Vínculos

Durante muchos años, Daniel creyó que tenía el don de saber cuándo vería a alguien por última vez.

Se dio cuenta cuando tenía once años. Estaba sentado con su mejor amigo en el bordillo de la acera, frente al edificio donde vivían, comiendo patatas fritas y hablando de la serie de dibujos animados que les encantaba. Al cabo de un rato, la madre de su amigo apareció en el portal y le gritó que subiera.

—Mañana bajamos antes —dijo su amigo mientras se sacudía las manos— y así tenemos más tiempo para jugar.

Daniel estuvo a punto de contestar que sí, pero sintió algo extraño. No era tristeza ni miedo. Era una certeza serena y profunda, como si una parte de él supiera algo que su cabeza todavía ignoraba…

No habría mañana.

—Espera —dijo.

Su amigo se volvió.

Daniel no sabía qué quería decirle. Al final se encogió de hombros y sonrió.

—Nada. Hasta mañana.

Dos días después, el padre de su amigo fue trasladado a otra ciudad. La familia se marchó aquella misma semana. Durante unos meses intercambiaron cartas. Después dejaron de escribir. Nunca volvieron a verse.

La misma sensación regresó años más tarde, al despedirse de una profesora a la que tenía cariño. Después, con una chica del instituto. Mucho tiempo después, con un compañero de trabajo que se marchó a otra empresa. Daniel fue aprendiendo a reconocer aquella extraña sensación. Nunca sabía por qué una persona iba a desaparecer de su vida, solo sabía que ocurriría.

Y esto cambió su manera de despedirse.

Cuando sentía aquella certeza, procuraba no despedirse rápido. Se quedaba unos segundos más, o incluso minutos, escuchaba con mayor atención, decía lo que normalmente habría dejado para otro día. No convertía las despedidas en escenas solemnes. Pero Daniel era plenamente consciente de que, a veces, las palabras tenían una última oportunidad para ser dichas.

Con su padre, sin embargo, ocurrió algo que no encajaba con la idea que tenía de aquel don.

Años después, un día en el que habían pasado la tarde ordenando el trastero, su padre encontró una raqueta de tenis y aseguró que todavía podría ganarle.

—No puedes agacharte ni a atarte los cordones sin quejarte —dijo Daniel.
—Eso es porque los cordones están demasiado abajo.
—Claro.
—A mi edad uno empieza a comprender que el problema casi siempre lo tienen las cosas.

Daniel se echó a reír. Su padre dejó la raqueta apoyada contra la pared y siguieron revolviendo cajas. Cuando terminaron, cerró la puerta del trastero. Daniel sintió entonces aquella certeza con la misma claridad de siempre.

Se quedó mirándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó su padre.
—Nada.
—Pues tienes cara de estar pensando algo.

Daniel lo miró con atención y le dio un abrazo.

—Estaba pensando que te estás haciendo viejo.
—Eso llevo haciéndolo desde antes de que tú nacieras. Solo que ahora te has dado cuenta.

Daniel continuó viéndolo prácticamente todas las semanas.

Durante un tiempo pensó que aquella sensación había fallado por primera vez. Luego dejó de darle importancia. Tal vez aquel día estaba cansado. Tal vez había confundido emociones. Nunca había sabido qué era realmente aquello, así que tampoco tenía sentido exigirle precisión.

A Clara la conoció tiempo después.

Coincidieron en una cafetería un sábado por la tarde. Daniel esperaba a alguien que no apareció. Clara, casualmente, también. El camarero hizo una broma sobre las personas que aún no habían aprendido a cancelar una cita y ambos se rieron. Y empezaron a hablar.

Al principio fue una conversación casual, de esas que uno mantiene porque tiene tiempo y ningún motivo para marcharse. Sin embargo, después de un rato ocurrió algo difícil de precisar. Dejaron de buscar temas. Ya no era necesario. Pasaban de una cosa a otra con una naturalidad extraña, como si retomaran una conversación interrumpida mucho tiempo atrás.

Clara le contó que de niña se despedía de las casas cuando su familia se mudaba.

—La última noche iba habitación por habitación —explicó—. Esperaba a que mis padres se durmieran y luego decía adiós en voz baja. Me daba lástima pensar que una parte de mi vida se quedaba allí.
—¿Y qué les decías?
—Nada especial. Gracias, supongo. O que no quería marcharme. Una vez me despedí de una pared porque tenía una mancha que parecía la cara de un perro.

Daniel sonrió.

—Eso es tan tierno como raro.
—Lo sé.
—Aunque tiene cierto sentido.

Clara arqueó las cejas.

—¿Despedirse de una pared?
—No. Pensar que algo puede haber formado parte de tu vida aunque no sea una persona.

Ella permaneció unos segundos mirándolo.

—Eso ha sonado menos absurdo de lo que debería.

Hablaron durante varias horas.

Al salir, ya estaba oscureciendo. Caminaron juntos hasta una esquina.

Clara se ajustó el abrigo.

—Ha sido una manera bastante agradable de que nos planten.
—He tenido citas peores con gente que sí apareció.

Ella se rio.

Entonces Daniel sintió la certeza. Fue tan intensa que durante un instante apenas escuchó el ruido de la calle. No volvería a verla…

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

Daniel tardó un momento en contestar.

—Sí. Solo estaba pensando que me alegro mucho de haberte conocido.

Clara sonrió, esta vez sin bromear.

—A mí también me alegra.

Se despidieron. Y olvidaron intercambiar los números de teléfono.

Durante los años siguientes, Daniel recordó algunas veces aquella tarde. No con nostalgia. Al final, Clara era una desconocida con la que había pasado unas horas muy gratificantes. Sería exagerado convertir aquello en algo que nunca había sido. Pero algunas conversaciones permanecen en la memoria de una manera peculiar, como si uno no recordara exactamente las palabras sino la persona que fue mientras las decía.

Pasaron cuatro años. Daniel volvió a verla en una librería.

—Perdona —escuchó detrás de él—. ¿Daniel?

Reconoció la voz antes de volverse.

Clara llevaba el pelo más corto y tenía algunas líneas alrededor de los ojos que antes no estaban. Durante unos segundos, ambos se limitaron a mirarse.

—No puede ser —dijo Daniel.
—Vaya recibimiento.
—No, quiero decir… estaba convencido de que no volvería a verte.
—Eso resulta ligeramente ofensivo.

Daniel se rio.

Fueron a tomar un café. Clara le contó que había vivido unos años fuera y que su madre había fallecido hacía poco. Daniel habló de su trabajo, de su padre, de algunas cosas que habían ocurrido durante aquel tiempo. Resultaba extraño: recordaba perfectamente la facilidad con la que habían hablado cuatro años atrás y, sin embargo, ahora necesitaban volver a encontrarse.

No eran desconocidos, pero tampoco eran exactamente aquellas dos personas.

En un momento de la conversación, Clara dejó la taza sobre el plato.

—Me acordé muchas veces de ti.

Daniel levantó la vista.

—¿De mí?
—Bueno, no de ti exactamente. De algo que dijiste aquel día.
—Ya me extrañaba… —dijo Daniel sonriendo.

Clara también sonrió.

—Cuando falleció mi madre tuvimos que vaciar su casa. La última noche me quedé sola y fui despidiéndome de las habitaciones, como cuando era niña. Me acordé de aquello que dijiste: que algo puede formar parte de tu vida sin ser una persona. No sé por qué, pero me hizo sentir mejor.

Daniel permaneció en silencio.

Clara siguió hablando, pero él apenas la escuchó durante unos segundos.

Habían pasado cuatro años. Ambos habían vivido experiencias muy distintas, y no habían formado parte de la vida cotidiana del otro. Y, sin embargo, algo de aquella tarde había seguido existiendo. No el vínculo que los había unido entonces, pensó Daniel, sino algo que aquel vínculo había dejado en ella.

Una huella.

Aquella idea le recordó a su padre.

Volvió mentalmente al trastero, a la vieja raqueta y a aquella sensación que creyó equivocada. Su padre había seguido viviendo, pero algo sí había terminado entonces.

Daniel había acudido a él muchas veces cuando tenía un problema. Su padre era quien arreglaba las cosas, quien sabía qué hacer, quien daba consejos incluso cuando nadie se los pedía. Poco después de aquella tarde su padre comenzó a perder fuerzas y a depender más de él.

Daniel empezó a acompañarlo.

Con el tiempo, el hijo que buscaba refugio en su padre fue desapareciendo y, en cierto modo, se intercambiaron los papeles. Ahora era Daniel quien ayudaba a su padre.

Su padre seguía siendo su padre. Daniel seguía siendo Daniel. Pero aquello que existía entre ellos ya no era lo mismo. No había desaparecido una persona. Había terminado un vínculo y había nacido otro.

Clara debió advertir algo en su expresión.

—Te has ido muy lejos.

Daniel volvió a mirarla.

—Estaba pensando en una cosa que llevo años intentando entender.
—¿Y la has entendido?

Daniel tardó un poco en responder.

—Creo que sí.
—¿Me la puedes contar?

Él miró la mesa, las dos tazas, las manos de Clara alrededor de la suya.

—Siempre he prestado atención solo a las personas, y no tanto a lo que ocurre cuando se relacionan.

Clara lo observó con atención.

—Entiendo.
—Y no es la mejor manera.
—¿Entonces?

Daniel tardó un momento en responder.

—Pues… que quizá hay tres cosas: tú, yo… y el vínculo que existe entre nosotros. Es decir, primero están las personas y, después, cuando se relacionan, aparece un vínculo cuya naturaleza dependerá de lo que hagan.

Clara guardó silencio.

—Eso suena peligrosamente parecido a una conversación nocturna —dijo al fin.

Daniel se rio.

—Puede ser.
—Pero entiendo lo que quieres decir.

Siguieron hablando un buen rato más.

Daniel pensó en todas las personas que habían pasado por su vida. Algunas habían permanecido durante años. Otras, apenas unos meses. Con algunas había dejado de hablar y apenas las recordaba. De otras conservaba gestos y expresiones que había terminado haciendo suyas sin darse cuenta.

Quizá había cometido siempre el mismo error. Había confundido a las personas con aquello que las unía.

Una persona podía permanecer y el vínculo desaparecer o cambiar. También podía marcharse y dejar la huella de aquel vínculo viviendo durante años.

Y dos personas podían encontrarse de nuevo, no para recuperar lo que habían tenido, sino para crear un nuevo vínculo.

Cuando salieron de la cafetería ya había anochecido. Caminaron juntos unas calles. Al llegar a una esquina, Clara señaló hacia la izquierda.

—Yo voy por aquí.

Daniel asintió.

Durante un instante recordó aquella otra esquina, cuatro años antes. La misma despedida y dos personas que ya no existían exactamente de la misma manera.

Esperó a sentir de nuevo aquella certeza. Pero no apareció.

En cambio, sintió algo distinto.

Era tenue, casi imposible de separar de una emoción cualquiera. Una presencia. Algo que no procedía completamente de él y que tampoco parecía pertenecerle a Clara.

Algo entre ambos.

Clara dio dos pasos y se volvió.

—Oye. Esta vez deberíamos intercambiar los teléfonos. Me parece poco sensato dejar otros cinco años en manos de la casualidad.

—Cuatro.
—¿Qué?
—Has dicho “cinco”.

Clara cerró los ojos.

—Magnífico. Cuatro años sin verte y tardas tres horas en corregirme.
—Algunos vínculos necesitan tiempo para revelar su verdadera naturaleza.

Ella soltó una carcajada.

Intercambiaron los teléfonos y se despidieron con un abrazo.

Daniel la vio alejarse entre la gente.

Durante toda su vida había creído que poseía una extraña sensibilidad para las personas que desaparecían. Ahora comprendía que las personas nunca habían sido aquello que percibía.

Eran los vínculos.

Eso invisible que nacía entre dos seres sin pertenecer enteramente a ninguno. Que podía crecer, debilitarse, transformarse o desaparecer. Que podía cambiar a las personas que unía y dejar una huella en ellas incluso después de haber terminado. Algo que no tenía cuerpo y, sin embargo, podía pesar más que muchas cosas que sí lo tenían.

Clara llegó al final de la calle y desapareció entre la gente.

Daniel siguió caminando. Pensó en todas aquellas veces en que su don le había hecho creer que algo se perdía y comprendió que quizá solo había aprendido a reconocer una parte de lo que era capaz de sentir. Hasta entonces había percibido cuándo un vínculo terminaba. Aquella noche, por primera vez, había sentido cómo nacía uno.

Sonrió.

Había comprendido que una vida no estaba hecha solamente de las personas que pasaban por ella, sino también de todo aquello que había llegado a existir entre unas y otras.

Historia original de Javier Martín.

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