El traductor de silencios

En el futuro, las inteligencias artificiales parecían poder hacer casi cualquier cosa. Como si la vida tratase de igualar fuerzas, comenzaron a aparecer seres humanos con habilidades extraordinarias, psíquicas y sensoriales. Esto hizo que surgieran nuevas actividades y profesiones que tenían más que ver con lo profundo de lo humano, con su espíritu.

Entre ellas, apareció un oficio peculiar: lo llamaron «traductor de silencios». Estos terapeutas son capaces de escuchar profundamente a los pacientes, especialmente sus silencios, sus pausas, el peso y significado de lo no dicho, las grietas entre frases. No leían los labios, no analizaban las palabras. Donde las máquinas solo notaban ausencia de datos, estas personas eran capaces de percibir historias enteras.

Samuel siempre había tenido la sensación de que el silencio era como un animal vivo; a veces jadeaba, a veces se hacía una bola, otras se tumbaba a su lado y le lamía la mano. Había pasado mucho tiempo «escuchándolo»… clasificándolo, dándole nombres y explicando su esencia.

Ya pasado el ecuador de su vida, seguía siendo una rareza: uno de los últimos traductores de silencios en una época en que casi todo lo emocional se dejaba en manos «profesionales de la salud mental» basados en inteligencia artificial. Pero él leía los silencios, algo que una máquina solo podía interpretar como falta de datos.

Una mañana, el silencio de su piso era diferente. No era el silencio cómodo del café ni el silencio neutro de un miércoles cualquiera. Era un silencio pegajoso, de esos que avisan, sin palabras, de que algo del pasado va a volver. Lo notó en la nuca mientras abría el correo.

Había un mensaje nuevo de una terapeuta que no conocía. Pocas palabras, un archivo adjunto y una frase:

“No consigo llegar a esta paciente, no puedo interpretar sus silencios. Si tú puedes sentir algo, te agradecería que me ayudaras.”

Sesión en consulta. Cinco minutos de grabación en vídeo. La ficha decía: mujer, 44 años. La terapeuta le hacía preguntas pero la paciente apenas respondía y guardaba silencio.

Samuel se colocó los auriculares para tratar de captar lo que el sonido a través de altavoz no le transmitía. Volvió a darle al play. Primero escuchó el ruido ambiente: el leve zumbido de los fluorescentes, el crujido de una silla, la respiración de la terapeuta, apenas unas palabras de la paciente y… el silencio.

Miró con atención los gestos de la paciente… nada significativo. Volvió a poner el vídeo desde el principio, pero cerrando los ojos. Esperó a sentir al «animal», pero no…

No había miedo, no había rabia comprimida. Ni tristeza. Tampoco resignación. Era un silencio sin cuerpo, sin límites. Era profundo, perfecto… como si la paciente no estuviera allí.

Samuel frunció el ceño. Volvió a ver y escuchar el video con toda la atención de la que era capaz. Ese silencio inconmensurable lo desconcertó más que cualquier tormenta que hubiera oído en otros pacientes. Se quitó los auriculares y el silencio de su piso lo golpeó de nuevo, amplificado. Y entonces, sin quererlo, le vino a la memoria otra habitación, otra noche, otro silencio. Alba, de espaldas a él, apoyada en la ventana.

La vio nítida: la camiseta oscura, el pelo recogido a medias, la luz amarillenta de las farolas marcando su silueta. Estaba en silencio. No solía decir nada cuando algo le dolía o se encontraba mal. Alba se recogía en sí misma igual que un animal que se hace un ovillo para aguantar el golpe.

—¿Qué te pasa? —le preguntó aquella noche, años atrás.

Ella había hecho un gesto mínimo con los hombros.

“Nada.”

Samuel reconoció aquel “nada” como quien reconoce un idioma o una jerga.
«Silencio evitativo», pensó entonces. «Defensa». Había intentado interpretarla desde fuera: fobia al conflicto, miedo al abandono… en un patrón aprendido. Era muy capaz de ponerle las correspondientes etiquetas con una precisión milimétrica. Pero… ni una caricia, ni un “estoy aquí si te rompes”.

El último recuerdo que tenía de ella era esa espalda inmóvil. Al amanecer, la cama estaba vacía. Alba se fue con su maleta pequeña y su silencio enorme. Él, orgulloso y asustado, le dio permiso sin decir nada. Nunca fue a buscarla. Durante años se repitió que algunas personas simplemente no querían ser entendidas.

Ahora, el silencio de la paciente de la grabación lo llevaba de vuelta a aquel episodio de su vida, pero amplificado, como si alguien hubiera puesto el silencio de Alba arrancándole también la última brizna de emoción.

Volvió con el vídeo desde el principio. Seguía sin captar nada… Eso, más que asombro, le dio miedo.

Aceptó el caso. No por la terapeuta, sino por ese miedo, quería saber qué clase de persona podía producir un silencio así. Quedaron en la consulta unos días después.

Al llegar, la terapeuta presentó a Samuel a la paciente y se retiró discretamente, dejándoles la habitación como si cerrara una urna.

—Gracias por venir —dijo él, tendiéndole la mano.

La mujer le devolvió el apretón ni fuerte ni débil. Tenía los ojos apagados, la cara suave, un gesto educado.

—Soy Samuel —añadió—. Soy uno de los pocos traductores de silencios que hay.

Ella asintió.

—Yo soy Alma —dijo al fin.

Samuel parpadeó. «Alba. Alma.» Una letra de diferencia. La vida a veces ni se molestaba en cambiar de nombre para repetirle la misma lección, pensó. Y, por si fuera poco, se llamaba «Alma»… y él no había oído ni rastro de alma en aquel video. Le pareció una broma del universo con tono irónico.

Se sentaron. Durante los primeros minutos hablaron de cosas sin mayor importancia: trabajo, horarios, cómo ella había conocido a la terapeuta. Alma contestaba bien, con frases breves pero claras. El problema no era su capacidad para expresarse.

—¿Te importa si volvemos al momento en que te quedaste en silencio la otra vez? —preguntó Samuel—. Me interesa que estemos atentos a lo que pasa en tu interior, no a lo que se puede oír.

Alma respiró un poco más hondo. Esa respiración, apenas más larga, fue la señal. Se hizo el silencio.

El mismo vacío que en la grabación. La nada perfecta. Pero Samuel, ahora que la tenía delante, notó el leve endurecimiento de la mandíbula, el pulgar frotando el borde de la uña, la mirada que se quedaba mirando a un punto fijo de la pared.

Lo conocía. Lo había visto en Alba. Era la coreografía de quien se encierra para no sentir. Solo que en Alma algo se quedaba fuera: no asomaba ni una sola gota de emoción por las grietas. Lo que él percibía no era un muro: era un apagón.

Samuel sintió un zumbido detrás de la frente. Le entraron ganas de decir algo trivial para romper ese instante y tomar notas para esconderse, como hacía a veces. Pero algo en ese parecido —Alba/Alma, evitación/apagón— le clavó en la silla. Decidió aguantar.

Se quedaron así, en silencio, un buen rato. A él se le secó la boca, no estaba acostumbrado a estar dentro del silencio, solo a escucharlo desde fuera.

Alma siguió respirando. A simple vista, nada pasaba, pero Samuel percibió algo mínimo: un temblor casi invisible en la comisura de la boca. Como si una emoción intentara nacer y chocara contra algo. Ese temblor le atravesó como un cuchillo, porque era justo lo que nunca había querido ver en Alba.

Cuando terminó la sesión, Alma se despidió con educación.

—Gracias por intentarlo —dijo, como si ya diera por hecho el fracaso.

Samuel salió a la calle con la sensación de haber abierto la puerta de la casa que no era y haber visto durante un instante una habitación vacía.

Esa noche abrió el informe que le había enviado la terapeuta. Decía que Alma, de adolescente, había participado en un programa experimental para pacientes con angustia severa. Un tratamiento que, según la jerga de la época, ayudaba a “modular la respuesta emocional frente a estímulos negativos intensos”. Es decir: alguien había enseñado a esa chica a desconectarse para no sufrir, algo así como apagar las luces en la sala de control.

Samuel siguió leyendo. Había testimonios de otros pacientes: dificultad para registrar lo que sentían, para nombrarlo, para sostenerlo… Algunos hablaban de “espacios en blanco” dentro de ellos mismos. El programa fue cancelado años después. Cerró el archivo.

Pensó en su ex, Alba. Ella nunca estuvo en ningún programa experimental. Lo suyo era más sencillo y más complejo a la vez: una educación en la que llorar era peligroso, discutir era como una amenaza, mostrar enfado era insubordinación. Aprendió a tragar, a bajar la mirada, a callar.

Samuel se vio a sí mismo, años atrás, frente a ella.

—No pasa nada, de verdad —decía Alba, cuando él notaba algo raro.

Y él, en lugar de ir hacia ella y abrazarla o simplemente mostrarle que estaba a su lado, se quedaba inmóvil. Escuchaba el silencio de ella como quien escucha una pieza de música. A veces, incluso, se sentía satisfecho: “sé exactamente qué tipo de evitación es esto”. Era como si tuviera un mapa perfecto… y nunca se le ocurriera coger el coche e ir hasta allí. No se implicaba.

Le gustaba creer que su don era empatía. Esa noche se dio cuenta que era más una forma de control. Analizar a los demás le permitía no sentir demasiado de lo propio.

La verdad le cayó encima con una claridad agobiante: Alba no se había ido porque fuera inaccesible, se fue porque él nunca había entrado.

Alma, ahora, le enseñaba el mismo mecanismo, solo llevado al extremo por un experimento médico. Era el mismo animal, pero diseccionado.

El nombre se le repitió por dentro, como un eco:

Alba.
Alma.

Una letra de distancia entre la luz que no se atrevió a mirar y la ausencia que ahora lo obligaba a hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo, Samuel sintió vergüenza. De la genuina. De la que no se arregla con teoría.

Volvió a ver a Alma con la decisión de hacer algo distinto.

No tocó la libreta. No abrió ninguna app de grabación en su móvil. Se sentó frente a ella, respiró, y dijo:

—Hoy no quiero analizarte. Solo quiero estar aquí, ¿te parece?

Ella lo miró, desconfiada.

—¿Y eso para qué sirve?

Buena pregunta. Samuel no tenía una respuesta técnica.

—Para que no estés sola en eso que no sientes —dijo, sorprendiéndose a sí mismo con sus propias palabras.

Alma frunció ligeramente el ceño. No estaba acostumbrada a que hablaran de ese “no sentir” como si fuera algo real.

Se hizo el silencio. El «animal» se tumbó entre los dos.

Durante un rato, Samuel lo observó, como siempre. Luego, casi sin darse cuenta, dejó de mirarlo como objeto y empezó a sentirlo. Le sudaban las manos. La silla se le hizo incómoda. Una parte de él gritaba que llenara el vacío con preguntas. Pero no lo hizo.

—Cuando eras adolescente —dijo lentamente—, ¿recuerdas la primera vez que quisiste apagarlo todo dentro?

No hubo respuesta verbal. Pero Alma respiró de golpe, como si hubiera tragado agua. El temblor en la comisura apareció de nuevo, más largo esta vez. Sus ojos se enturbiaron unos segundos antes de vaciarse de nuevo.

No lloró. No habló. No se derrumbó. Pero durante un pequeñísimo instante, hubo algo.

Samuel lo notó como se percibe el primer olor a lluvia después de una sequía. Esa gota mínima valía más que todos los informes del mundo.

Y algo en él se movió también. Porque para llegar hasta esa microgrieta había tenido que estar dentro del silencio con ella, no al margen. Había tenido que aguantar su propio miedo, su propia impaciencia, su propia tentación de refugiarse en el rol de experto.

Al final de la sesión, Alma no dijo gran cosa. Solo esto:

—Hoy ha sido distinto. No sé por qué.

Él sí lo sabía. Pero no lo explicó. No era momento de traducir. Era momento de sostener.

—Si quieres, la próxima vez volvemos a quedarnos en lo que no sabes —propuso.

Alma asintió.

Por primera vez, su silencio no era un apagón perfecto. Había sombra, sí, pero también una sombra de algo vivo.

Esa noche, Samuel reabrió una conversación que llevaba años evitando: la de Alba.

Encontró su nombre en su lista de contactos, con esa sensación extraña de ver a alguien que ya no pertenece a tu vida, pero sigue ocupando un espacio en tu móvil. Dudó. Podía borrar el contacto. Podía dejarlo para otro día. O podía no hacer nada, como la última noche con ella.

En lugar de eso, escribió.

“Hola Alba. Han pasado muchos años. No sé si te molestará que te escriba. Solo quería decirte que no supe verte y que lo siento.”

Borró el mensaje y volvió a empezar. No quería sonar terapéutico ni noble. Solo quería ser honesto.

“No supe estar contigo. Escuché tus silencios como problemas que había que explicar, no como el dolor de alguien que quería sentirse segura. Me escondí detrás de entenderte para no implicarme. Lo siento. No espero respuesta, solo quería reconocerlo.”

Lo releyó tres veces. Seguía doliendo, pero era un dolor limpio. Lo envió.

El mensaje salió disparado como una piedra que por fin cae. Samuel apoyó el móvil boca abajo sobre la mesa y se quedó ahí, en el silencio posterior, con el corazón golpeándole las costillas.

Se dio cuenta de que estaba haciendo, por primera vez, con su propia vida lo que había hecho aquella tarde con Alma: quedarse dentro del hueco, sin salir corriendo.

Pasó una hora. Y otra. La noche avanzó y el móvil no vibraba. Parte de él sintió alivio. Otra parte, miedo. Se durmió tarde, con el cuerpo rígido y el pensamiento dándole vueltas.

A media mañana del día siguiente, mientras esperaba el metro, el móvil vibró. Un mensaje. Lo abrió con la boca seca.

“Hola, Samuel. No me molesta, al contrario. A mí también me costaba saber cómo decir las cosas, y lo siento. Me alegra que estés bien. Cuídate.”

Y nada más. Ni reproches. Ni explicaciones. Ni puertas abiertas. Solo esa palabra al final: «cuídate».

Samuel leyó el mensaje varias veces. Intentó, por reflejo, analizarlo: ¿era afecto? ¿era cortesía? ¿era cierre? ¿era algo mixto?

Entonces, paró. Por primera vez, decidió no traducir. Se dejó tocar por el calor sencillo de esas palabras. Se dio cuenta de que, en realidad, no necesitaba más.

Guardó el móvil en el bolsillo. Miró a su alrededor. El silencio de su cabeza ya no era un pozo, se parecía más a una habitación limpia y ventilada.

Cuando salió a la calle, la ciudad sonaba igual que siempre: coches, voces, el timbre de una bici, una discusión en un balcón. Pero algo había cambiado en la manera en que él escuchaba.

Seguía oyendo en los silencios: el de la pareja que caminaba sin mirarse, el del hombre que fumaba solo apoyado en una farola, el de la niña que observaba un perro como si fuera un milagro.

Todo eso lo había oído siempre. La diferencia era que ahora también se escuchaba a sí mismo.

Había un hueco dentro, sí. Pero ya no estaba forrado de miedo y excusas. Ese hueco era un lugar habitable donde podían entrar cosas nuevas.

Alba era pasado. Alma, presente. Ambas, de alguna forma, lo habían obligado a dejar de mirar los silencios desde la puerta y atreverse a cruzar el límite.

Samuel caminó un rato sin rumbo, dejando que la ciudad respirara a través de él. No tuvo ninguna revelación grandiosa. No sintió que su vida cambiara de golpe. Lo que sintió, más bien, fue algo modesto y gigantesco a la vez: por primera vez en muchos años, estaba dentro de su propia historia.

Y eso, en el lenguaje que él conocía, sonaba a paz. A una paz tímida, imperfecta, pero verdadera.

Una paz que, curiosamente, hacía menos ruido que cualquier silencio.