaleza y de que se esforzaba tanto como al principio, la pegada del joven fue perdiendo eficacia, mientras que el anciano parecía ir derribando cada vez más árboles.

Finalmente, se alcanzó el tiempo límite y se comprobó que el anciano había cortado en total dos árboles más que el fornido joven. Todo el mundo felicitó con gran fervor al anciano. Muy complacido, no paraba de sonreir y agradecer por tanto reconocimiento a su logro.

El joven, que no salía de su asombro, se acercó al anciano con una mezcla de rabia y admiración. No pudo evitar sorprenderse aún más al verle de cerca y comprobar la debilidad que aparentaba; los años habían hecho gran mella en su aspecto físico. El joven no paraba de preguntarse cómo podía siquiera manejar el hacha.

Para tratar de satisfacer su curiosidad y aplacar su confusión, le preguntó al anciano cómo era posible que le hubiera ganado, argumentando que él era un joven y experto leñador, además de poseer una gran fortaleza física.

El anciano, sonrió y le explicó al joven: — Cada vez que yo paraba a descansar, aprovechaba para afilar concienzudamente mi hacha. Si tu herramienta de trabajo no está afinada de manera óptima, es imposible que puedas mantener un buen nivel o que logres los mejores resultados.

Versión de Javier Martín de la parábola del hacha afilada.

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No siempre valoramos como es debido el tiempo que dedicamos a prepararnos. A veces acometemos tareas o nos lanzamos a la consecución de objetivos sin haber preparado de manera óptima todos los detalles, todas las herramientas o sin haber obtenido todos los conocimientos que vamos a necesitar.

Quizá por lo obvio que es, lo pasamos por alto. O tal vez ni siquiera le damos la importancia que tiene. La mayoría de las veces es mejor dedicar un tiempo a preparar nuestras herramientas, sean las que sean, para acometer una labor o alcanzar una meta, «perdiendo» el tiempo en preparar todo lo que necesitamos para lograrlo.

Analizando la situación buscando la mejor metodología, las mejores herramientas, etc., lejos de perder el tiempo, estaremos ganando a posteriori un tiempo precioso porque habremos optimizado los recursos a utilizar.

Así que,  a «afilar el hacha» como es debido…

¿Tienes la taza llena?

Cuenta la leyenda que un hombre extraordinariamente erudito y con gran experiencia de vida, fue a visitar a un gran maestro Zen porque quería aprender todo lo que aún no sabía acerca de esta filosofía.

Después de presentarse, el erudito le contó al maestro que había pasado toda su vida estudiando, incluso cuando le tocó servir a su patria como guerrero. Le expuso con gran lujo de detalles toda la historia conocida del Zen, y acto seguido le pidió al maestro que compartiese con él los secretos que él desconociera.

El maestro sonrió, invitó al erudito a sentarse y le ofreció té. Le pidió que le explicara de nuevo porqué quería aprender Zen, y el erudito comenzó de nuevo a darle una detallada explicación de sus motivos y de la historia del Zen.

Mientras el erudito explicaba de nuevo todo lo que sabía, el maestro le dio una taza, y mientras éste la sostenía en sus manos, el maestro empezó a echar el té hasta el punto de rebosar la taza y acto seguido, el plato, mojando y quemando al erudito.

¡Pero qué hace! ¿¡No se da cuenta de que ya está la taza llena!? – Gritó dolorido y confuso el erudito.

En efecto, la taza está llena y no cabe más té, por eso desborda, lógicamente. Es justo lo mismo que le pasa a usted con su mente. Tiene la mente llena de datos y prejuicios. Por eso, no tiene cabida para aprender Zen. Ni nada más.

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A todos, en menor o mayor grado, nos pasa lo mismo que al erudito de esta historia: tenemos la mente llena de ideas, de datos, de prejuicios… y por eso a veces nos «desbordamos» cuando una nueva idea, paradigma o modo de hacer las cosas, aparece en nuestra vida.

Y es que no hay peor cosa que creerse sabedor de todo, como un «perro viejo» que ya no acepta nuevos trucos.

En algún momento podemos perder la capacidad de sorprendernos, de ver las cosas desde una perspectiva de «sana ignorancia», o lo que es lo mismo, ignorando lo que creemos que sabemos de la vida, de las personas y de las cosas, de tal modo que concedamos el beneficio de la duda a algo que puede ser interesante.

Quizá no consista en «vaciarnos» de todo lo que sabemos, sino de ir sustituyendo viejos e inservibles paradigmas por otros nuevos y útiles. Algo así como vaciar la taza según nos vaya haciendo falta. O quizás haya que tener más de una taza y contrastar el contenido de cada una hasta encontrar el que más nos guste o interese.

En cualquier caso la actitud más inteligente es conocer las cosas y las personas a fondo sin dejarnos guiar o llevar por prejuicios, por lo que creemos que sabemos o por lo que digan los demás. Porque tal vez detrás de lo que tenemos delante haya una oportunidad real, algo maravilloso que quizá no aceptamos porque nuestra experiencia y conocimientos ocupan todo el espacio de nuestra taza.

Es algo para reflexionar y hacer un autoexamen riguroso. Porque todas las personas sin excepción en algún momento nos hemos dejado llevar por nuestros prejuicios. Por nuestra «taza llena».

Ya lo dijo Albert Einstein:

¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio…