Para realizar un experimento psicológico, se metieron unos cuantos monos en una jaula. En la parte central del techo de dicho entorno, pusieron unos plátanos, y justo debajo, una escalera que permitía alcanzarlos fácilmente.
Lo primero que hicieron estos animales en cuanto fueron introducidos en la jaula, fue intentar coger dichos plátanos. Ahí comenzó el experimento.
Cuando alguno de ellos intentaba subir por la escalera para coger algún plátano, se les mojaba a todos con agua gélida a presión. Cada vez que intentaban subir por la escalera, se les volvía a rociar con agua fría, lo cual provocó que finalmente dejaran de intentar coger los plátanos.
Llegó un momento en el que cuando el más rebelde del grupo se dirigía a la escalera para volver a intentar coger algún plátano, sus propios compañeros se lo impedían violentamente para así evitar que les volvieran a echar agua fría.
Cuando los observadores del experimento estimaban que todos los monos tenían asumido que intentar coger un plátano equivalía a una ducha helada y lo daban por perdido, sacaban a uno de los monos e introducían en la jaula a un mono totalmente ajeno a todo lo que había pasado hasta el momento.
Cuando el mono recién llegado veía los plátanos y corría a subir la escalera para comerse alguno, los otros monos, los que ya estaban resignados y conocían el «castigo» de intentarlo, le agredían violentamente para que no llegase a cumplir su objetivo de coger los dichosos plátanos.
Los científicos, llegaron a la obvia conclusión de que el mono recién llegado, después de varios intentos, asume que no se puede acercar a los plátanos si no quiere recibir una paliza, aunque desconozca el motivo por el cual le atacan sus compañeros al intentarlo.
A partir de aquí, se saca de la jaula otro de los monos que conocían el castigo del agua fría e introducen a uno nuevo, ajeno a todos estos incidentes. Igual que el mono anterior, el recién llegado en cuanto ve los plátanos, corre a la escalera para trepar y cogerlos. De nuevo, todos sus compañeros corren a impedirselo con violencia. Lo llamativo es que el anterior mono nuevo del grupo, el que aprendió a desistir de coger los plátanos no por el agua fría, sino por la violencia de sus compañeros, se muestra tan violento o más que los otros monos, los que estaban desde el principio y asimilaron no coger los plátanos por el castigo del agua fría.
Estos pasos se repiten, van sustituyendo los monos que había en el inicio del experimento por otros ajenos al castigo del agua fría. Poco a poco, va disminuyendo la cantidad de monos que conocían el castigo inicial, pero todos seguían agrediendo violentamente al nuevo mono que llegaba e intentaba coger los plátanos.
Al final del experimento, se comprobó que, aunque los monos que había finalmente en la jaula no habían conocido el castigo del agua fría al intentar coger los plátanos, habían hecho suya la regla de que no está permitido subir por la escalera para intentar coger la fruta, hasta el punto de que quien lo intentase, se llevaría una buena paliza.
¿Qué conclusiones extraemos de este experimento?
A los seres humanos nos pasa exactamente lo mismo: en la mayoría de las ocasiones criticamos o condenamos a personas, situaciones o lo que sea, sólo porque hemos observado que otras personas lo hacen, sin cuestionar la validez y el origen de dicha actitud aprendida por simple convivencia.
Asumimos como «bueno» lo que se hace por costumbre, los prejuicios y preceptos, y cuando se alza alguien por encima de dichos paradigmas, cuando alguien cuestiona la validez de esas costumbres o actitudes, generalmente es avasallado y reducido.
Podemos tomar nota de este experimento, el cual invita a cuestionar nuestros esquemas mentales, a observar nuestras actitudes y a actuar bajo nuestro propio criterio, desde un punto de vista ecuánime y sin importar lo que haga la mayoría.
Así funcionan la mayoría de los grupos de personas, se actúa de un modo determinado «porque las cosas siempre se han hecho así», y al nuevo que intenta mejorar el proceso, cuestiona las normas con mejores procedimientos o busca explicaciones, se le veta o anula.
Si en tu grupo de trabajo, o en tu entorno, estimas que vuestro proceder está viciado por la costumbre, si no se avanza, puede que la mejor solución sea introducir un «mono nuevo» y se le deje aportar nuevas ideas, que se le deje llegar a alcanzar los plátanos. Seguramente, el premio será mucho mayor que el «castigo».
Nada es para siempre. Los cambios son inevitables. No obstante a veces nos aferramos a personas, situaciones, lugares… Esto es porque padecemos una malsana adicción a la «seguridad».
a situación. Si aceptamos esta nueva situación y tratamos de encajar en ella, podemos darle la vuelta en el caso de que sea negativa y hacer que juegue a nuestro favor. En definitiva, no importa aquello que nos sucede y sobre lo que aparentemente no tenemos control, lo que importa es cómo decidamos afrontarlo.



































