«Tomás, ¿qué tomas?»
Se convirtió en una especie de mantra entre juguetón y divertido en la oficina.
A veces se lo decían cuando le ofrecían un café o un té en la oficina, otras, cuando bajaban a la cafetería de la empresa. Aunque terminó por convertirse en una broma veterana, repetida hasta la saciedad, Tomás aprendió a tolerarla e incluso le hacía gracia. Él levantaba los hombros, sonreía y respondía, la mayoría de las veces:
«Café solo. Sin azúcar.»
Nunca sospechó que esa pregunta con rima fácil un día se convertiría en algo más que una broma casi infantil.
A Montse la conoció en una de esas tardes en las que exploraba los chats en los principios de Internet. No estaba buscando nada concreto, solo buscaba conversaciones interesantes o divertidas. Ella apareció con una forma de escribir que parecía escuchar incluso cuando no hablaba.
Al principio eran mensajes largos y poco después, llamadas. Eran conversaciones que ambos disfrutaban tanto, que se alargaban hasta que uno de los dos decía: “Mañana madrugo”, pero ninguno colgaba primero.
Tal vez el hecho de que Montse vivera en otra ciudad a varias horas de tren, hizo que su primer encuentro fuese aún más especial para los dos. Conocerse en persona fue torpe por los nervios, pero luminoso a la vez. Montse tenía una risa que desarmaba a Tomás, y una forma de mirarle directa, sin dobleces.
Cuando él le contó lo de la frasecita broma de la oficina, ella, por supuesto, se la apropió. Cada vez que se veían y ella abría una botella o servía vino, inclinaba la cabeza y le decía con una mueca que trataba de ser seria pero se notaba divertida:
—Tomás, ¿qué tomas?
Y él respondía siempre:
—Contigo, lo que sea.
Sí… era una frase breve, ligera, casi infantil. Pero cuando Montse la pronunciaba… a Tomás se le removía algo dentro: esa forma entre divertida y tierna que tenía ella pronunciarla, provocaba que él la quisiera cada vez un poco más.
La relación creció como crecen las cosas sin plan pero con intención. No era una pasión de puro fuego, era una construcción, lenta, paciente. Compartían libros, silencios, pequeñas discusiones sobre tonterías domésticas incluso antes de compartir casa.
Hasta que un día empezaron a hablar en serio de eso. De compartir casa.
Tomás no lo decidió de golpe, lo fue sintiendo. Cada despedida en la estación pesaba más que la anterior. Cada regreso a su piso vacío era más largo. Así que una noche, sentado frente a ella, lo dijo sin adornos:
—Me voy contigo.
Montse no respondió enseguida, lo miró como quien recibe algo frágil.
Semanas después, cuando él ya tenía planeado lo que iba a decir en su trabajo a sus jefes, cuando ya había empezado a llenar cajas de cartón con sus cosas para la mudanza, ella viajó para encontrarse con él y hablar…
No fue una conversación dramática, no hubo gritos, no hubo reproches, apenas unas frases, y en especial una, dicha con una serenidad que dolía más que cualquier enfado.
—No puedo, Tomás… —dijo, bajando la vista hacia sus propias manos—. No estoy donde tú estás. Ojalá lo estuviera —añadió, casi en un susurro.
Él asintió antes de entender del todo lo que estaba aceptando.
Lo primero que pensó es que era miedo… creyó que se le pasaría…
Pero no… no se le pasó.
La relación terminó con más silencio que palabras. Tal vez eso fue lo más difícil, no tener a quién culpar claramente.
Se despidieron y él volvió a su piso. Lo primero que vio fueron las cajas a medio llenar, a medio cerrar. Y esa noche, lloró.
Al día siguiente, fue a la oficina. Sus compañeros eran ajenos a lo que le había pasado, y tampoco sabían que planeaba marcharse en breve a vivir a otra ciudad, consecuencia de alguien tan discreto.
Bajaron a la cafetería a desayunar.
—Tomás, ¿qué tomas?
Por primera vez, la pregunta no le hizo sonreir. Le pesó.
Pidió lo de siempre. Café solo, sin azúcar.
Esa noche, ya en casa, abrió una botella de vino que le había regalado Montse. Se sirvió una copa y la sostuvo unos segundos sin beber.
—Tomás, ¿qué tomas? —se dijo en voz baja… repitiendo, como hacía Montse, con una mueca que trataba de ser seria pero se notaba divertida…
Y entonces, comprendió algo que no había entendido antes: durante meses había tomado ilusión, luego tomó decisión, después tomó expectativa…
Y ahora estaba… tomando pérdida.
Pero también podía tomar otra cosa. Podía tomar resentimiento. Podía tomar orgullo herido. Podía tomar la narrativa fácil de «me hicieron daño», o… sencillamente podía tomar lo que hubo, lo bueno, y no estropearlo con rencor.
No todo amor termina porque fuera mentira. A veces termina porque uno ama desde un lugar y el otro desde otro distinto.
Montse no le había engañado, no le había prometido lo que no sentía, simplemente no avanzó al mismo ritmo.
Con el tiempo, Tomás dejó de repetir mentalmente la escena final, y también dejó de preguntarse qué habría pasado si hubiese hecho las cosas de otra manera.
Un año después, otro 14 de febrero, volvió a la cafetería con sus compañeros de la oficina.
—Tomás, ¿qué tomas?
Los miró, y sonrió… de verdad.
—Hoy invito yo —respondió.
Pidió un mosto, lo más parecido al vino que podía tomar en horario laboral. Lo pidió no porque quisiera celebrar algo en particular, sino porque ya no estaba evitando el sabor.
Aquella noche escribió un mensaje a Montse que no envió. No era una súplica ni un reproche, solo un agradecimiento por lo bonito que vivieron juntos. No hacía falta enviarlo.
Entendió que amar no es quedarse atrapado cuando la pareja abandona, también es aceptar que alguien pueda no elegirte, y aun así, seguir sintiendo amor… y desearle bien en su camino sin ti.
Al salir de la cafetería el aire era frío. Se metió las manos en los bolsillos y caminó sin prisa de vuelta a la oficina.
La vida, pensó, sigue preguntándome:
«Tomás, ¿qué tomas?»
Y por primera vez desde hacía meses, la pregunta ya no le dolía.
Le abría nuevas posibilidades…
