Ubuntu

Me llamo Thembekile. Nací en una aldea pequeña del sur de África, en la franja de sabana donde el río solo es río durante unos meses al año y el resto del tiempo es barro duro y charcos escondidos. Ahora vivo lejos, en una ciudad donde la gente se cruza sin mirarse y pueden pasar años sin saber el nombre del vecino. Por eso, cuando cuento esto, lo cuento como quien intenta enseñar otra forma de respirar.

En mi aldea, de niño, uno no era “uno” sin los demás. Lo aprendías en el día a día, no con palabras: si un niño era lento, los demás le apoyaban; si alguien tenía miedo, el miedo se repartía entre todos hasta que pesaba menos. Esta forma de ser no nos parecía una virtud, era nuestra manera de mantener la vida en equilibrio… Como mantener el fuego: si lo descuidas, se apaga, si lo acaparas, quema.

De niño, casi no oía decir la palabra ubuntu. No hacía falta: se practicaba. Años después, viviendo fuera, la escuché repetida como lema, en boca de personas que la pronunciaban como si fuera un gran descubrimiento. La primera vez me sorprendió mucho, no porque estuvieran equivocados, sino porque estaban nombrando, a su manera, lo que a nosotros nos sostenía sin nombre.

El año que todo cambió un poco llegó un hombre llamado Elias Blandin. Era un consultor de un programa internacional, de esos que aparecen cuando alguien decide que un lugar “necesita modernizarse”. Su trabajo no era repartir comida ni curar enfermos: era más frío y sutil, venía a medir cómo vivíamos y a “entrenar” a los niños para el mundo fuera de nuestra tribu: competencia, rendimiento, premios, listas. Blandin hablaba como si todo eso fuera neutral, como si fueran herramientas.

No hablaba nuestra lengua. Venía con una intérprete de la zona, una mujer joven que había vivido temporadas en la ciudad y regresaba cada vez que podía. Blandin hablaba despacio en una lengua puente, y ella nos lo devolvía en la nuestra.

Pidió permiso a los mayores para proponer juegos a los niños, y aceptaron. Los juegos aquí siempre habían sido una forma de enseñar. En estos juegos, él mostraba más de lo que decía: señalaba el árbol, marcaba el recorrido con el pie, levantaba el premio para que todos lo viéramos. Aun así, yo me di cuenta enseguida de una cosa: entre lo que él decía y lo que nosotros oíamos había un «espacio», y ahí también se jugaba.

Se instaló en el claro del árbol grande. Nos miró una semana sin corregir nada, como quien escucha el ritmo antes de tocar un tambor. Unos días después, empezó.

Primero nos dio pequeñas fichas con nuestros nombres, las colgó de cuerdas, nos ordenó en filas y señaló diferencias con el dedo. La intérprete buscó palabras exactas para algo que aquí no se nombra. Lo expresó así:

—Tú corres más.
—Tú te distraes.
—Tú podrías llegar primero.

No era insulto, era clasificación, y me di cuenta de lo que en ese momento para mí era algo extraño: estaba intentando que nos viéramos como «piezas sueltas».

Y llegó el día de la cesta. Puso una canasta llena de frutas junto al árbol y dio una sola regla. La intérprete dudó un instante antes de traducir “ganar”, porque faltaba una palabra equivalente en nuestro idioma:

—El primero que llegue se queda con todo.

Cuando dio la señal, no corrimos inmediatamente. Nos miramos. En un lugar donde se vive ubuntu, cuando una regla no encaja, lo primero es comprobar el vínculo: “¿tú has oído lo mismo que yo?”. Luego nos tomamos de las manos y corrimos juntos. Llegamos juntos. Nos sentamos juntos. Repartimos la fruta como se reparte el agua: sin dueño.

Blandin preguntó por qué, a través de la intérprete.

Kato, el mayor entre nosotros, respondió sin orgullo:

—Si uno come y los otros miran, luego ya no hay juego. La intérprete tradujo. Blandin sonrió, anotó algo y no discutió. No venía a discutir, venía a probar.

Los días siguientes cambió las frutas por cosas que duran: sandalias, cuerda, ropa. Premios «neutros», pero que no se podían dividir y por lo tanto podían causar discrepancias. Y cambió su estrategia con una forma diferente de expresarse: ya no habló solo de ganar; habló de destacar. La intérprete elegía palabras suaves, pero el sentido era claro.

—Si vas por tu cuenta, llegarás antes.
—Tú podrías ser el mejor.

Nosotros escuchábamos, pero no como quien recibe una tentación. Lo escuchábamos como quien oye una música extraña que desconoce.

Pocos días después colgó una tabla en el árbol con columnas y números: 1, 2, 3. Quería una lista de ganadores. La intérprete lo explicó, y yo vi en su cara que ella misma entendía el riesgo: una lista convierte a los demás en escalones.

Nos miramos otra vez, y sin hablar hicimos lo que hacemos siempre: convertir lo que separa en algo que une. Cogimos un carbón del fuego y cambiamos la tabla. No borramos los números; los cambiamos de sentido. Donde él quería “primero”, escribimos “hoy cuida”; donde él quería “segundo”, pusimos “hoy acompaña”; donde él quería “tercero”, “hoy trae agua”.

Cuando Blandin volvió y lo vio, tardó un segundo en reaccionar. Miró a la intérprete, como pidiéndole que le confirmara que había entendido bien. Ella tradujo nuestra tabla sin añadir nada. No se enfadó. Se quedó quieto, como si acabara de descubrir que aquí los símbolos no obedecen al mismo dueño que en su mundo.

—Eso no era lo que significaba —dijo.

La intérprete buscó el modo de decirlo sin ofender. Kato respondió con la misma calma:

—Aquí, el que está delante carga primero.

Ubuntu no se defendía con discursos. Se defendía cambiando el uso de las cosas. Blandin no se rindió. Probó con un premio indivisible: una linterna solar. Solo una. La dejó sobre una piedra.

—¿Quién lo quiere? —preguntó, como si la pregunta fuera obvia.

La intérprete repitió la pregunta. Nosotros no contestamos con palabras. Nos sentamos alrededor de la linterna como nos sentábamos alrededor de la comida. La miramos. Luego una niña dijo:

—Es para cuando necesitemos luz.

La intérprete lo tradujo tal cual. Y ya está. La linterna pasó a pertenecer a una función, no a una persona. Servía para usarla cuando hiciese falta, en la oscuridad, no para marcar a un dueño.

Blandin intentó algo más fino: un juego donde “ganar” dependía de decidir rápido y solo. Una carrera con giros, con atajos, con trampas de atención. Lo diseñó para que el vínculo fuera una desventaja. Pero en lugar de correr, nos organizamos. Dos mayores fueron delante para marcar el camino, tres se quedaron con los pequeños, uno avisaba. No corrimos como individuos. Corrimos como un cuerpo con muchos ojos.

Llegamos sin que nadie pudiera decir “yo”.

Esa tarde, mientras Blandin escribía en su cuaderno, lo vi mirarnos de una forma distinta. No era desprecio. Era desconcierto profesional. Como si hubiera traído un sistema de palancas y aquí las palancas no encontraran dónde hacer fuerza. La intérprete lo observaba también, y por un momento tuve la sensación de que ella estaba traduciendo más que palabras: estaba traduciendo mundos.

Antes de irse, lo intentó una última vez. La frase pasó por la intérprete y, aun así, llegó intacta:

—¿No queréis ser alguien por vosotros mismos?

Kato lo miró, pensó un momento y respondió sin dureza:

—Ya lo somos. Solo que aquí “ser alguien” incluye a los demás.

La intérprete lo dijo despacio, sin adornarlo. Blandin asintió, como quien toma nota de un dato difícil.

Se marchó al amanecer. El polvo del camino se le quedó en los zapatos como se le quedan las cosas a los que pasan por un lugar sin entrar del todo.

Nosotros volvimos al río estacional, a los huertos, al fuego y a los turnos. Y si te digo la verdad, lo único que dejó Blandin no fue una grieta en ubuntu. Dejó algo más útil: nos enseñó, sin querer, que ubuntu no es una emoción bonita, es vivir conscientes de que somos personas a través de otras personas.

Al final, la canasta de fruta no nos enseñó a compartir. Nos recordó por qué, cuando compartes, no estás siendo “bueno”…

Estás cuidando de ti cuidando de los demás.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Tus datos son privados y solo se comparten con terceros que hacen posible este servicio.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.